Fanáticos de Dios, fanáticos de la política
Hay personas que cambian de opinión cuando cambian los hechos. Otras, al contrario, intentan cambiar los hechos para no tener que cambiar de opinión.
La diferencia parece pequeña, pero de ella han surgido algunas de las mayores tragedias de la historia. Cuando la necesidad de tener razón se impone a la búsqueda de la verdad, aparece una forma de pensamiento que adopta distintos nombres: en términos políticos, sectarismo, extremismo, intolerancia o fanatismo; en términos religiosos, dogmatismo, integrismo o fundamentalismo.
Las guerras cambian de uniforme, las ideologías cambian de nombre y las religiones, que a menudo no cambian de símbolos, sí alteran los contenidos a los que estos apelan. Sin embargo, un personaje atraviesa los siglos prácticamente intacto: el fanático. Lo encontramos en conflictos religiosos y en trincheras ideológicas. Cambian sus banderas, pero no su mecánica de pensamiento.
Solemos asociar el fanatismo a la religión. Pensamos en inquisidores, cruzados, yihadistas o predicadores iluminados. Pero el fanatismo no necesita templos para prosperar. También florece en partidos políticos, movimientos sociales o nacionalismos. No hay que apelar a lo religioso para encontrar un buen fanático. En su libro El verdadero creyente, Eric Hoffer lo expresó con irónica agudeza: “Los movimientos de masas pueden surgir y extenderse sin creer en un dios, pero nunca sin creer en un demonio”.
Los fanáticos religiosos convierten la religión en una ideología política; los fanáticos políticos convierten la política en una religión. Comparten una misma estructura mental. Las personas tienen ideas, pero los fanáticos tienen algo distinto: ideas que los poseen a ellos. La autocrítica desaparece aunque, dependiendo del tipo de fanatismo, se pueda enarbolar sin practicarla. La duda no se considera sana. Los hechos dejan de ser algo........
