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Las urnas aún no han hablado

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06.07.2026

Cada vez que un sondeo sitúa a Vox en máximos entre los votantes de renta baja, vuelve el mismo titular: la extrema derecha conquista a las clases populares y España se incorpora, por fin, a la senda de Le Pen. El último dato lo confirma cada semana, y el relato se da por evidente: la clase trabajadora abandona a la izquierda para abrazar a la derecha ultra. El psicodrama político ha entrado en una fase casi litúrgica, ya que cada encuesta anuncia un nuevo fin de ciclo y una nueva refundación del mapa electoral. El relato no es usual. Si la extrema derecha hubiera conquistado efectivamente a la clase obrera, estaríamos ante un cambio histórico que supondría la mayor crisis de la socialdemocracia española desde la Transición. Precisamente por la magnitud de esa afirmación, conviene preguntarse si la evidencia disponible permite sostenerla. 

Reconocer esa tendencia no basta para concluir que la clase trabajadora vive ya un realineamiento histórico

Reconocer esa tendencia no basta para concluir que la clase trabajadora vive ya un realineamiento histórico

Existen, sin duda, indicios de que Vox está mejorando sus resultados entre determinados segmentos del electorado popular, algo que diversos estudios postelectorales del CIS, como el de Extremadura, confirman en el ámbito de las elecciones autonómicas recientes, así como también en Andalucia y Castilla y León. Pero reconocer esa tendencia no basta para concluir que la clase trabajadora vive ya un realineamiento histórico. No se trata de negar la evolución, sino de preguntarse si las pruebas invocadas hoy captan su verdadera magnitud, y si miden realmente aquello que dicen medir. 

Conviene primero mirar la cifra que sostiene ese relato. El 4 % de votantes socialistas que hoy dice preferir a Vox significa también que el 96 % restante no se ha movido hacia ese partido. Los medios suelen convertir un cambio menor en un gran titular porque 300.000 votos impresionan más que un 4 %, y un 4 % más que un 96 %. Empecemos por ahí. 

Miremos ahora las intenciones de voto en los sondeos en anteriores comicios; por ejemplo, las elecciones de abril 2019. A lo largo de toda la campaña, las encuestas tendieron a sobreestimar al PP. La práctica totalidad de los sondeos publicados entre enero y abril de 2019 situaban al partido entre el 18 % y el 24 % de intención de voto, incluidos los últimos publicados antes de las elecciones (por ejemplo, Sigma Dos, 3-17 de abril: 20,1 %). El resultado final fue del 16,7 %, lo que supone una desviación generalmente comprendida entre 3 y 7 puntos, según el instituto demoscópico. No se trata, por tanto, de un error aislado de una única empresa, sino de un sesgo ampliamente compartido en la recta final de la campaña. Estos errores, superiores a los márgenes de error habituales (en torno a ±2 puntos porcentuales), no pueden explicarse únicamente por la variabilidad estadística. 

El mismo sesgo se reprodujo, de forma aún más marcada, en 2023. Prácticamente todos los institutos demoscópicos (Sigma Dos, GAD3, NC Report, Data10, Target Point, entre otros) situaban al PP entre el 34 % y el 37 % hasta la víspera de las elecciones, con una ventaja sobre el PSOE de entre 6 y 9 puntos. El resultado final fue muy distinto: PP, 33,06 %; PSOE, 31,70 %, una diferencia de apenas 1,36 puntos. En consecuencia, el PSOE fue sistemáticamente infraestimado en torno a 3 o 4 puntos por la mayoría de los institutos privados.

El único instituto que se aproximó a la configuración real del resultado fue el CIS, frecuentemente criticado por la supuesta “cocina” favorable al gobierno. Su estimación (PP 30,8 %; PSOE 32,2 %) fue la única que situó al PSOE en primera posición, coincidiendo con la distribución final de fuerzas.

La expectativa de una mayoría casi asegurada del bloque PP-Vox en 2023 no........

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