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Magnífica y selectiva

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10.06.2026

Leyendo la última encíclica de León XIV hay un momento en que me descubro asintiendo. El documento se titula Magnifica humanitas y se dedica a defender a la persona humana de la inteligencia artificial. Denuncia el paradigma tecnocrático, la concentración del poder en un puñado de empresas privadas más ricas que muchos Estados, la economía de la atención que nos vende como mercancía, el “colonialismo” de los datos. Menciona incluso el trabajo invisible y mal pagado –realizado en su mayoría por mujeres– que sostiene los modelos de IA, y pide desarmar la técnica para que no domine lo humano. Buena parte de sus páginas podría firmarlas cualquier persona progresista sin cambiar una coma. 

La humanidad que el papa defiende es magnífica en el discurso y restrictiva en la práctica

La humanidad que el papa defiende es magnífica en el discurso y restrictiva en la práctica

El problema no está en lo que la encíclica dice de las máquinas. Está en aquello a lo que apela para decirlo. Cada vez que el texto necesita una palanca, recurre a “lo humano”, a “la magnífica humanidad”, a una dignidad anclada en una naturaleza que da por estable, evidente y previa a toda historia. Pero toda defensa de lo humano esconde una pregunta que casi nunca se formula en voz alta: de qué humanidad estamos hablando, definida por quién. Buena parte de la obra de Stanley Cavell reflexiona sobre quién tiene derecho a decir “nosotros”, a hablar en nombre de una comunidad. La encíclica dice “nosotros” en cada página, pero la humanidad que el papa defiende es magnífica en el discurso y restrictiva en la práctica. Y para verlo conviene empezar por su mejor página, la que más emociona, porque ahí, en su mayor acierto, se abre la grieta.

León XIV se centra en el límite. Frente al sueño transhumanista de una humanidad mejorada, sin enfermedad, sin merma, casi sin muerte, la encíclica defiende a la criatura finita. Sostiene que el ser humano madura “a través del límite” y no a su pesar, que la fragilidad no es un error a corregir sino el lugar donde nacen la compasión, el cuidado, el amor. Cita a Viktor Frankl para recordar que en el horror de los campos se conoció al hombre en estado puro, capaz de inventar las cámaras de gas y capaz también de entrar en ellas rezando. Contra la fantasía de Silicon Valley, que promete salvarnos con actualizaciones, el papa nos pone delante de nuestra precariedad y su belleza. Y acierta.

Acierta incluso en algo más fino. Ve que, para borrar ese límite, habría que apagar también el deseo, porque quien ama y desea no puede esquivar la pérdida. Ve que la lógica de la optimización trata a la persona como un proyecto que depurar, y que ahí se pierde lo humano: para una máquina el error es un fallo que corregir; para nosotros puede ser el comienzo de un cambio. “El futuro de una persona no es calculable”, dice, “ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega”. En todo este tramo defiende el cuerpo. El cuerpo que enferma, que envejece, que falla y que en ese fallar se vuelve capaz de ternura. Cuesta no aplaudir. 

Ante la mujer que aborta y el doliente que pide ayuda para morir, el mismo texto que celebraba la vulnerabilidad cambia la caricia por la condena

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Pero conviene preguntar de qué cuerpo habla. Mientras ese cuerpo es una abstracción –la fragilidad, la carne herida, el rostro del otro–, la encíclica lo trata con una delicadeza que conmueve. La cosa cambia en cuanto el cuerpo tiene sexo, deseo, voluntad y una biografía concreta. Ante la mujer que aborta y el doliente que pide ayuda para morir, el mismo texto que celebraba la vulnerabilidad cambia la caricia por........

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