El día después de los calcetines disparejos
Todos los años, el 21 de marzo despliega su ritual de calcetines disparejos. La imagen recorre redes sociales, escuelas y campañas institucionales con un propósito claro: Recordar que la diferencia no constituye un error, sino una forma más de habitar el mundo.
El símbolo funciona, es visual, sencillo y compartible, pero, cuando la fecha concluye, los calcetines vuelven a emparejarse en los cajones y queda una pregunta incómoda: ¿Qué cambió realmente?
El Día Mundial del Síndrome de Down merece algo más que el gesto anual. Merece una conversación que incomode, señale lo que no funciona y ponga el foco donde suele esquivarse. Porque si algo revelan las últimas décadas es que las personas con Síndrome de Down han sido abundantemente fotografiadas, mencionadas y visibilizadas. Lo que en igual medida no han sido escuchadas.
El núcleo de la cuestión se localiza en un territorio muy concreto: El trabajo. Cuando una persona con Síndrome de Down alcanza la mayoría de edad, la compañía institucional que estuvo presente durante la infancia y la adolescencia suele retirarse sin demasiadas explicaciones. La escuela termina, los apoyos se diluyen y la sociedad responde con un silencio que es también una respuesta: No existe un lugar previsto.
Las expectativas sociales operan como un mecanismo de reducción y el imaginario colectivo asigna a estas personas un repertorio ocupacional limitado: Tareas de limpieza, jardinería y oficios repetitivos de poca responsabilidad. No se trata de menospreciar esas ocupaciones —dignas todas ellas—, el problema reside en la fijación de un límite y en la certeza implícita de que no pueden aspirar a más.
Ese límite no lo construye la........
