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Las raíces ya no siempre buscan la tierra

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24.03.2026

Las raíces ya no siempre buscan la tierra

Ana Daniela Valdés Dina

Ana Daniela Valdés Dina

Autor(es): Ana Daniela Valdés Dina

La hidroponía, la aeroponía y las granjas verticales están redefiniendo la forma de producir alimentos en el mundo

Hay un antiguo pacto silencioso entre la planta y el suelo. Este, poco a poco, comienza a reescribirse. Ahora, las raíces se han liberado de la oscuridad: flotan en aguas enriquecidas como en un suspenso nutritivo o cuelgan suspendidas en el aire, esperando la caricia de una niebla mineral, su fuente de nutrientes. Lejos de la intemperie, son sensores invisibles y algoritmos quienes regulan con precisión cada suspiro de humedad y temperatura.

Podría parecer una escena de ciencia ficción; sin embargo, es el rostro de una transformación silenciosa en nuestra manera de alimentarnos. Ya sea a través de la hidroponía (las raíces beben directamente de soluciones acuosas) o de la aeroponía, donde respiran entre brumas cargadas de vida: la agricultura se eleva. En las granjas verticales, los cultivos ya no compiten por el espacio en el horizonte, sino apilados hacia el cielo, demostrando que en el futuro la tierra fértil será una condición posible de crear.

El auge de estas tecnologías responde a una presión cada vez más evidente: producir más alimentos cuando el suelo fértil se degrada, el agua escasea y las ciudades continúan expandiéndose sobre antiguas tierras agrícolas.

En ese escenario, la llamada agricultura sin suelo apunta a convertirse en una de las innovaciones más llamativas del sistema alimentario contemporáneo.

La pregunta, no obstante, sigue abierta: ¿puede este modelo tecnológico convertirse en una alternativa alimentaria sostenible?

El desafío: producir más con menos

Hay una paradoja creciendo en el mundo: nunca antes la humanidad había tenido tanta capacidad tecnológica en la producción alimentos y, empero, los recursos disponibles resultan limitados.

Cada día, millones de personas dependen de sistemas agrícolas tensados al borde de su capacidad. La población mundial sigue creciendo, las ciudades se expanden y el clima altera los ciclos de cultivo. El resultado es una ecuación incómoda: producir más comida… con menos tierra, menos agua y bajo condiciones cada vez más inciertas.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el planeta necesitará producir alrededor de un 50 por ciento más de alimentos de cara al 2050 en comparación con los niveles de 2012. Ese aumento constituye una necesidad reflejada por el crecimiento demográfico y el cambio en los patrones de consumo.

Hoy la actividad agrícola ya utiliza más del 70 por ciento del agua dulce disponible en el mundo, en un contexto marcado por la escasez hídrica que afecta a gran parte de la población global.

La tierra tampoco ofrece margen infinito. Según indica la FAO, más de 1 600 millones de hectáreas están degradadas, en su mayoría por prácticas humanas, y una parte significativa de los suelos cultivables pierde fertilidad cada año. A esto se suma la expansión urbana: en apenas dos décadas, las ciudades han duplicado su tamaño.

En ese escenario ampliar la frontera agrícola ya no es una solución viable. De hecho, expertos advierten que seguir expandiendo las áreas de cultivo podría agravar la crisis ambiental, al aumentar la deforestación, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de los suelos.

El dilema es claro: el modelo agrícola tradicional, basado en más tierra, más agua y más insumos, ha llegado a un límite físico.

A esta presión estructural se suman factores adicionales. El cambio climático altera las lluvias, incrementa las sequías y reduce la productividad de los cultivos. Al mismo tiempo, existen fenómenos -como la salinización de los suelos- que ya afectan extensas áreas agrícolas y pueden reducir drásticamente los rendimientos, explica el medio The Guardian.

Así, la seguridad alimentaria global deja de ser solo una cuestión de producción a fin de convertirse en un problema de eficiencia, sostenibilidad y resiliencia.

Y es precisamente en ese punto, en la necesidad de romper con los límites de la producción tradicional, cuando comienzan a surgir nuevas formas de cultivar.

La respuesta tecnológica

Ante ese límite físico, la innovación ha comenzado a desplazarse hacia territorios impensados hace apenas unas décadas. En distintos puntos del planeta emergen sistemas donde las plantas ya no dependen de la tierra para crecer. Sus raíces se sumergen en soluciones nutritivas, flotan en el aire o se disponen en estructuras verticales dentro de edificios cerrados. Es la llamada agricultura sin suelo, por ejemplo, hidroponía, aeroponía y granjas verticales.

