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Gregorio Morán. Su singularidad

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01.03.2026

El pasado 23F murió Gregorio Morán –a partir de ahora, GM–, un intelectual tan singular que, contradiciendo absolutamente el pacto no escrito de negar el pan, la sal y la necrológica –esto es, la fe de vida, el reconocimiento– al raruno, incluso los medios que le silenciaron o/y le despidieron se han visto obligados, por una suerte de vergüenza torera, a publicar en sus pantallas algo parecido a un obituario. Lo que es un caso exótico, que alude a la trayectoria única de GM, un autor imposible de omitir hasta para los profesionales de la omisión, ese oficio fundamental, lo más, en la cultura española, sin duda la más estatalizada aún de Occidente y poseedora de un rol político más profundo. La originalidad de GM también ha ocasionado otro fenómeno paralelo. Se trata de numerosos obituarios sustentados en un análisis de su obra, realizados por lectores de GM, ese colectivo amplio, culto, que el autor fue creando –lo que no es muy frecuente– a su paso por la vida. Entre todos ellos, tal vez destaque el análisis extenso, profundo y detallado, publicado en la revista Nortes y firmado por David Sánchez Piñeiro, al que les remito para adquirir un conocimiento más que razonable de GM, si así lo desean. Lo que aquí sigue no puede ser la reproducción de ese espacio erudito y sexy, ya ocupado, sino una semblanza de GM a través de sus libros más determinantes, con el fin de explicar lo que pretenden, básicamente, estas líneas: la singularidad de GM. Es decir, ¿cuál es la originalidad de GM en su época? Es decir, ¿quién fue GM?

GM –Oviedo, 1947-BCN, 2026– era hijo de un vencedor, esa palabra tan rara. Solo saben lo que es un vencedor los descendientes de los perdedores, esa otra palabra brutal, absoluta, dotada de un significado igualmente profundo, que no tardará en perderse. O, más probable, en traducirse a algo cursi. Ese dato biográfico es el más íntimo que me explicó GM. En términos generales, GM hablaba poco/nada de los aspectos más personales de su vida. Le conocí en 1991, por una entrevista que le hice cuando era un pipiolo. De ahí salió un cenorrio y luego otro, y otro. En total fueron chorrocientos ágapes, que se extendieron por –rayos– cuatro décadas, con la excepción de un par de años, en los que estuvimos de morros. En todas esas reuniones, para mí inolvidables, yo accedía, maravillado, al magisterio, a la consulta, a la escucha de la erudición y al nacimiento de la risa –una risa, por cierto, estruendosa en GM; en términos generales, en nuestras reuniones, él me hacía estar serio y atento y yo le hacía reír; es decir, intercambiábamos nuestros trazos–. Últimamente me explicaba más detalles de su pasado. Por ejemplo, su ingreso en el PCE. Lo hizo a través de su actividad cultural en el Pozo Del Tío Raimundo. Un día, Juan Antonio Bardem le invitó a una reunión. Antes de iniciarla, se dirigió al grupo de invitados que había convocado –todos relacionados por el ámbito cultural– en más o menos estos términos: “Hola, como ya sabéis, esto es una reunión del PCE”. E invitó a abandonar la sala a todo aquel que, una vez sabido eso, no quisiera quedarse. Solo se fue uno. Carlos Saura. Los que se quedaron, se suponía, ya eran del PCE desde ese momento, sin épica ni iniciación alguna. GM sabía que esas historias de ilegalidad, que me contaba a cuentagotas, me enloquecían. En el último tramo de su vida me explicó que quería hacer un pequeño libro con su experiencia de ilegalidad –más de once años, creo recordar; todo un récord en el Interior, entonces; es decir, en el frío más absoluto; lo que vuelve a hablar, otra vez, de un carácter fuerte, autosuficiente y tendente a la sangre fría–. Estuvo en el exilio. Y, diría, se lo pasó bien. Su carácter, en ese sentido, tenía un punto de la chulería del intelectual –y el delincuente– francés, así como una idea depurada del rigor intelectual que, desde luego, no era española en absoluto. Por lo que sé, empezó a darle al periodismo en el exilio, en Mundo Obrero. Por lo que sé también, estuvo trabajando como periodista cuando, en el 76, abandonó el PC –el periodismo era aún entonces un oficio de pluriempleados, de ingresos exiguos hasta finales de los setenta, cuando se refunda el oficio y sus límites; periódicamente ocurre eso, desde el XIX–, en medios como Mundo Diario, Triunfo, Diario 16 y Arreu –una revista en catalán y en la órbita del PSUC; a finales de los setenta existió la intención, diría que débil, de crear un Mundo Obrero diario, orientado a la información general, y de varias publicaciones cercanas al PC; la idea era construir algo parecido a un grupo de medios, por la cosa hegemonía aquella, un concepto de Gramsci que, por lo mismo, no pitó mucho fuera de Catalunya, donde Gramsci se traduce en los tiempos de Solé Tura cuando Bandera Roja, y donde, posteriormente, el PSUC mantendrá cierta cercanía con el PCI; la CNT también estuvo a punto de sacar una edición diaria de La Soli; tampoco pudo ser; si esos experimentos hubieran funcionado hubiéramos tenido otro mapa de medios; o no; vete a saber; un medio no puede suplir un público; de hecho, es su público–.

