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Recuerdos

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31.03.2026

31 de marzo 2026 - 03:10

Como si de un sueño vivido se tratara, ya quedaron atrás algunos momentos emotivos de esta semana de pasión. Desde los más pequeños hasta aquellas personas impedidas que, con lágrimas en los ojos, rogaban por sus descendientes y por sí mismas, al ver que las aguas de la vida se les escapan ya de entre las manos.

Impresiona ver el discurrir de las almas que acompañaron tras su manto a Nuestra Señora de los Dolores, la Soledad; espíritus que buscan el consuelo de una madre que lo supo dar todo por todos. Agolpadas a las puertas de Santiago Apóstol, buscaron la mirada de esa madre que vio el horror de lo consumado y mantiene intacta la esperanza. Mientras todo calla, ella vigila en la fe pura, como una lámpara que arde sin aceite visible. Sonidos del oboe, el fagot y el clarinete marcaban un momento íntimo, donde el rezo se mezclaba con el rumor de quien quiso estar presente un Viernes de Dolores más.

Subir al Cerro de San Cristóbal esta noche no es solo un momento único de religiosidad; es también un encuentro entre vecinos y conocidos. Para algunos, son recuerdos de una infancia plena en un barrio que, paradójicamente, ha ido creciendo y menguando al mismo tiempo: aquellos años en que los niños salían del colegio Ave María e iban a jugar por las calles terregosas de Fausto García o de Duimovich, o tal vez a alguno de sus patios. Saltar por las escaleras que dan al querido barrio de ‘‘El Santo’’ y asomarse al balcón de nuestra ciudad. Espacio que tristemente no se ha sabido cuidar, es pese a todo, una experiencia única. Pues como una flor al final de la primavera que se va poco a poco secando, pero aún aguarda con ansia unas gotas de agua para volver a brillar como un aloe vera. De un modo u otro, no será este columnista quien les acerque a dicha vivencia; tan solo puedo decir que, desde allí, todo se hace pequeño y las dificultades quedan siempre a un lado.

Qué bello es ver a la luna, que por aquel viernes tocaba su cuarto creciente, persiguiendo a Júpiter por el cielo, siendo testigos del fluir de las candelas que ya estaban cayendo por el cerro. No sé si quien me lee ha formado parte alguna vez de esta cascada que discurre de manera sedosa desde lo más alto para luego volver a la casa de todos. A través de estas líneas les invito a sentir esta experiencia única, desde este pequeño balcón que vio crecer a la ciudad piedra a piedra, labradas por los recuerdos.

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