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Antifeminismo juvenil: más allá de la falsa dicotomía entre lo material y lo cultural

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08.04.2026

El artículo de Nuria Alabao supone una intervención necesaria en el debate actual sobre el antifeminismo juvenil y sitúa el fenómeno en la intersección entre la precariedad material, las percepciones de declive social y un proceso de traducción cultural que reconduce la frustración hacia el resentimiento de género. Comparto su interés por evitar la reducción del fenómeno a una mera guerra cultural, así como su apelación al caso de Corea del Sur como laboratorio que ilustra el modo en que los varones jóvenes canalizan su malestar hacia las mujeres ante la imposibilidad de cumplir con las expectativas tradicionales asociadas al género masculino.

Sin embargo, el planteamiento de Alabao corre el riesgo de reproducir una falsa oposición que los datos empíricos no sostienen. La disyuntiva que propone entre lo material y lo cultural no constituye una dicotomía respaldada por la evidencia. En mi propia investigación doctoral en curso,  el análisis revela que las condiciones materiales y las percepciones culturales no operan como esferas separadas que compiten por la primacía explicativa, sino que se funden en la experiencia vivida de los jóvenes varones que constituyen la vanguardia antifeminista. En concreto, cabe hablar de un efecto que llamo del “graduado precario” que opera como el punto de confluencia de ambas dimensiones: la educación media-alta (capital cultural) combinada con ingresos bajos (precariedad material) genera el mayor respaldo a las actitudes reaccionarias. Ello no ocurre porque un ámbito se traduzca en el otro, sino porque la diferencia entre ambos produce una ansiedad de estatus que las ideologías de género de suma cero –según las cuales la ganancia de un grupo (las mujeres) implica necesariamente la pérdida de otro (los hombres), sin posibilidad de beneficio mutuo– organizan y legitiman.

Se detecta una brecha consistente en un subconjunto de varones jóvenes que se desplazan hacia posiciones reaccionarias en 21 países al menos

Se detecta una brecha consistente en un subconjunto de varones jóvenes que se desplazan hacia posiciones reaccionarias en 21 países al menos

Alabao cita datos para España que muestran un descenso en la identificación feminista de los jóvenes entre 2021 y 2025. Se trata de una tendencia significativa, pero que puede formar parte de un patrón más amplio no reductible al ciclo político español que ella describe. Es posible detectar una brecha generacional consistente en mujeres jóvenes que se desplazan hacia posiciones progresistas y un subconjunto de varones jóvenes que se desplazan hacia posiciones reaccionarias en 21 países al menos, entre ellos España y Corea del Sur, con configuraciones muy diversas en términos de gobierno, fortaleza del movimiento feminista y regímenes de bienestar.

Figura 1. La brecha generacional de género: las mujeres jóvenes se desplazan hacia posiciones más feministas mientras que los varones jóvenes muestran la tendencia contraria. Fuente: IPSOS

Alabao recurre acertadamente a la investigación de Joeun Kim sobre Corea del Sur, que muestra que la ideología del victimismo masculino no se asocia tanto con la precariedad objetiva como con la percepción de declive socioeconómico en relación con la generación de los padres, concentrada entre varones de clase media y alta que perciben amenazado su estatus. De ello infiere que “no son los más marginados quienes abrazaban necesariamente el discurso antifeminista, sino aquellos que sienten que estaban descendiendo de clase”.

El desfase entre expectativa y logro genera una inconsistencia de estatus que las ideologías de género de suma cero tornan inteligible

El desfase entre expectativa y logro genera una inconsistencia de estatus que las ideologías de género de suma cero tornan inteligible

Este es precisamente el patrón que captura mi análisis mediante la interacción entre bajos ingresos y alta educación: el colectivo que denomino “graduados precarios”. No se trata ni de los estructuralmente marginados (baja educación, bajos ingresos) ni de los privilegiados asentados (alta educación, altos ingresos), sino de aquellos cuyo capital cultural (educación) no se ha traducido en seguridad económica. El desfase entre expectativa y logro genera una inconsistencia de estatus que las ideologías de género de suma cero tornan inteligible.

Figura 2: El efecto del graduado precario: entre los hombres con ingresos medios y altos, un nivel educativo elevado reduce un 8-9 puntos porcentuales la probabilidad de creer que ahora se discrimina contra el hombre; sin embargo, con ingresos bajos esta protección desaparece.

El análisis de Alabao sobre el caso coreano enfatiza las rígidas expectativas matrimoniales que impiden a los jóvenes varones cumplir el rol tradicional de proveedor. Se trata de un elemento culturalmente específico, y su traslación al contexto español requiere cautela. Según los análisis que he realizado hasta el momento, el mecanismo subyacente –la inconsistencia de estatus que genera agravio y que posteriormente se canaliza hacia el resentimiento de género– opera incluso allí donde las expectativas matrimoniales son más laxas. En otros países, las aspiraciones de “vida normal” pueden centrarse menos en el matrimonio y más en la emancipación residencial, el empleo estable y la capacidad de constituir un hogar independiente. Cuando dichas aspiraciones se ven bloqueadas, y cuando ese bloqueo se experimenta a través de una perspectiva de género, el resultado es análogo.

