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¡Que se joda la Realpolitik!

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20.03.2026

En esta época de malismo, facherismo y reacción hay una actitud que me molesta especialmente: la cobardía de quien comulga con el atrasismo pero se niega a aceptar las consecuencias personales y morales de su posicionamiento político. Esa gente que apela a la inaprehensible, indefinida, estúpida y banal excusa conocida bajo el nombre de “el sentido común” –o más bien EL SENTIDO COMÚN, así con mayúsculas, en plan señor que le grita al árbitro que le ha pitado falta a su chiquillo que se esconde avergonzado de su padre– para justificar posiciones contrarias a la ética, el humanismo o cercanas a cualquier atisbo de decencia existencial y respeto por la Humanidad y las reglas de la convivencia.

Es la postura del acomplejadillo que cuando ve al abusón de clase pegar a otro chico le anima, pero nunca acaba de meterse en la pelea, no vaya a ser que le caigan palos a él también o le acaben llevando a Jefatura de Estudios. Porque no quiere que le castiguen. Y tampoco quiere caer mal. Ni que le digan que es un impresentable y una mala persona. Así que apelará al SENTIDO COMÚN que dicta que es mejor vivir llevándose bien con el matón del instituto antes que plantarle cara y defender a las víctimas. Porque el mundo es así, injusto. Y el pez grande siempre se come al chico. Y hay que aceptar las cosas como son y no complicarse la existencia, que bastante duro es vivir ya como para encima tener que preocuparse por los demás. Y que cada palo aguante su vela.

Pero es que tampoco está de más apostar por el bando que intuyes ganador. Que suele ser el bando que grita más fuerte, que hace más ruido y que hace alarde de no respetar las normas. Porque uno nunca puede quedarse atrás, no vaya a ser que acabes convirtiéndote en uno de los pringaos que terminan apalizados y sin los cinco euros de la paga de los abuelos. Que al final el chungo siempre te acaba invitando a algo con el dinero que les ha quitado a los tontos que se han dejado pegar. ¿Por qué ibas tú a quedarte sin tu parte? Si no has hecho nada malo, solo te has quedado mirando.

Esa gente, con la que muchos hemos tenido la desgracia de coincidir en la escuela y en el instituto –y que ahora mismo constituyen la base electoral de Vox–, resulta que cuando se dedican a la política institucional –y no solo a inundar de memes racistas y misóginos el grupo de wasap de antiguos alumnos de los maristas–, llaman a su cobardía moral Realpolitik. Pero la Realpolitik no deja de ser la manera elegante y académica que tienen algunos países y algunos políticos que aspiran a convertirse en vasallos y palanganeros de abusones y aprendices de tiranos varios de apelar al SENTIDO COMÚN. De apelar a ser mala gente, pero sin querer parecerlo.

La Realpolitik en 1939 nos invitaba a ponernos de perfil ante Hitler, lo que no impidió que este arrasara también a los países y a los líderes que se arrodillaron ante él. Porque agachar la cabeza y callar ante los insultos y las amenazas a un socio hechas por un necio poderoso no es una exhibición pública de SENTIDO COMÚN y prudencia, sino de debilidad y cobardía. Con el silencio y la mirada baja ni se consigue hacer callar al bocazas ni se aplaca al abusón y al violento, simplemente se les dan alas a la vez que te colocas una diana en la espalda.

En un mundo en el que nos quieren hacer creer que ya no existen las reglas, ni las normas de convivencia, ni los acuerdos –reales, pero también simbólicos– que han sido responsables del mayor período de paz y prosperidad en Occidente en toda la Historia, el SENTIDO COMÚN del que echan mano los miserables y los cobardes los lleva a ponerse del lado de quienes asaltan la legalidad internacional y bombardean escuelas. Al hacerlo, están tirando por la borda su propia moralidad y su prestigio político y personal, pero también están colaborando con la destrucción del único sistema político que, hasta el momento y con todos sus fallos y máculas, ha garantizado la supervivencia y el bienestar de los europeos: la democracia liberal sostenida sobre los principios socialdemócratas de la que se tuvo que echar mano para superar el legado de muerte, escombros, hambre, destrucción y guerra que dejó a su paso el fascismo por Europa.

Es bien cierto que nadie elige ni tiene forma de controlar ni el lugar ni la época en la que nace, así como tampoco puede escoger a la mayoría de la gente con la que convive y se relaciona. Pero esto no quiere decir que seamos plumas movidas por el azaroso viento o títeres sin voluntad ni capacidad para provocar cambios a nuestro alrededor. Que no exista ningún propósito superior y divino a nuestra existencia no implica que esta no tenga consecuencias –catastróficas o fantásticas– en la vida de los demás y en el devenir de los tiempos, al fin y al cabo, muchos vivimos en lugares mucho mejores de los que quizás nos merecemos porque antes que nosotros ya hubo personas que pensaron eso de que se joda el SENTIDO COMÚN y que se joda la Realpolitik, y les plantaron cara a los abusones y a los tiranos.


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