En todas esas reuniones, para mí inolvidables, yo accedía, maravillado, al magisterio

En todas esas reuniones, para mí inolvidables, yo accedía, maravillado, al magisterio

Antes de la Semana Santa de 1976, cuando se legaliza el PC, GM abandona, lo dicho, el PC. Es decir, abandona una formación leninista. Esto es, vertical, autosuficiente, absorbente, autorreferencial. Por lo que GM desaparece de su propia biografía anterior y se queda en las tinieblas exteriores, en pelota picada, sin nada, sin nadie, en un punto y aparte. Aquí es donde se produce lo inesperado, un ejercicio intelectual y de voluntad no previstos: GM escribe un libro, que nadie había pedido, de un género en el que no se le esperaba y que nunca ha acabado de funcionar en una cultura católica, que utiliza las biografías para, por lo común, hablar de otras cosas. Se trata de la biografía de un desconocido llamado Adolfo Suárez. Historia de una ambición (1979); a mi padre le costó un huevo encontrarlo en su día, pues ese libro, entre otras vicisitudes, sufrió una suerte de secuestro en su distribución; la dedicatoria del libro, por cierto, es una biografía condensada de GM, de su rol y de las penalizaciones sufridas por el desarrollo de ese rol: “A mi generación, que empezó luchando contra la mentira que fue el franquismo y que luego acabó aceptando todas las demás”; superen ese retrato colectivo, ese frío resumen condensado de la Transición, emitido en caliente, en el 79.

