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El vestido blanco

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18.09.2026

“No necesito auriculares, gracias”.

“Lo siento, madame, por motivos de seguridad el uso de los auriculares es obligatorio. En cuanto entre al submarino pulse el botón número 1”.

A regañadientes, me coloco los auriculares y avanzo por la dársena mirando el casco de acero negro y opaco del Rédoutable. Al traspasar la escotilla de acceso, titubeo. El espacio es exiguo, la fila india está estancada en el primer compartimento. Pulso el número 1. Una voz masculina, sosegada y confiable, comienza a narrar la historia del Rédoutable. Trato de concentrarme en las palabras, pero mis ojos saltan como monos de una maquinaria a otra rebotando en el techo demasiado bajo de la cabina. Tendrían que haber colocado una advertencia para claustrofóbicos a la entrada, pienso.

Jamás he visto semejante profusión de artilugios en un espacio tan concentrado. Cables, fusibles, turbinas, balizas, compuertas, válvulas, tuberías, interruptores, radares, periscopios, sónares, baterías, cuadros de mando… imposible nombrar la abigarrada y sofisticadísima composición de los compartimentos del submarino, cuyas funciones y equipamientos son descritas por la voz en off con discreta y sucinta ufanía.

La cola se atasca de nuevo. Los turistas, de diversas edades y nacionalidades, se detienen a observar con minuciosa admiración los detalles señalados. Aburrida de las proezas de la ingeniería naval, me cuelgo los auriculares del cuello. No padezco de claustrofobia, repito para mis adentros al tiempo que prolongo las espiraciones para ralentizar el ritmo cardiaco. Puedo quedarme aquí todo el tiempo que quiera, incluso a dormir. Me he pasado diez años enseñando a respirar a la gente, cómo no voy a ser capaz de dominar mi propia ansiedad.

Alargo paulatinamente el tiempo de la respiración. Aproximadamente un minuto por ciclo respiratorio: 20 segundos de inspiración, 20 de retención y 20 de espiración. Entrecierro los ojos y visualizo de nuevo las medusas del acuario en la sala de los orígenes. El submarino me parece una flagrante incongruencia museográfica, pero no me detengo en ese concreto pensamiento, negativo y criticón, sino en el hipnótico bleu nuit. Observo el espacio azul entre las medusas de mi pensamiento, porosas, pausadas, casi evanescentes.

Alguien me da un empujoncito. Sigo avanzando. El espacio se abre a una sala con una oquedad de considerable tamaño atravesada por una pasarela metálica. La fila se detiene justo en medio. Picada por la curiosidad, me vuelvo a poner los auriculares.........

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