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Gignac y Gabriel

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10.03.2026

Hace una década, las montañas de Nuevo León recibieron a un delantero que venía del Mediterráneo francés, del Olympique de Marsella, para vestir la camiseta de un club que aquí se pronuncia casi con devoción: los Tigres.

Ese mismo año, otro destino también aterrizaba en mi vida. 

Mi hijo Gabriel llegaba desde la Ciudad de México con apenas tres años, por que regresaba con mi familia a radicar de nuevo en esta ciudad. 

Fue una coincidencia que siempre me ha parecido mística. 

Mientras André-Pierre Gignac, llegaba para conquistar una ciudad dividida entre el azul y blanco de Rayados y el azul y oro de Tigres, Gabriel pisaba por primera vez la tierra de sus ancestros: la de su padre y la de su abuelo. 

Llegaba para conocer el olor del carbón encendido en los patios, las carnes asadas y el rugido de una afición que, con razón, se hace llamar Los Incomparables.

Para mí, el fútbol siempre ha sido un hilo invisible que cose mis recuerdos con el presente de mi hijo y mi propia infancia. 

Esa noche,........

© Detona