La de Suárez era una biografía extraña e importante, al punto que Moncloa, sumamente preocupada, sacó otra a toda leche, hagiográfica, anunciada en la tele y que quería confundirse con la no autorizada. Cosa que, supongo, consiguió de alguna manera. El libro de Morán era, a su vez, raro. Estaba emitido desde la crítica absoluta, desde un palabro que, ya en 1979, se había vuelto marginal, si no ridículo: rupturismo. Pero, a su vez, carecía del léxico, de los latiguillos, de los lugares comuneZzzzz de todo aquello que, en aquella década, era la prosodia contestataria y de oposición. La cosa tenía empaque, solidez. Era un libro macizote, completo, británico, sobre un objeto de estudio. El libro se tomaba tan en serio a Suárez que fue necesaria una reescritura y otra edición –2009– cuando quedó claro que el objeto de estudio había superado su marco. Suárez, un falangista cachondo –en los dos sentidos de la palabra–, superó, en fin, el campo semántico que le asignó Torcuato Fernández-Miranda –GM, por cierto, consiguió, para la realización del libro, acceder a Torcuato Fernández-Miranda, con información que dejó a un Torcuato Fernández-etc. tan de pasta de boniato que la validó; ignoro cómo GM hacía esas cosas; la última vez fue en su último libro: Felipe González, el jugador de billar, de 2019, un libro más discreto, si bien GM se descolgaba en él con una escalofriante transcripción de una reunión de Felipe con el staff PSOE y UGT, en los ochenta; con mucho menos, Scorsese hizo Casino–. En cierta manera, la segunda edición del libro venía a demostrar que Suárez, junto con un día que nevó en Écija, fue el único imprevisto de la Transición, valoración que deja por los suelos a las izquierdas, ahora que me la oigo. El libro, un éxito, submodalidad pelotazo, supuso la incorporación de GM, desde las tinieblas exteriores a no solo la vida cultural española, sino a su Premier. Al punto que El País le ficha como estrellita para reportajes chachis, en su suplemento semanal. GM ha accedido a su sitio natural. Pero, naturalmente, sucede el factor GM. Solo llegó a realizar uno de esos reportajes, que además no llegó a ver la luz. El repor era sobre Lemóniz –niños y niñas: Lemóniz fue un proyecto de central nuclear, próxima a Bilbao; se dice rápido; el proyecto fue olvidado tras el secuestro y asesinato, por parte de ETA, del pobre ingeniero que lo proyectaba–. La leyenda urbana explica que el artículo llegó a imprimirse, pero que en la rotativa lo vio el director del diario, Juan Luís Cebrián, que tras leerlo con la tinta aún fresca, en el ensordecedor y maravilloso ruido de las rotativas, hoy perdido definitivamente, mandó parar. Aquella sería la primera vez, y la última, que el diario del domingo apareció sin colorín/suplemento. El que sí que salió a la calle, puntualmente, a primera hora de ese domingo, fue GM. Vuelve a estar en las tinieblas exteriores tras esa salida, echando leches de El País, un medio que, durante décadas, supuso lo más cercano a la hegemonía que se ha vivido por aquí abajo: un intelectual colectivo, integrado también por sus lectores, que no reconocían como real, posible y avalado  lo que quedaba fuera de ese diario. Como era el caso de GM desde ese momento. Se inicia entonces, supongo, un periodo un tanto inestable para GM, en el que llega a ser director de La Gaceta del Norte, en Bilbao, por un breve tiempo. Del contorno de ese periodo, por cierto, nace el importante Los españoles que dejaron de serlo. Euskadi, 1937-81 –1982–, una descripción diferente a la canónica del conflicto vasco. Nadie salía bien parado pero, sorprendentemente, en la presentación del libro, asistió todo el arco político vasco. Algo absolutamente improbable. Si hubo travesía en el desierto, esta finaliza en 1988, cuando Lluis Foix lo ficha para La Vanguardia, diario para el cual escribe, hasta 2017, sus Sabatinas intempestivas, todo un fenómeno prolongado en el tiempo, algo extraño en el periodismo local. La espera semanal de miles de lectores.

Demos ahora un pequeño salto, alehop, y adentrémonos en la literatura-ficción. En 1998, GM publica El Maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo. Se trata de otra biografía, sumamente importante, en la que GM presenta, a varias generaciones de lectores –a todas las generaciones vivas, de hecho–, un nuevo Ortega. El Ortega posterior a 1939, muy opuesto al descrito hasta ese momento desde el entorno de Ortega. Se trata de un filósofo absolutamente vulgar, que dice saber más de toros y mujeres que de otra cosa, que no solo no protagonizó ningún acto de resistencia civil al franquismo, sino que lo apoyó explícitamente. Es la principal figura intelectual internacional en el Interior, después de la diáspora, pero también es un filósofo sin mucho que decir desde La rebelión de las masas, libro que poco antes de la II GM traduce al inglés con un prólogo un tanto pronazi. Por el mismo precio, la biografía del Ortega no socialista, no republicano, no cívico, sirve para describir la cultura del primer y segundo franquismo. El resultado fue turbador. Y su recepción, más aún. Ya casi en el siglo XXI, el libro y el autor fueron censurados nuevamente, de manera intensa, en El País, en lo que es una demostración efectiva del poder, por parte del aludido Intelectual Colectivo Único. GM volvía a crear con ello, no obstante, una contradicción cultural notoria en la cultura más ritualizada de Europa, la única sustentada y modulada, culturalmente, en un solo diario, algo solo posible en culturas extraordinariamente verticales.

