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Aerolíneas al borde de un ataque de nervios

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05.04.2026

La distancia que separa el monasterio de La Rábida, en la onubense Palos de la Frontera, de la ermita de San Antonio Abad en nuestra ... ciudad más veguetera, es de exactamente 1.314 kilómetros. Esto es, sólo un 0,3% de los siderales 384.400 kilómetros que separan la Tierra de esa luna a la que se dirige ahora mismo la Artemis 2.

En común entre La Rábida y San Antonio Abad se encuentra el hecho histórico del (supuesto) rezo de Cristóbal Colón ante sus respectivos altares con motivo de uno de los viajes más trascendentales en la historia de la humanidad, el del descubrimiento de América hace ya 534 años.

No en forma de rezo, pero sí de exclamación, las primeras palabras de la tripulación norteamericana rumbo hacia nuestro satélite al salir de la órbita terrestre, han sido las de «la visión de la Tierra desde la nave es increíble, esto es algo extraordinario». Una especie de sucedáneo a menor escala de aquel «un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad» de Neil Armstrong en cuando (supuestamente) daba sus primeros pasos sobre la superficie lunar en 1969.

Al igual que hoy día en que el retorno a la luna coincide con la guerra de Irán, también en el 69 acontecían sobre la faz de la Tierra diversos conflictos bélicos, como el 'encontronazo' fronterizo entre la Unión Soviética y China; guerra civil en Nigeria; o la denominada 'guerra de desgaste' entre Israel y Egipto. Mismo destino final, la luna. Similares países en conflicto, Rusia (ex URSS), Israel,… Más que entendible, pues, lo de que cuanto más alejado, a ser posible a casi 400.000 kilómetros, más increíble y extraordinario todo.

Colón navegó gracias al viento. La Artemis 2, gracias principalmente al hidrógeno líquido. Y los aviones que surcan los cielos -y por los cuales nuestra economía regional se sostiene y desarrolla a través del turismo- gracias al queroseno obtenido como derivado del petróleo.

Un queroseno que (supuestamente) empieza a escasear como víctima colateral que también es de esta guerra de Irán que en verdad debiera identificarse como 'la guerra de los recursos', y en la que de facto los principales contendientes pretender asfixiar progresivamente a sus rivales tanto en el campo de batalla como en el otro más estratégico tablero de ajedrez: el económico.

Tres únicos países en plena 'balacera', Israel, Estados Unidos e Irán. Múltiples países y regiones del globo sufriendo ya las consecuencias del drástico descenso de la producción petrolífera. Con el ojo izquierdo puesto en Oriente Próximo. Y el derecho, en los próximos pasos que pudieran efectuar Rusia o China, como los otros principales actores geoestratégicos.

Y en medio de todo ello, la Unión Europea insistiendo en recomendar a los estados miembros la adopción del plan de 10 puntos de la Agencia Internacional de la Energía, a saber: reducción de los límites de velocidad en carreteras; teletrabajo; prohibición dominical del tráfico rodado privado en las ciudades, y restricciones diarias del mismo en función de las matrículas; rebajas en los precios de los transportes públicos; incentivos al vehículo compartido; acelerar la introducción de vehículos eléctricos; promover el transporte ferroviario; y, por supuesto, reducir los viajes en avión.

En el caso del queroseno de los aviones, la cuestión no es ya sólo que se traten de aminorar los desplazamientos aéreos en favor de los ferroviarios allá donde haya trenes, claro; o trenes que en verdad funcionen… «el ferrocarril en España vive el mejor momento de su historia», Óscar Puente, en abril del pasado año.

Sino que, aún peor, los últimos cargamentos de queroseno que cruzaron por el Estrecho de Ormuz antes de que se cerrara por el mismo prácticamente todo el tráfico marítimo y petrolero por los bombardeos y ataques en Irán, Líbano y resto de países limítrofes, se suponen llegarán a puertos europeos a mediados del presente abril. Y después de ello, la incertidumbre por la espera de nuevas remesas del líquido elemento.

Una incertidumbre y unos recortes y reducciones en la disponibilidad de queroseno que ya está llevando a las aerolíneas a proyectar un reajuste a la baja en su oferta de vuelos: Volotea –que también une Canarias con algunas ciudades de la península o de Francia- ha cancelado vuelos que tenía programados para este mismo abril. Y la germánica de bandera Lufthansa se plantea dejar en primera instancia hasta 40 aviones en tierra.

En ese mismo sentido, Scandinavian, una denominación geográfica tan vinculada igualmente a nuestras islas, ha suspendido nada más y nada menos que 1.000 vuelos. Al igual que la también nórdica Finnair -que recientemente estrenaba sus flamantes Airbus 350 en sus conexiones con Gran Canaria- ha advertido de que, si se prolonga el cierre de Ormuz, hay serio riesgo de que las aerolíneas se queden sin combustible.

Wizz Air y Easy Jet ya han recortado su capacidad un 5%. Y el siempre singular y un tanto excéntrico CEO de Ryanair, Michael O'Leary, no con falta de razón anuncia la posible cancelación de hasta un 10% de sus vuelos a partir de mayo y junio por falta de suministro.

Lógicas preocupaciones logísticas y económicas al más puro estilo de aerolíneas al borde de un ataque de nervios que, sin duda, nos deben hacer estar muy atentos en estas nuestras coordenadas geográficas ultra-periféricas a las que, para llegar, lamentablemente no sirve ni el viento más colombino ni el hidrógeno líquido más lunático.

Precisamente en La Rábida se localiza el parque energético que tiene Cepsa (ahora Moeve) de donde procede la mayor producción de queroseno destinado a los aeropuertos canarios. Toca rezar en Vegueta para que desde donde partió Colón no falle el suministro

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