Guachinches de verdad
Casa Tata, donde Queti (estos dos, ya en el recuerdo), en Las Galanas (vivito y coleando), allí en el salón de Vicente el crusantero, en lo de Chari (otros más que pasaron a mejor vida), en la finca de Chiqui… Todas estas, y hay decenas, aunque cada vez cueste más encontrarlos, son referencias populares, intervenidas en la calle, aceras, charlas y bares de pueblo o de barrio con café y chiclana. Activos o ya extinguidos por distintas razones, son (o fueron) guachinches de verdad, los que abren y cierran, siempre atados a la esencia y al criterio, a lo largo del año en la vertiente norte de Tenerife, en sus medianías.
Esos o sus iguales, reitero, son los guachinches de verdad: los únicos que tienen denominación de origen, los que no engañan de ninguna de las maneras, los mismos que guardan con celo la tradición y jamás se pasan de la raya. Los guachinches, recuérdenlo, representan casi siempre el lugar de encuentro más apetecible en el medio rural, donde este se encierra y se adora, se idolatra y se eleva a un rango muchas veces de divinidad. Es pura magia y también pura ensoñación, quizá el olvido mismo de la rutina. Es algo que solo se da en unas condiciones muy especiales: verdad, don Manuel el de los caballos, otro que se nos fue; verdad, jóvenes amigos de El Molinero, que ahí siguen.
Si usted, el que ahora mismo me lee, eso no lo entiende, eluda visitarlos, aborte esa próxima presencia en uno de ellos, busque otros destinos más vulgares… Así de directo y de cruel. Si usted aquello no lo descifra ni está dispuesto a sumergirse en ese mar de vivencias, sobra por completo o estará condenado a ser un agente contaminante dentro de esas cuatro paredes o de esa........