La biografía del Ortega no republicano, no cívico, sirve para describir la cultura del primer y segundo franquismo

La biografía del Ortega no republicano, no cívico, sirve para describir la cultura del primer y segundo franquismo

Hay una tercera biografía escrita por GM que podría haber recogido y construido una biografía colectiva del intelectual y de la cultura en el siglo XX, en el caso de que, en efecto, GM la haya escrito. Se trata de una biografía que GM empezó a hacer, pero que nunca, que yo sepa, concluyó, sobre Juan Negrín, que ingresó en el PSOE tardíamente, en los años veinte, obedeciendo, también tardíamente, al llamamiento de Ortega en la primera década del siglo XX. De existir esa tercera biografía, la trilogía biográfica de GM contemplaría un periplo detallado por casi todo el siglo XX, desde principios del XX hasta los años ochenta. El periodo restante estaría incluido en algunos capítulos del fantástico, si bien irregular, El cura y los Mandarines. Historia no oficial del bosque de letrados (2014), a su vez un festival de biografías –brillan con luz propia, iluminando un mapa amplio, la de Max Aub, la de Martín Santos, la de Manuel Sacristán–. Y los fogonazos llamativos que suponen los apuntes biográficos de los mediocres all-stars del franquismo, que tuvieron que inventarse conceptos como resistencia-silenciosa para poder seguir viviendo y reinando en democracia. Cosa que hicieron tan ricamente y sin pitote alguno, por cierto, en muchos casos, sellando el carácter gris y no problemático de la cultura democrática española posterior a 1978.

Y aún hay una cuarta biografía de GM. O, al menos, me atrevería a llamarla así. Se trata de otra biografía colectiva de un sujeto colectivo, el PCE: Miseria y grandeza del PCE, 1939-1985 (1986). Con esa biografía, un PC que no era el PCI, que no era el PCF, que no era el PCP, tenía un estudio de su vida de una magnitud de la que carecía cualquier otro PC. Ese libro, que explica la magnitud de la tragedia –tragedia: el PCE es un partido resistente en el Interior y, a la vez, un club artistocrático y cerrado en el Exterior; un mundo horizontal en el Interior y un mundo vertical en el Exterior; un mundo joven en el Interior y un mundo viejo, si no senil, en el Exterior; un mundo que quería un cambio radical en el Interior, y en el Exterior un pequeño mundo, que no le importaría renunciar al cambio a cambio de una prórroga en el tiempo y un poco de permanencia momentánea–. Para escribir ese libro se le permitió acceder, en un arrebato de confianza, a los archivos del PCE, recientemente repatriados. Morán, por cierto, colaboró en el desempaquetado de esos documentos, unos años antes. Lo hizo junto al artista plástico y gran falsificador de documentos Domingo Malagón –la DDR, que ya es decir, se llegó a interesar por ese artista de la falsificación–, otro militante curtido, conocedor de la dicotomía del PCE entre Interior y Exterior, entre miseria y grandeza. De cada documento chungo, tanto GM como Malagón hacían fotocopias, de manera que del archivo del PCE surgieron dos archivos más. El del PCE sería, por cierto, íntimamente expurgado tras el libro de GM, de manera que desaparecieron de él documentos como este que tanto impresionó a GM y a Malagón: una carta de Carrillo a Ibárruri, en la que, en alusión a Gabriel León Trilla –junto a Jesús Monzón, reorganizador del PCE en Francia y líderes del ruinoso intento de invasión a Arán, en 1944, posteriormente expulsados sin honor alguno–, Carrillo explicaba que, en efecto, “el asunto se ha ejecutado”. León Trulla, de hecho, apareció ejecutado en un cementerio madrileño, en 1945. Lo mató un maqui del PCE, denominado el gitano, que luego desnudó su cuerpo, para que el asunto pareciera algo sórdido entre homosexuales. El libro de GM no es el típico libro de un comunista que se desdice. Es el libro de un comunista que, simplemente, describe en su crudeza documentada el verticalismo y el estalinismo, dos componentes del PCE que se prolongaron en el tiempo más de la cuenta, hasta determinarlo, hasta diseñar el final abrupto de una influencia que se le supuso por décadas. Por todo ello, es una seria advertencia contra el verticalismo en las izquierdas locales, ese piloto automático que reaparece de vez en cuando.

