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Migración y medios de comunicación

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30.08.2026

Hay palabras que, aun antes de decir cosa alguna, ya han tomado partido. Avalancha es una de ellas; oleada, otra; asalto, naturalmente, otra. Y hasta la aparentemente inocente presión migratoria contiene ya toda una representación del mundo: si hay algo que presiona, habrá necesariamente algo que debe resistir. Así, incluso antes de conocer al ser humano que llega, hemos levantado la frontera contra él.

Lo ocurrido en Ceuta vuelve a enfrentarnos a una cuestión que Europa conoce sobradamente y que, sin embargo, parece descubrir con estupor cada vez que unas decenas, centenares o miles de personas aparecen ante una de sus fronteras. Pero la cuestión no es solo qué hacer con quienes llegan. Hay otra, anterior y acaso más profunda: cómo contamos que llegan.

La migración también es un acontecimiento lingüístico, como cualquier cuestión humana. Lo entendió bien el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, adoptado en Marrakech en 2018 (curiosamente). Entre sus veintitrés objetivos, el número 17, cuya importancia ha recibido mucha menos atención de la que merece: “Eliminar todas las formas de discriminación y promover un discurso público basado en evidencias para modificar las percepciones sobre la migración”.

La elección de las palabras no es casual. El Pacto reconoce implícitamente algo esencial: las políticas migratorias no se desarrollan en un vacío. Se adoptan en sociedades que previamente han construido una imagen determinada del migrante. Y en la fabricación de esa imagen los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo.

El Pacto pide fomentar información “independiente, objetiva y de calidad” sobre las migraciones; sensibilizar y formar a los profesionales de los medios sobre las cuestiones migratorias y la terminología adecuada; promover estándares éticos del periodismo y, respetando plenamente la libertad de los medios, evitar el apoyo público a quienes........

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