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El derecho al buen trato frente a la sacralización de los vínculos biológicos

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07.06.2026

Hace unos meses leí la novela autobiográfica Todo lo que no ves, de Aranzazu G. Butler, una trabajadora social canaria, y desde entonces no me quito la historia de la cabeza. Su relato en primera persona sobre las zonas oscuras de su propia familia pone palabras a un tabú que lleva décadas blindado. Lo que hace Butler es tirar de la manta y dejar al descubierto, desde la crudeza de lo vivido, esa grieta enorme que hay entre la ficción idílica que nos vendemos y la realidad de muchos hogares. Coincido con ella palabra por palabra. Y lo sé también por mi propia experiencia profesional, porque he visto decenas de casos idénticos al que ella relata, donde el guión se repite de forma casi milimétrica.

Vivimos bombardeados por una narrativa oficial. La publicidad, la cultura popular y las conversaciones de café insisten en retratar la maternidad como un territorio idílico, un espacio de entrega absoluta y cuidado perfecto. Pero esto no es solo una mentira biológica; es una forma de violencia simbólica que genera consecuencias destructivas. Este mito del instinto maternal universal opera como un mandato de género perverso que asimila mujer a madre y madre a santa, encorsetando a las mujeres y, de paso, desprotegiendo por completo a la infancia más vulnerable. Cuando nos empecinamos en no ver que una madre puede ser negligente, violenta o incapaz de construir un vínculo sano, ¿quién paga el pato? Los hijos y las hijas. A estas criaturas las empujamos a habitar el silencio y la culpa, obligándolas a justificar el vacío o el maltrato bajo esa cantinela tan cobarde de que cualquier madre, por el mero hecho de serlo, te quiere a su........

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