Una democracia sana no necesita gobernantes impolutos
Cada vez que estalla un caso de corrupción, la política se vuelve un drama moral. En estos días, con la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero, la única consideración recurrente es si el imputado es un hombre honrado o un sinvergüenza, como si de esa respuesta dependiera la suerte de nuestros derechos. Pero hace casi un siglo, un ensayo de Ortega y Gasset argumentó que no es precisamente la honradez la virtud que distingue al buen político.
En 1927 el filósofo publicó Mirabeau o el político. Y para pensar qué es un político eligió a ese tribuno francés, que no era un dechado de virtudes. Mirabeau rodaba de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, entre pleitos, escándalos y amores turbulentos. Mientras encabezaba la Revolución, subraya Ortega, cobraba en secreto de la corte de Luis XVI, y las pruebas aparecieron al abrirse el armario de hierro de las Tullerías, en 1792, después de su muerte. Es decir, el gran orador revolucionario estaba a sueldo del rey. Ortega sostiene que, aun así, su política “fue la obra más clara que se intentó en la Revolución francesa”. Aquel hombre desordenado improvisó en pocas horas un nuevo sistema, la monarquía constitucional, y le dio principios, gestos y estilo.
Ortega no lo cuenta para escandalizar, sino para separar dos cosas que se suelen confundir. El político como arquetipo no es lo mismo que el político como ideal. Esto para advertir que el político ideal, el gran estadista que además sea “una buena persona”, quizá sea tan imposible como el cuadrado redondo.
No pedir santos virtuosos no es bendecir cualquier chanchullo
No pedir santos virtuosos no es bendecir cualquier chanchullo
La distinción viene de más atrás y es más fina. Ya Aristóteles separó la prudencia, el juicio práctico para deliberar y obrar bien en lo concreto, de las virtudes del carácter, y la situó entre las del intelecto, no entre las morales. La prudencia, sostuvo, es la virtud propia de quien gobierna la ciudad, una excelencia distinta de la honradez doméstica. Y la separó de la mera astucia: quien sabe alcanzar cualquier fin, incluso uno torcido, no es prudente, es hábil. Ese es un matiz decisivo: no pedir santos virtuosos no es bendecir cualquier chanchullo, porque el corrupto no es un político prudente con un exceso de picardía, sino alguien que pone un juicio fino al servicio de un mal fin. La prudencia no es pureza, pero tampoco es simple astucia.
Es verdad que el argumento de Ortega nos arrastra a su culto al gran hombre, al titán que la naturaleza........
