Contraprogramar Torrente
No es solo una película, o al menos hace tiempo que dejó de serlo en el sentido más inmediato del término, porque hay algo en la imagen de una sala ocupada –pantallas tomadas, horarios replicados hasta la saturación, colas que se organizan en torno a un único título– que desborda la lógica del estreno y se convierte en otra cosa, en una forma de presencia que reorganiza el espacio y condiciona la experiencia. Torrente Presidente no llega tanto como irrumpe, no se proyecta simplemente sino que se instala, se expande, se vuelve difícil de esquivar, y, sin embargo, lo verdaderamente significativo no se encuentra en su éxito –previsible, casi programado dentro de una maquinaria industrial que sabe muy bien cómo operar– sino en ese gesto contrario, mucho más discreto y menos visible, más frecuente de lo que parece aunque rara vez se nombre, de no incluirla en la programación, no desde una superioridad moral ni desde un gesto elitista, sino desde una incomodidad que conviene tomar en serio: qué significa hoy sostener un espacio común para el cine, qué implica decidir qué imágenes lo ocupan y cuáles quedan fuera, en un momento en que la experiencia audiovisual parece desplazarse de manera cada vez más acelerada hacia lo individual, hacia lo fragmentado, hacia pantallas que ya no exigen la presencia de otros cuerpos alrededor. En ese desplazamiento, la pregunta deja de ser únicamente qué vemos para volverse otra, más material y más urgente, que tiene que ver con el lugar y con la compañía, con las condiciones en las que una imagen se comparte y con la posibilidad, cada vez más frágil, de que ese compartir siga siendo algo más que una coincidencia.
La sala de cine, durante décadas, fue precisamente eso: un lugar donde la coincidencia se convertía en experiencia, donde la oscuridad no era solo una condición técnica sino una forma de suspensión del mundo exterior, una interrupción que permitía que los cuerpos, reunidos sin conocerse, participaran de un mismo tiempo. No se trataba únicamente de ver una película, sino de habitar un espacio en el que la percepción se sincronizaba, en el que la risa, el silencio o la incomodidad adquirían una dimensión colectiva. Esa forma de comunidad, siempre inestable y atravesada por desigualdades –de acceso, de representación, de relato–, ha ido cediendo terreno en las últimas décadas ante un modelo de consumo que privilegia la elección individual, la disponibilidad constante, la posibilidad de pausar, avanzar o abandonar una imagen sin consecuencias. La proliferación de pantallas no ha multiplicado tanto las experiencias compartidas como las ha fragmentado, desplazando........