El planteamiento de Alabao sobre la relación entre factores materiales y culturales en términos de traducción o desviación corre el riesgo de sugerir que las causas reales sean materiales y que lo cultural constituya una capa secundaria de significado superpuesta a ellas. Se trata de una versión de lo que Raymond Williams denominó “la reducción de lo social a lo residual”: la idea de que la cultura es siempre epifenoménica, nunca constitutiva.

Las experiencias personales de precariedad económica o amenaza de estatus no producen directamente actitudes antifeministas 

Las experiencias personales de precariedad económica o amenaza de estatus no producen directamente actitudes antifeministas 

Mi análisis propone una imagen más compleja. El itinerario que conduce de la experiencia personal a la conclusión política sobre el género pasa por una mediación cognitiva. Las experiencias personales de precariedad económica o amenaza de estatus no producen directamente actitudes antifeministas; son filtradas por cosmovisiones –percepciones de suma cero frente a percepciones de suma positiva sobre las relaciones de género–, que a su vez legitiman la creencia que los hombres son ahora discriminados, y justifican la conclusión de que el feminismo ha ido demasiado lejos.

Esto significa que las condiciones materiales importan de manera decisiva: proporcionan la materia prima experiencial. Pero importan tal como son interpretadas, a través de filtros moldeados por la educación, la exposición a los medios, las redes sociales y las identidades de grupo. Lo cultural no es una traducción secundaria de una realidad material primaria; es constitutivo del modo en que las condiciones materiales se experimentan y se responden.

Alabao reconoce el papel de la manosfera y los algoritmos de las redes sociales, pero los trata como factores secundarios: mecanismos de amplificación más que espacios de formación, subestimando el papel más activo de los ecosistemas digitales, en particular las cámaras de eco de género, sobre todo en una generación que ha crecido y desarrollado sus creencias en un entorno de permanente conectividad móvil. Hay una divergencia muy marcada en los datos: las mujeres jóvenes en redes sociales encuentran contenidos que refuerzan identidades feministas, mientras que los varones jóvenes encuentran contenidos que refuerzan narrativas de agravio.  La pregunta acerca de por qué el contenido antifeminista encuentra un terreno fértil no puede responderse atendiendo únicamente a la frustración preexistente; requiere también examinar cómo las arquitecturas digitales organizan la atención, confieren legitimidad a ciertos encuadres y clausuran alternativas.

La conclusión de Alabao –que debemos “sacar la cuestión de género de la guerra cultural y devolverla al terreno de las condiciones materiales de existencia”– es políticamente atractiva pero empíricamente discutible. El género no es algo que pueda extraerse de la cultura y devolverse a las condiciones materiales, porque el género es ya constitutivamente material y cultural a la vez.

Cuando algunos partidos tradicionales normalizan ciertos discursos, cuando actores institucionales legitiman encuadres antifeministas, el coste de expresar el apoyo a partidos populistas de extrema derecha disminuye. Una estrategia política que se centre únicamente en las condiciones materiales, ignorando la legitimidad cultural de las narrativas antifeministas o los procesos institucionales que reducen el coste de su expresión, deja de lado una parte fundamental del problema.

En relación con el caso español, no es posible examinar las tendencias entre 2021 y 2025 sin analizar el cambio que se produjo en 2018-2019: la entrada de Vox por primera vez en las instituciones andaluzas, por un lado, legitimó sus discursos e impulsó su irrupción a nivel nacional en las dos convocatorias electorales de 2019 y, por otro, la consiguiente incentivación de la participación en el 8-M de ese mismo año –la cifra de participación más alta hasta la fecha–, en un escenario de alta polarización en torno a la cuestión de género, seguidos de 2020: la pandemia y el confinamiento, que intensificaron el uso de dispositivos móviles y redes sociales, así como la exposición a las cámaras de eco de género. Cuando un partido de extrema derecha irrumpe de forma inesperada y obtiene un apoyo notable, reduce el estigma de apoyarlo públicamente. De esta manera, se consigue cuestionar el statu quo social, lo que a su vez puede alimentar un mayor apoyo electoral al partido y profundizar la polarización.

