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Pa’ la calle protestando, ahora que Trump está mirando

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18.03.2026

LA HABANA.- El alto mando cubano ha reconocido públicamente lo que todos sabíamos: las conversaciones con Estados Unidos son un hecho desde que Trump así lo afirmó, casi inmediatamente después de la captura de Nicolás Maduro y el abrupto corte del flujo petrolero desde el país sudamericano hacia la isla.

A un mes de la ridícula comparecencia de Díaz-Canel en televisión para hablar de la biomasa, una segunda rueda de prensa transmitida por todos los canales permite apreciar los estragos en la figura del gobernante, a la vez que sugiere que el castrismo insiste en “dar vaselina” a Trump y Marco Rubio para ganar tiempo. Mientras el tiempo pasa, consiente en excarcelar a 51 reclusos porque el Vaticano se lo ha pedido amablemente. Varios presos políticos del 11 de julio de 2021 ya han vuelto a sus casas y eso es siempre una buena noticia. Pero la cosa va lenta y la gente se desespera. En Morón fue tan grande la impaciencia que un grupo de personas incendió la sede del Partido Comunista y decenas de pobladores se plantaron frente a la estación de policía pidiendo libertad. La respuesta ha sido represión y militarización en varias provincias, un despliegue que evidencia que el cerco energético no ha golpeado donde realmente interesa.

El permiso concedido hace unas semanas a las mipymes para importar carburantes se tradujo inmediatamente en la reanudación de los servicios de las agencias Supermarket 23 y Cubamax, ambas vinculadas al aparato militar-empresarial de la dictadura. No sería extraño que por esa misma vía se estuviera garantizando el combustible para las fuerzas represivas. A fin de cuentas, solo empresas muy ligadas al poder podrían disponer de la logística imprescindible para importarlo, almacenarlo, distribuirlo y revenderlo.

Donald Trump afirma un día que podría producirse una “toma amistosa de Cuba”, mientras Marco Rubio acepta que los cambios en la isla no tienen que darse de un día para otro. Una semana después, Trump insinúa que desea convertir a Cuba en un protectorado financiero, y al día siguiente insiste en que tendrá el honor de tomar Cuba. Sea cual sea su verdadero propósito, una acción militar en la isla no es parte del plan. Aun así, la cúpula cubana se da prisa en anunciar cambios para atraer el capital de los emigrados. Díaz-Canel quiere convencerlos de que vale la pena invertir en los principales sectores productivos de una Cuba más destruida hoy que hace una década, y sin un marco jurídico que los ampare.

Pobre del emigrado que ponga un dólar para reflotar al castrismo justo ahora, que se hunde sin remedio. Los lobistas de las reformas económicas bajo el yugo del PCC, que han acumulado millones a costa de las privaciones de los cubanos, sin dejar de ofrecer un jugoso diezmo al régimen, son una pequeña parte de los millones de cubanos que viven fuera de la isla y tienen, como nosotros, su esperanza puesta en la caída del comunismo. Sería un error y una afrenta darle oxígeno a una dictadura que está dispuesta a dialogar con Estados Unidos para evitar una confrontación, pero muele a palos a su propio pueblo cada vez que exige derechos de forma pacífica.

El cerco petrolero de Trump ha servido para dejar claro dónde estuvo siempre el verdadero bloqueo. Ahora no pasa un día sin que se hable de nuevas medidas, de diálogo, de cambios urgentes, solo porque tienen el tiempo en su contra. Son artificios de un poder que intenta prevalecer y juega la carta de apertura económica a los emigrados, pero no para restituirles derechos fundamentales, ni proteger sus intereses. Apenas cambien las tornas en la política estadounidense vendrán las expropiaciones con cualquier justificación, los corralitos financieros, las acusaciones de enriquecimiento ilícito. Ha sucedido demasiadas veces como para hacer el tonto.

“Pa’ la calle protestando, ahora que Trump está mirando”, coreaban en mi barrio cuando volvió la corriente y entraron las noticias de lo ocurrido en Morón. No fue un acto de vandalismo, fue desobediencia civil. No pedían comida, pedían libertad. No son 51 presos políticos, sobrepasan el millar y, después de Morón, son todavía más.

Los cubanos no tenemos país ni esperanza, ni paz ni sosiego en nuestros hogares. Nuestros hijos van quedando frente a dos opciones: renunciar a la vida entre ocio, hambre y sobredosis, o morir enfrentando a las boinas negras en una protesta. Se están levantando del suelo donde han yacido sus padres y eligiendo su propio camino. Cada día serán más, y cada hijo muerto o herido será cobrado a sus verdugos en el amanecer que se aproxima.

No habrá perdón ni olvido, y no por causa de un resentimiento al que, dicho sea de paso, tenemos todo el derecho. La revolución que se ha negado a escucharnos, hoy se pone de rodillas frente a Estados Unidos. El “enemigo histórico” hemos sido siempre nosotros, su guerra ha sido solo contra nosotros, y ese ultraje no puede, ni debe repararse con menos que un cambio de gobierno, con el desmantelamiento total del sistema.


© Cubanet