Me permito señalar un último libro determinante de GM. Se trata de El precio de la Transición (1991) –hay una segunda edición, que evita la censura editorial de la primera, de 2015; sí, la cultura de este país tiene un poso sórdido impresionante–. Ese libro es el que me permitió conocer y entrevistar a GM. Se trata de una primera valoración del coste, no tanto político como ético, de la Transición, ese proceso en el que las izquierdas aportaron todo lo que tenían –su capacidad de movilización–, a cambio de ser invitadas a la merienda. Ese proceso en el que, por lo mismo, las izquierdas perdieron la otra cosa que también tenían en régimen de monopolio tras cuatro décadas de dictadura. Su honestidad. El libro supuso una primera valoración de la cultura democrática española, una primera descripción de su rareza, de su obsesión y especialización por la elipsis del conflicto, por la creación de cohesión, por el silencio y marginación pacífica –lo que implica un grado de violencia notorio– de los raros. Leer aquel libro me supuso a mí, y supongo que a aquellos de mi generación que lo hicieron, una invitación a la libertad. Y un primer peldaño para acceder a ella, a través de la idea de que los sospechosos que sospechábamos dinámicas culturales y políticas extrañas en el biotopo, no estábamos majaras. Es decir, no estábamos solos.

GM se encontró con la madrileñización de Catalunya, su crispación

GM se encontró con la madrileñización de Catalunya, su crispación

Hay muchos más libros que no aparecen en estas líneas. Como Nunca llegaré a Santiago (1996), un libro de viajes en los que, GM me dijo, descubrió algo no previsto que todos los caballeros y algunas damas descubren periódicamente: al estar días sin afeitarse, GM constató, asombrado, que tenía la barba blanca. Como El viaje ruso de un vendedor de helados (2001), su única incursión en algo parecido a la ficción. O su Asombro y búsqueda de Rafael Barret (2007), sobre su fascinación ante un autor anarquista que él se empeñaba en no considerar como anarquista. Y un par de libros sobre la cosa procés catalán, que le supusieron la expulsión del grupo en Catalunya. GM, que huyó de Madrid en tanto es una concentración de poder que cae, como la arena o el agua, sobre la idea misma de periodismo, dificultando, impidiendo unas posibilidades más relajadas, existentes en Catalunya, precisamente por su ausencia de poder efectivo, se encontró con la madrileñización de Catalunya, su crispación, su sensación de poder, ese residuo sólido –tal vez lo único sólido– del procés. En otro orden de cosas, GM fue acusado de catalanofobia. No gastaba de eso. Simplemente, sabía lo que estaba sucediendo y lo intentó decir, tal vez contagiado por la crispación del momento. Lo que estaba sucediendo: un día hablamos de la cobardía en la política catalana, que él explicaba como una dinámica muy constante. Le pregunté por un ejemplo de político catalán valiente. Chupó su puro –chupaba sus puros con la vehemencia con la que un bebé le da al chupete– y, tras meditarlo mucho, dijo un nombre: Joan Comorera –líder del PSUC en el exilio, caído en desgracia en el PCE, que optó, como forma de huir de su destino inapelable y tal vez ya sentenciado, por volver a Catalunya; estuvo cuatro años en el Interior, en los que publicó, solo o casi, más de 30 ejemplares de Treball; detenido, fue encarcelado en Burgos, donde murió en 1958; en esa misma cárcel, unos años antes había estado el abuelo de Puigdemont; trabajando, como descubrió Enric Juliana; vencedores, perdedores, etc.–.

