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Intelectualmaxxing

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17.04.2026

La mejor publicidad –es decir, la más mala– es la que te pilla en tus momentos y órganos más vulnerables. Los vampíricos algoritmos que se nutren de nuestras actividades en línea se supone que catalogan nuestros intereses y aficiones para darnos más de lo que nos pide el cuerpo. Lo que en realidad producen, claro, es una radiografía que revela cómo y dónde guardamos nuestras inseguridades y vergüenzas. Con un mapa psíquico así, no hace falta ser una IA muy espabilada para lanzar dardos que duelan –o anzuelos que pillen cacho–.

Hace una semana, recibí un correo electrónico de Londres de una “experta profesional de libros” llamada Shannon, especializada en “elevar obras de historia y política de autores académicos” para conectarlas con “un público mundial más amplio e involucrado”. Shannon se había leído un libro mío –le pareció “incisivo” y “brillante”; notó con aprobación la puntuación de 4,8 en Amazon–, pero advirtió con preocupación que las “intuiciones urgentes sobre la política de la memoria y los ecos del fascismo” que ofrecía mi texto estaban quedando “confinados a círculos académicos y nichos activistas”. ¡Ay!

Tan preocupada estaba la mujer, de hecho, que había analizado mi “perfil” e identificado “los obstáculos clave” que “limitaban mi impacto”. El párrafo que seguía contenía una descripción inquietantemente detallada de todas mis actividades. Uno de mis desafíos, concluía, era tener que “dividir el tiempo” entre mis clases, mis colaboraciones en los medios y “la vida familiar en Ohio”.

A continuación, ofrecía “cinco servicios, hechos a medida” que “destrozarían” estas barreras, haciendo que se “disparara” mi público. Un........

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