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Lo cultural siempre es político

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Para quien no le conozca, Aldo Comas es un actor y pintor catalán que viene de una familia muy adinerada. Comas participó en el reality First Class, un programa donde básicamente algunos ricos hacían cosas de ricos. Es amigo personal de Albert Rivera y marido de la actriz Macarena Gómez, una de las protagonistas de la eterna –y terrible, para mi gusto– serie La que se avecina.  

La pareja está ahora mismo en el foco tras su paso por la alfombra roja de los Goya 2026.

No posicionarse también es posicionarse. No condenar un genocidio es no cuestionar a quien lo está llevando a cabo

No posicionarse también es posicionarse. No condenar un genocidio es no cuestionar a quien lo está llevando a cabo

Aldo Comas afirmó que veía “muchos pines de todo” pero que “nadie habla” de los 50.000 muertos recientes en Irán. Una guerra nunca mola (...) Quiénes somos nosotros, somos bufones, cantantes, pintores y actores, que opinen los demás”. Por su parte, Gómez apoyó a su marido sentenciando que, “de todas formas, una gala de cine no es lugar para hablar de esto”.

No es la primera vez que la actriz hace declaraciones en esta dirección, en varias ocasiones ha cargado contra el movimiento MeToo asegurando que está haciendo daño a las carreras profesionales.

Alguien grabó la salida de la pareja de la gala, y, coronándose, Comas vociferó un “viva España”.

No son los únicos que abogan por despolitizar esta clase de eventos, Leonor Watling, por ejemplo, parece compartir la misma opinión. Este año declaraba en una entrevista que ponerle a un actor la responsabilidad social de posicionarse le parecía “ruin”. 

Por supuesto, este es un fenómeno global. Hace pocos días ocurrió algo parecido en La Berlinale. El guionista y director alemán Wim Wenders, durante la rueda de prensa de presentación del jurado, insistió en que debían mantenerse al margen de la política, evitando así condenar el genocidio de Gaza, algo que le recriminó un periodista dado que sí habían mostrado su solidaridad con Irán o Ucrania.

Por su parte, Susan Sarandon, en la reciente gala de los Goya, criticó la postura del jurado del festival alemán: “Todas las películas, todas las tramas, son políticas: refuerzan el statu quo o lo cuestionan”. La actriz estadounidense aprovechó la ocasión para contar que fue despedida de su agencia por haber apoyado públicamente a Gaza, pedir el alto al fuego y asistir a manifestaciones pro-Palestina. 

Tras la fusión entre Skydance Media y Paramount Global, su nuevo director, David Ellison –hijo del multimillonario sionista Larry Ellison, persona próxima a Donald Trump–, ha tomado una serie de decisiones para acercar los postulados de Make America Great Again a la compañía. Así, hizo un señalamiento claro (o una especie de lista negra) a ciertos actores por ser “abiertamente antisemitas”, es decir, por haber mostrado su apoyo al pueblo palestino. Paramount, además, tiene controlado un grupo de medios que ha sufrido reorganizaciones, nombrando, por ejemplo, a cierta periodista con una fuerte postura pro-Israel editora jefe de CBS News. 

En este momento de incertidumbre total, la cultura no puede ser neutral, y sí, esa responsabilidad nos corresponde a todas. El silencio es complicidad

En este momento de incertidumbre total, la cultura no puede ser neutral, y sí, esa responsabilidad nos corresponde a todas. El silencio es complicidad

Lamento decir que, en estos casos, no posicionarse también es posicionarse. No condenar un genocidio es no cuestionar a quien lo está llevando a cabo, es no abominar del asesinato de docenas de miles de niños. Y, desde luego, señalar a actores o, directamente, echarles por haber criticado abiertamente una masacre, es legitimar y blanquear el exterminio, permitir que siga ocurriendo o que vuelva a ocurrir. 

La cultura siempre ha funcionado como herramienta política, como motor de cambio, de protesta, de lucha. La literatura, el cine, la música, el teatro o la pintura han colaborado a la democratización, al antibelicismo, al antirracismo, a miles de causas sociales. No por nada, durante años y años muchos han sufrido una censura férrea.  

La polémica sobre cuánto deben posicionarse los trabajadores de la cultura siempre ha existido, pero el argumento de que se les responsabiliza de algo que no les corresponde es solo una excusa. En este momento de incertidumbre total, de presidentes payasos que se saltan el derecho internacional y las soberanías ajenas, de una ultraderecha feroz que amenaza todos los derechos conquistados y de empeño en destrozar aquello de lo personal es político, la cultura no puede ser neutral, y sí, esa responsabilidad nos corresponde a todas. El silencio es complicidad. 

Y no solo eso, todos los productos culturales son personales, nacen de nuestras vivencias, de lo que hay a nuestro alrededor, de las injusticias que vemos, de las luchas que marcan a nuestra generación, a la de nuestros padres, de nuestra historia, de qué tipo de vida imaginamos para nuestros hijos, de qué futuro nos espera y de cómo cambiar lo que no nos gusta. Dicho de otra forma, cuando el mundo gobernado por los tecnofascistas se cae a pedazos, la cultura solo puede ser activista, valiente, comprometida y solidaria. 


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