Contracrítica: Los incendiarios de obras de arte
Uno de los aspectos que se destacan cada año cuando se habla del tema de la descolonización es el de los legados culturales. Estamos viendo marchas en las cuales se queman libros, se derriban estatuas, se destruyen cuadros de grandes autores. Le llaman cultura de la cancelación o reajuste cultural —cancel culture en inglés—. Y remarco el término anglosajón porque es un fenómeno que —nacido de los estudios culturales británicos— no posee arraigo en el anticolonialismo de la periferia que surgiera con fuerza en el primer periodo de luchas modernas contra los viejos imperios. No se trata de una visión afincada en los pueblos realmente afectados, sino en una especie de moda, donde se enarbola la bandera de las minorías raciales y étnicas simplemente porque “se usa”. Elementos de cohesión grupal y generacional, visiones comunitarias que son más propias de tribus urbanas; tales son los caldos de cultivo en los cuales se expanden estos procesos simbólicos. La cultura vista como moda y no como esencia de una cuestión crítica y emancipadora.
Así, además de la cancelación existe el término “apropiación cultural” que es cuando alguien —perteneciente a la cultura occidental blanca— se adjudica una causa o lucha de otro pueblo o país. Como si la solidaridad debiera estar signada por identidades inamovibles y no por la empatía y la comprensión humana. Dicho así, si usted se identifica con la lucha de los indios mapuches eso no le da a usted el derecho de usar ropa o un gorro alusivo, porque se interpreta como un intento de suplantación cultural que les resta protagonismo a quienes deberían estar en el centro. La cosa de las identidades va más en el deseo de segmentar, de dividir que el de luchar y no es raro que en ese mundo posmoderno en el cual nada de esto a fin de cuentas posee sentido se den peleas encarnizadas entre radfems y travestis,........
