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Parasceve y cohete

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03.04.2026

03 de abril 2026 - 03:08

Desde la madrugada de ayer, cuatro astronautas tripulan un cohete gigante, el Artemis II, para un viaje de diez días alrededor de la Luna y de regreso a la Tierra. Coloquialmente, darse un garbeo por el único satélite natural de nuestro planeta, aunque esté a más de 340 000 kilómetros de distancia media. Cosa distinta son los satélites artificiales que orbitan la Tierra con distintos propósitos o se degradan como basura espacial.

Pues bien, este viaje coincide con la Luna de Parasceve, la primera luna llena de la primavera en el hemisferio norte. El término con que se nombra a luna proviene del griego y significa “preparación”, con referencia tanto a la víspera del Sabbat y la Pascua Judía (15 de Nisán), para conmemorar la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, como al viernes en que fue crucificado Jesús de Nazaret. La Luna de Parasceve pone, por ello, fecha a la celebración anual de la Semana Santa, toda vez que, desde el Concilio de Nicea, el año 325, la Pascua de Resurrección se celebra el domingo siguiente a la primera luna llena de la primavera. Fecha variable, tras el equinoccio de la primavera (este año el 20 de marzo), por lo que la celebración de la Semana Santa oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril. También se relaciona la Luna de Parasceve con la luna llena de abril, o Luna Rosa.

Esta “luna de preparación” también debe de haber predispuesto la fecha del lanzamiento del cohete desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida. Los astronautas no pisarán en esta ocasión la Luna -todavía es mayor el prodigio de que lo hicieran, en el Apolo XI, el 16 de julio de 1969, hace casi 57 años, si se rememora esa hazaña en la actualidad-, sino que probarán el soporte vital y otros sistemas de Orión, la cápsula espacial que Estados Unidos pretende utilizar para los viajes lunares y aterrizar en la Luna en 2028.

Así las cosas, no se trata, por más que la coincidencia lo sugiera, de un sincretismo aeronáutico, religioso y astronómico -aunque sea socorrida la denominación de “fiestas del equinoccio”-, ni es probable que los astronautas tengan algún arrobo místico ante la luna llena de abril, contemplada desde el cohete que estará a la corta distancia relativa de unos miles de kilómetros. Sin embargo, desde algún remanso del cosmos, cuando la descomunal velocidad del cohete hace que parezca detenido en las órbitas siderales, acaso los astronautas se percaten no solo de las limitadas ínfulas y vanidades terrestres, sino de las trascendentales incógnitas de la creación de universo.

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