El ponche
Autor(es): Irene Izquierdo
Cuando cada minuto apremia, choferes y pasajeros se encuentran con imprevistos que alteran su rutina matutina y dificultan llegar a tiempo al trabajo, la escuela o cualquier gestión del día
Puede parecer trivial hablar de ponches en medio de tantas dificultades, pero no es absurdo tratar el tema, por su incidencia en la conducta individual. Si siempre ha sido una adversidad, hoy lo es más. El que tiene a su cargo un vehículo, ya sea estatal o particular, y -al disponerse a salir para el trabajo- descubre una goma desinflada, los planes le cambian ostensiblemente y hasta el programa del día, porque todo depende del servicio eléctrico.
Este ponche nada tiene que ver con el que se “toman” los peloteros al bate, cuando deben asumir la responsabilidad de un juego empatado, con las bases llenas y un estadio entero conteniendo la respiración en espera del momento crucial. Aquí la presión no proviene de los aplausos o los gritos de la multitud, sino de la necesidad de llegar a tiempo al trabajo, a la escuela o a cualquier gestión impostergable.
El ponche más conflictivo es el que ocurre esa mañana en la que alguien apuesta todo para llegar tempano a su lugar de destino, y luego de madrugar y estar dos horas en la cola de la Gacela, logra abordarla con la esperanza de llegar a tiempo. Esa ilusión dura menos que un merengue en la puerta de un colegio. Después de cobrar y emprender viaje, con voz pausada, José Luis Viera, chofer del vehículo 12014, de la ruta 15 –cubre el trayecto Alamar-5ta. y D, en el Vedado–, dijo: “Voy a entrar a la ponchera, una de las gomas traseras está baja de aire. Son solo cinco minutos”.
Nadie se inmutó mientras realizaba la gestión para solucionar el problema. Unos pasajeros comentaban entre sí acerca de los más diversos temas; otros revisaban los celulares, y los menos se mantenían en silencio, como calculando el tiempo y la distancia a batir cuando se volviera a poner en marcha el vehículo. Cuando se dio cuenta que la gestión fue infructuosa, José Luis caminó unos pasos y abrió la puerta para comentar, con la cara de solemnidad que la ocasión precisaba: “Disculpen la molestia, pero debo cambiar la goma, está ponchada”.
El murmullo comenzó y un pasajero solo preguntó si demoraba mucho, José Luis respondió: “Denme solo 20 minutos. Es que de la forma en que está la goma no llegaremos ni a la salida de Alamar…”.
Sin aprobación previa, en un abrir y cerrar de ojos, fue hasta la parte trasera del vehículo, se quitó el pulóver, se puso un overol azul. Sacó el gato, una llave de clanes artesanal y la goma de repuesto para poner manos a la obra. Solo 14 minutos bastaron para que la gacela estuviera en marcha nuevamente, esto motivó la alegría de los pasajeros.
En medio de la escabrosa coyuntura que enfrenta el transporte, hacen falta más choferes como José Luis Viera para quienes quedarse de brazos cruzados no represente una opción. Su actitud proactiva, disposición y compromiso demuestran que asumir responsabilidades con eficiencia y agilidad puede marcar la diferencia para todos los que dependen de su servicio.
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