Este mecanismo se ajusta a lo que Alabao describe como traducción, pero incorpora una dimensión de expectativas y señalización que ayuda a explicar por qué el malestar se convierte en antifeminismo en este momento y no antes, y por qué la irrupción de un partido como Vox, o la aparición de líderes en redes sociales, puede actuar como detonante. Además, cuando un partido como Vox, o determinados influencers de la manosfera, impugna el consenso social previamente establecido, altera las expectativas de sanción para quienes se manifiestan en contra de ese consenso. Lo que antes se experimentaba como una opinión inconfesable, y por tanto se reprimía, pasa a expresarse, no porque haya cambiado la precariedad objetiva, sino porque ha cambiado la percepción subjetiva del riesgo social. Esta dinámica no es cultural en el sentido de superficial, sino que constituye un proceso sociopsicológico con raíces materiales: quienes perciben un mayor riesgo de ser sancionados son quienes tienen más que perder en términos de redes, capital social o movilidad, y por ello los efectos son heterogéneos y la elasticidad del coste del estigma varía según la estructura de las redes sociales.

No basta con mejorar las condiciones materiales. Si la interpretación de esas condiciones se realiza a través de marcos de suma cero, el malestar seguirá canalizándose contra las mujeres y el feminismo. Esto implica combatir activamente los discursos que presentan los avances de las mujeres como una amenaza, pero también señalar el papel de los partidos y los algoritmos en la reducción del coste de expresar opiniones contrarias al consenso. Cuando la irrupción de Vox en Andalucía redujo ese coste, no solo aumentó la expresión de opiniones antifeministas, sino que también lo hizo en temas no directamente aludidos en su campaña en aquel momento, porque el propio éxito de Vox, en buena medida inesperado, produjo un arrastre cultural que se reflejó tanto en las cifras de participación en el 8M de 2019 como en el ascenso de Vox a nivel nacional en las dos elecciones generales de 2019. Desactivar esa lógica requiere no solo redistribuir recursos, sino también disputar la legitimidad de quienes se presentan como defensores de “lo políticamente incorrecto”.

Alabao acierta al señalar que la solución no consiste en intensificar la guerra cultural. Pero la alternativa no es abandonar el terreno cultural a la derecha. Se trata de comprender los mecanismos precisos –experienciales, perceptuales, cognitivos, mediáticos– a través de los cuales las condiciones materiales adquieren significado político, e intervenir en múltiples niveles simultáneamente: construyendo seguridad material (vivienda, empleo estable, ingresos), cuestionando las cosmovisiones de suma cero mediante marcos alternativos, apoyando el contacto íntimo entre géneros –hallazgo de la teoría del contacto: las relaciones personales reducen la reacción– y combatiendo la clasificación algorítmica que refuerza las cámaras de eco de género.

Leídos conjuntamente, el artículo de Alabao y este mío revelan más convergencias que divergencias. Ella enfatiza las condiciones materiales y la traducción de la frustración económica en resentimiento de género; yo enfatizo las vías estructurales y la mediación cognitiva. No se trata de marcos contradictorios, sino complementarios, que operan en distintos niveles de análisis.

Lo que aporta un análisis comparado es la posibilidad de que estas dinámicas reflejan transformaciones estructurales más amplias: la precarización de las perspectivas laborales y residenciales de los jóvenes, la expansión de la educación superior sin la correspondiente seguridad económica, la percepción de un declive generacional en el nivel de vida en comparación con la generación de los padres, y la emergencia de ecosistemas digitales que clasifican a los usuarios en compartimentos informativos de género.

Donde podría establecerse una diferencia productiva es en la cuestión de la estrategia política. La llamada de Alabao a devolver el género a las condiciones materiales podría interpretarse como una sugerencia de que la contienda cultural es secundaria o distractora. En mi opinión, es en el terreno del significado –los marcos a través de los cuales se interpretan las experiencias, las cosmovisiones que estructuran la percepción, las creencias legitimadoras que conectan el agravio con la conclusión política– donde se dirime la batalla. Ganarla no requiere retirarse de la cultura, sino contar con una comprensión más sofisticada de cómo cultura y condiciones materiales se funden en la experiencia vivida de los jóvenes varones y mujeres cuyas trayectorias divergentes constituyen hoy una de las principales fracturas de la política contemporánea.

La brecha generacional de género que documento no es un epifenómeno cultural asentado sobre bases materiales; es la expresión política de una generación atrapada entre expectativas crecientes y realidades bloqueadas, dividida en bandos opuestos por cosmovisiones que vuelven inteligible su situación de maneras profundamente diferentes. Comprender esto y construir una política a su altura exige mantener juntas las dimensiones material y cultural, en su entrelazamiento constitutivo, sin subordinar una a la otra. Es necesario analizar cómo se entrelazan en la experiencia generacional de quienes ven bloqueadas sus expectativas y encuentran en el antifeminismo una explicación, y una comunidad, que reduce el coste de expresar su frustración culpando al feminismo. Una política feminista para estos tiempos, pues, no puede limitarse a reivindicar más recursos; debe también construir marcos de interpretación que impidan que la precariedad se traduzca en resentimiento de género, y debe deslegitimar a quienes instrumentalizan el malestar juvenil para rebajar el coste del estigma asociado a posiciones reaccionarias. Solo así será posible desactivar la trampa del antifeminismo sin renunciar ni a la crítica cultural ni a la transformación material.


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