La hidroponía –el método más extendido– sustituye el suelo por agua enriquecida con minerales esenciales. Bajo condiciones controladas, permite un uso mucho más eficiente de los recursos hídricos.

Un paso más allá aparece la aeroponía, sistema en el cual las raíces permanecen suspendidas en el aire y reciben nutrientes a través de una niebla fina. Este método optimiza aún más el uso del agua y acelera el crecimiento de las plantas, aunque exige mayor precisión tecnológica.

A ello se suman las granjas verticales: instalaciones ubicadas en almacenes, contenedores o edificios urbanos, en los que los cultivos se organizan en capas superpuestas y crecen bajo iluminación LED. Sensores, sistemas automatizados y algoritmos regulan temperatura, humedad y nutrientes con exactitud casi quirúrgica.

Diversos estudios coinciden en que la producción agrícola en ambiente controlado permite producir alimentos durante todo el año, al independizar los cultivos de las condiciones climáticas y mantener entornos regulados. Además, su desarrollo en espacios urbanos reduce las distancias de transporte, las emisiones asociadas y las pérdidas postcosecha, al acercar la producción a los consumidores finales.

Mas, esta transformación no está exenta de tensiones. La alta demanda energética –especialmente en las granjas verticales– plantea interrogantes sobre su sostenibilidad a gran escala. Investigaciones recogidas en Nature Sustainability advierten sobre el consumo eléctrico asociado a la iluminación artificial, capaz de limitar su expansión si no se combina con fuentes renovables.

Aun así, el avance resulta evidente. Empresas tecnológicas, centros de investigación y gobiernos invierten en estas soluciones en el marco de una estrategia más amplia con el objetivo de garantizar alimentos en un contexto de crisis climática y presión sobre los recursos.

¿Una solución sostenible?

A primera vista, parece responder con precisión al dilema global: producir más alimentos utilizando menos recursos. En sistemas hidropónicos y aeropónicos el agua circula en circuitos cerrados y puede reutilizarse varias veces. Esto reduce el consumo hídrico.

Otro de sus puntos fuertes radica en el uso del espacio. Las granjas verticales multiplican la superficie productiva al crecer en capas, lo cual genera altos rendimientos en áreas reducidas, explica una investigación reflejafa en Multifunctional Vertical Farming Systems as a Basis for Transforming Urban Food Systens Amid Climate Change. Según reportes de la FAO, este modelo podría transformar la relación entre ciudad y agricultura, pues acerca la producción al consumo.

Además, al desarrollarse en ambientes controlados, estos sistemas requieren reduce los pesticidas y están menos expuestos a plagas, sequías o eventos climáticos extremos. La estabilidad en la producción durante todo el año representa otra ventaja clave frente a un modelo cada vez más vulnerable al cambio climático.

Pero el panorama no es completamente favorable. El principal punto de fricción aparece en el consumo energético. Las granjas verticales, en particular, dependen de iluminación artificial, sistemas de climatización y tecnología de control continuo. Investigaciones publicadas en Nature Food, y Nature Sustainability advierten que esta demanda energética puede ser elevada y, en algunos casos, comprometer la sostenibilidad del modelo si la energía proviene de fuentes fósiles.

A ello se suma la inversión inicial. Instalar una granja vertical o un sistema aeropónico requiere infraestructura tecnológica costosa, lo cual limita su adopción en países con menos recursos o en contextos agrícolas tradicionales.

La idea de cultivar sin suelo, dentro de estructuras cerradas y bajo control tecnológico transforma también la concepción del mismo acto de sembrar. Para muchos productores y consumidores esta ruptura genera desconfianza o escepticismo.

Existe, además, un debate menos visible, mas igualmente relevante: el tipo de cultivos. En la actualidad, la mayoría de estas instalaciones se concentra en vegetales de ciclo corto, que deja fuera, al menos por ahora, alimentos básicos, como por ejemplos, los cereales y tubérculos, esenciales en la seguridad alimentaria global.

El resultado es un escenario complejo. Por un lado, una tecnología capaz de reducir el uso de agua, optimizar el espacio y garantizar estabilidad productiva. Por otro, un modelo no exento de desafíos energéticos, económicos y de escala.

La agricultura sin suelo no representa una solución absoluta, pero sí una señal clara de hacia dónde se dirige la innovación: sistemas más eficientes, más controlados y menos dependientes de los límites naturales tradicionales.

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