Las “putas” de Branko Marinkovic
El senador y agroindustrial Branko Marinković ha utilizado la misma expresión, “putas y trago”, en dos escenarios distintos. Primero, para cuestionar controles bancarios y después en el debate sobre una ley de tierras. La reiteración no pasó desapercibida y derivó en un pronunciamiento de rechazo de la Defensoría del Pueblo.
El primer episodio ocurrió el año pasado, en una entrevista en la que relató una experiencia personal en un banco. Marinković contó que acudió a cobrar un “cheque de mierda” por la venta de vacas y que un funcionario le preguntó: ¿cuál sería el destino de los fondos?.
“No sé, putas o trago”, respondió al justificar: “Es mi plata, por qué te importa qué hago con mi plata. Si vos vas al banco y cobrás tu plata, es tu plata, a nadie le interesa. ¿Para qué la vas a usar? En lo que me dé la gana”.
La escena es reveladora. No solo por el tono, sino por lo que subyace en la respuesta. La molestia no está dirigida únicamente al funcionario, sino al principio mismo de control. Sin embargo, esa pregunta no es opcional ni responde a curiosidad del cajero, forma parte de las obligaciones que establece la Ley N° 393 de Servicios Financieros, bajo supervisión de la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero (ASFI) y con reportes hacia la Unidad de Investigaciones Financieras (UIF), que exigen a las entidades financieras conocer el origen y destino de los fondos.
En ese contexto, la frase “cheque de mierda” no aporta información sobre el monto, pero sí revela una escala. Lo que para el agroindustrial y senador aparece como irrelevante, para el sistema sigue siendo una operación sujeta a control. No es una diferencia menor, es el punto donde chocan la percepción individual del dinero y la lógica regulatoria.
Ese antecedente cobra otro peso si se considera que Marinkovic no es ajeno al sistema que cuestiona. Es senador y empresario, según ha señalado en distintas entrevistas, fue socio del Banco Económico antes de vender su participación. Es decir, conoce las reglas del juego que en su relato aparecen como una intromisión.
Un año después, el mismo lenguaje reaparece, pero en un escenario distinto y más sensible. Durante el debate sobre el proyecto de Ley 157, que plantea la posibilidad de que pequeños propietarios puedan convertir su tierra en garantía de crédito, el legislador volvió a utilizar la misma construcción verbal:
“Si un campesino me dice que quiere media parcela y me los voy a gastar en putas y en trago, que lo haga, es de él”, afirmó, al defender la norma bajo el concepto de “libertad agraria”.
La frase mantiene la misma lógica, la libertad absoluta sobre lo propio, pero el contexto cambia de manera radical. Ya no se trata de una experiencia personal con su dinero, sino de una proyección sobre terceros, en este caso campesinos e indígenas, dentro de un debate estructural sobre tierra y acceso al crédito.
Ese desplazamiento es el que activa la reacción institucional. La Defensoría del Pueblo rechazó las declaraciones y señaló que el senador incurrió en expresiones de carácter misógino y discriminador, al considerar que se reproducen estereotipos que vinculan a estos sectores con prácticas degradantes. El organismo recordó además la vigencia de la Constitución y la Ley 045 contra el racismo y toda forma de discriminación.
En ambos momentos, Marinkovic utiliza la misma combinación de términos, “putas y trago”, para defender una idea de libertad individual sin matices. Primero, para rechazar controles en el sistema financiero; después, para ilustrar el uso de recursos en el ámbito agrario.
Dos momentos, un mismo enunciado. En el banco, la frase buscó deslegitimar el control; en la tierra, terminó provocando un cuestionamiento institucional. La insistencia no es anecdótica: cuando una expresión se repite en contextos distintos, deja de ser un exabrupto y se convierte en argumento.
Y cuando ese argumento se reduce a “putas y trago”, la discusión deja de ser sobre libertad o derechos. Las “putas” de Marinkovic pierden valor y exponen discriminación porque ya no es el banco ni la tierra lo que está en cuestión, sino el lenguaje con el que se pretende explicarlos. Las palabras dejan de sostener una idea y pasan a evidenciar sus límites.
Juan Carlos Marañón Albarracín
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