El vicario de un poder supremo
19 de abril 2026 - 03:12
La física cuántica introdujo el relativismo en una ciencia que hasta entonces aspiraba a ser determinista. El azar y la probabilidad se impusieron como guionistas de una realidad inasible donde todo iba a ser previsible, y tanto fue el impacto que Albert Einstein, el mejor y el más disrruptor de todos los físicos, le afeó a su amigo Niels Bohr aquella deriva fantasmal hoy demostrada y certificada: “Dios no juega a los dados”. A lo que el danés respondió con cierta sorna: “Deja que Dios juegue a lo que quiera”. Y jugó a las cartas.
Donald Trump ha replicado en su red social una reflexión de sus partidarios en Irlanda, Irish for Trump, en la que sostienen que Dios estaría jugando con él a una carta ganadora, una suerte de reglón torcido, una manera azarosa de obtener el Nobel de la Paz mediante guerras con destinos inescrutables. En definitiva, una gansada más de este sanador de enfermos que un día nos revelará que el consejo de atacar a Irán partió de los extraterrestres que Estados Unidos guarda congelados en el Área 51. Hemos cruzado los límites de la realidad, y estábamos avisado de esta broma infinita cuando un chiflado disfrazado de búfalo de las praderas asaltó el Capitolio el Día de Reyes de 2021.
El Papa no se debate entre la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones, no es un político que deba mirar también por las razones de Estado, para él sólo pesa la coherencia de la fe y de su doctrina, de tal modo que es obvio que León XIV se iba a oponer a todo tipo de guerras. Lo hizo Juan Pablo II ante un caso más dudoso en 1991, cuando Estados Unidos planeaba la liberación del Kuwait invadido por el Sadam Hussein.
Las diferencias entre Trump y Prevost no tienen su origen en esta guerra, que al Vaticano le preocupa en especial porque los tres actores han invocado su sentido religioso, sino en la inmigración y, en especial, en el desprecio hacia el migrante como persona y, de resultas de ello, el trato inhumano con el que la administración lo persigue. El Papa ya tuvo que corregir a su vicepresidente J.P. Vance, cuando éste invocó al mismísimo Agustín de Hipona para argumentar que este padre de la Iglesia había establecido una jerarquía en el amor: primero, a los más cercanos, los otros, ya se verá si el afecto da para tanto.
La obsesión de Trump con el Papa no es teológica, se trata de poder y por eso se compara con el hijo de un Dios supremo que sana enfermos y destruye en una noche civilizaciones milenarias. El vicario de este Dios bíblico, terrible e iracundo, sería él, el señor de Washington, y no el de Roma. El que reparte las cartas.
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