Gregorio Morán. Su singularidad
El pasado 23F murió Gregorio Morán –a partir de ahora, GM–, un intelectual tan singular que, contradiciendo absolutamente el pacto no escrito de negar el pan, la sal y la necrológica –esto es, la fe de vida, el reconocimiento– al raruno, incluso los medios que le silenciaron o/y le despidieron se han visto obligados, por una suerte de vergüenza torera, a publicar en sus pantallas algo parecido a un obituario. Lo que es un caso exótico, que alude a la trayectoria única de GM, un autor imposible de omitir hasta para los profesionales de la omisión, ese oficio fundamental, lo más, en la cultura española, sin duda la más estatalizada aún de Occidente y poseedora de un rol político más profundo. La originalidad de GM también ha ocasionado otro fenómeno paralelo. Se trata de numerosos obituarios sustentados en un análisis de su obra, realizados por lectores de GM, ese colectivo amplio, culto, que el autor fue creando –lo que no es muy frecuente– a su paso por la vida. Entre todos ellos, tal vez destaque el análisis extenso, profundo y detallado, publicado en la revista Nortes y firmado por David Sánchez Piñeiro, al que les remito para adquirir un conocimiento más que razonable de GM, si así lo desean. Lo que aquí sigue no puede ser la reproducción de ese espacio erudito y sexy, ya ocupado, sino una semblanza de GM a través de sus libros más determinantes, con el fin de explicar lo que pretenden, básicamente, estas líneas: la singularidad de GM. Es decir, ¿cuál es la originalidad de GM en su época? Es decir, ¿quién fue GM?
GM –Oviedo, 1947-BCN, 2026– era hijo de un vencedor, esa palabra tan rara. Solo saben lo que es un vencedor los descendientes de los perdedores, esa otra palabra brutal, absoluta, dotada de un significado igualmente profundo, que no tardará en perderse. O, más probable, en traducirse a algo cursi. Ese dato biográfico es el más íntimo que me explicó GM. En términos generales, GM hablaba poco/nada de los aspectos más personales de su vida. Le conocí en 1991, por una entrevista que le hice cuando era un pipiolo. De ahí salió un cenorrio y luego otro, y otro. En total fueron chorrocientos ágapes, que se extendieron por –rayos– cuatro décadas, con la excepción de un par de años, en los que estuvimos de morros. En todas esas reuniones, para mí inolvidables, yo accedía, maravillado, al magisterio, a la consulta, a la escucha de la erudición y al nacimiento de la risa –una risa, por cierto, estruendosa en GM; en términos generales, en nuestras reuniones, él me hacía estar serio y atento y yo le hacía reír; es decir, intercambiábamos nuestros trazos–. Últimamente me explicaba más detalles de su pasado. Por ejemplo, su ingreso en el PCE. Lo hizo a través de su actividad cultural en el Pozo Del Tío Raimundo. Un día, Juan Antonio Bardem le invitó a una reunión. Antes de iniciarla, se dirigió al grupo de invitados que había convocado –todos relacionados por el ámbito cultural– en más o menos estos términos: “Hola, como ya sabéis, esto es una reunión del PCE”. E invitó a abandonar la sala a todo aquel que, una vez sabido eso, no quisiera quedarse. Solo se fue uno. Carlos Saura. Los que se quedaron, se suponía, ya eran del PCE desde ese momento, sin épica ni iniciación alguna. GM sabía que esas historias de ilegalidad, que me contaba a cuentagotas, me enloquecían. En el último tramo de su vida me explicó que quería hacer un pequeño libro con su experiencia de ilegalidad –más de once años, creo recordar; todo un récord en el Interior, entonces; es decir, en el frío más absoluto; lo que vuelve a hablar, otra vez, de un carácter fuerte, autosuficiente y tendente a la sangre fría–. Estuvo en el exilio. Y, diría, se lo pasó bien. Su carácter, en ese sentido, tenía un punto de la chulería del intelectual –y el delincuente– francés, así como una idea depurada del rigor intelectual que, desde luego, no era española en absoluto. Por lo que sé, empezó a darle al periodismo en el exilio, en Mundo Obrero. Por lo que sé también, estuvo trabajando como periodista cuando, en el 76, abandonó el PC –el periodismo era aún entonces un oficio de pluriempleados, de ingresos exiguos hasta finales de los setenta, cuando se refunda el oficio y sus límites; periódicamente ocurre eso, desde el XIX–, en medios como Mundo Diario, Triunfo, Diario 16 y Arreu –una revista en catalán y en la órbita del PSUC; a finales de los setenta existió la intención, diría que débil, de crear un Mundo Obrero diario, orientado a la información general, y de varias publicaciones cercanas al PC; la idea era construir algo parecido a un grupo de medios, por la cosa hegemonía aquella, un concepto de Gramsci que, por lo mismo, no pitó mucho fuera de Catalunya, donde Gramsci se traduce en los tiempos de Solé Tura cuando Bandera Roja, y donde, posteriormente, el PSUC mantendrá cierta cercanía con el PCI; la CNT también estuvo a punto de sacar una edición diaria de La Soli; tampoco pudo ser; si esos experimentos hubieran funcionado hubiéramos tenido otro mapa de medios; o no; vete a saber; un medio no puede suplir un público; de hecho, es su público–.
En todas esas reuniones, para mí inolvidables, yo accedía, maravillado, al magisterio
En todas esas reuniones, para mí inolvidables, yo accedía, maravillado, al magisterio
Antes de la Semana Santa de 1976, cuando se legaliza el PC, GM abandona, lo dicho, el PC. Es decir, abandona una formación leninista. Esto es, vertical, autosuficiente, absorbente, autorreferencial. Por lo que GM desaparece de su propia biografía anterior y se queda en las tinieblas exteriores, en pelota picada, sin nada, sin nadie, en un punto y aparte. Aquí es donde se produce lo inesperado, un ejercicio intelectual y de voluntad no previstos: GM escribe un libro, que nadie había pedido, de un género en el que no se le esperaba y que nunca ha acabado de funcionar en una cultura católica, que utiliza las biografías para, por lo........