Y todas estas líneas nos llevan a la pregunta del millón. ¿Cuál es la singularidad de GM? ¿Quién es GM? Empecemos por lo fácil. Quién no es. Más o menos el mismo día de su muerte se anunció la desclasificación de los archivos secretos del 23F. Javier Cercas, un autor que ha participado de manera determinante en la desproblematización de dos fragmentos sumamente problemáticos de la historia y de la cultura española –la Guerra Civil, el 23F, esto es la Transición–, se adelantó a explicar que los archivos desclasificados no aportarían nada a la versión oficial que se conoce, pero que eso no impediría que los bulos siguieran existiendo. Es decir, un autor de novelas, es decir, de bulos, venía a desproblematizar un suceso, interpretando como aceptable, entre todos los bulos disponibles, el bulo oficial. Lo que explica la función del intelectual español. Su servicio al Estado. Establecer orden, expulsar del templo unos bulos y aceptar otros. En defensa de Cercas se debe decir que, en efecto, los archivos desclasificados –¿son todos?, ¿son una parte?, ¿el Estado, que carece de tradición de transparencia, ha sido transparente al inaugurarla?– no aportan nada determinante en una dirección u otra. Es decir, no anulan lo que se sabe: la coexistencia de dos golpes de Estado. Uno del siglo XX, en defensa de valores trasnochados de los años treinta, emitido por Tejero y su troupe. Y otro del siglo XIX, en defensa de los valores de la Restauración –orden, centralismo, etc.–, que parece ser –fin del proceso autonómico, fin de otras lecturas más abiertas de la CE78, congregación en torno a la monarquía– el que se impuso, al cabo. Pues bien, el final abierto, la sospecha, el análisis, los datos y las conclusiones que no requieren la participación en ningún tipo de creación de cohesión –en el Estado, en el PCE, en la sociedad– es el sello de GM. Un modelo de intelectual que, definitivamente, no es el español. Lo que nos lleva a hablar de ese modelo de intelectual.

La cultura española no ha sido una balsa de aceite desde los setenta. En absoluto. De hecho, ha sufrido una transformación inusitada, que habla de la violencia sufrida en la cultura. En Europa hay tres modelos de intelectual. El anglosajón, que come aparte. Y el francés y el alemán. El francés es un intelectual posicionado contra el Estado, frente al que ejerce su cosmovisión. El modelo alemán, creado durante la unificación, en el XIX, cree que su opinión personal es menos importante que la estabilidad del Estado, un proyecto para el que participa activamente. España ha pasado con suma rapidez, en menos de diez años, desde 1975 hasta –por señalar una fecha de notorio vertido industrial de cohesión desde la cultura– el 23F de 1981, del modelo francés a, zas, el modelo alemán. Llegando a extremos alemanes –la sentimentalización y la equiparación funcional entre bandos de la Guerra Civil, incluso– que nunca se han llegado a ejecutar en Alemania. Veremos ahora con AfD si se animan. Pues bien, en todo ese ejercicio constante de violencia cultural durante décadas, un tanto más relajado desde 2011, pero que no cesa, GM se ha mantenido firme al modelo francés, aka el anterior modelo español. Y esa es su singularidad. Y la de su obra. Un lujo intelectual en un periodo dilatado de todo lo contrario. En su velatorio se pudo observar todo ello. Ante la muerte de un grande del periodismo, y de un grande de la izquierda local –no tenemos tantos–, no hubo presencia ni representación de partidos –ni siquiera de la nueva izquierda– ni de instituciones. Ni Ajuntament, ni Generalitat, ni Ministerio, tuvieron la ocurrencia de hacer un gesto, en lo que es, por otra parte, una naturalidad absoluta. Lo que hay. El paisaje. Descrito por GM, por cierto.


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