¿Y si…?
Querida comunidad contextataria:
Lo habrán visto en la tele, en la radio o en el periódico. El Gobierno ha aprobado esta semana a través de un Real Decreto –es decir, sin pasar por el Congreso– el nuevo Reglamento de Extranjería para regularizar a medio millón de seres humanos que residen en nuestro país sin una sola documentación que acredite su existencia, más allá de, quizá, el bonobús o la tarjetita en la que te apuntan las citas con el dentista del niño. La medida no es perfecta, porque ha dejado fuera, por ejemplo, a las personas apátridas –saharauis, en su mayoría–, pero quinientos mil humanos con papeles no son una tontería.
La existencia de fronteras es una de las tantísimas cosas que hemos aceptado como un mal menor ineludible, incluso cuando reconocemos abiertamente que no nos gusta. Es de sentido común que existan fronteras, aunque nadie elige en qué país ni en qué familia nace; necesitamos a policía pagada con dinero público para que se pongan del lado de los grandes propietarios y desahucien a inquilinos viejos y enfermos; es imprescindible trabajar ocho o más horas diarias, idealmente en medio de grandes sufrimientos –“en mis tiempos, jovencito, no nos quejábamos tanto, pero esta generación de cristal quiere tener las tardes libres para acudir a cursos de macramé y yoga”–; la única manera viable de organizar la economía es a través del capitalismo; tenemos que elevar paulatinamente la edad de jubilación porque la gente muere a edades cada vez más provectas; la sanidad universal y gratuita no es sostenible; hemos de aceptar que no hay casas para todos y en un futuro cercano los pobres viviremos dentro de ataúdes apilables en nichos-colmena; erradicar el........
