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Capataz del mundo

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30.03.2026

Autor(es): Amaya Rubio

“El corolario Trump” intensifica la política exterior de EE.UU., priorizando confrontación y control estratégico de recursos a nivel global

En noviembre de 2025, la administración de Donald Trump presentó su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), que proponía incorporar una reinterpretación de la Doctrina Monroe, de 1823, bautizada ahora como Doctrina Donroe. Mientras la primera excluía a Europa de América Latina, la nueva propuesta apunta a mantener a China al margen.

En teoría, este tipo de documento funciona como marco de referencia que cada gobierno redefine para orientar la planificación militar, diplomática y tecnológica, identificar potencias rivales, y -además- para guiar el desarrollo energético y asegurar cadenas de suministro propias mientras debilita las de sus rivales.

Con esta política, la potencia del norte dejaba de actuar como el “policía del mundo”, que había sido durante décadas, para pasar a desempeñar el rol de “capataz del mundo”.

En el otoño de 2025 parecía confirmar la doctrina. Bajo el pretexto de la guerra contra el narcotráfico, el gobierno de Estados Unidos desplegó la armada más grande vista en el Caribe, que interceptaba tanqueros que partían de Venezuela, destruía docenas de lanchas y asesinaba a sus tripulantes sin ofrecer evidencias de ningún tipo.

Durante estos operativos, las fuerzas estadounidenses realizaron múltiples ataques contra botes en alta mar, los cuales, según las autoridades estadounidenses, estaban operados por grupos denominados “narco‑terroristas”, aunque a esta fecha no se han publicado pruebas independientes que corroboren esas alegaciones.

Trump también advirtió sobre posibles intervenciones contra gobiernos, entre ellos, los de Brasil, Colombia y México, al tiempo que intensificó la política de hostigamiento contra Cuba mediante la restricción progresiva de la venta de petróleo hacia nuestro país.

La Doctrina Donroe alcanzó su expresión más extrema con la operación militar en Venezuela, que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, durante un ataque dirigido por fuerzas Delta Force de Estados Unidos, en el que murieron 32 cubanos que participaban en la defensa del mandatario.

No obstante, la estrategia de asfixia tampoco ha producido el desenlace automático que algunos anticipaban. Venezuela no colapsó tras el bombardeo y el secuestro de su Presidente. El Estado activó mecanismos de reorganización defensiva que implicaron concesiones tácticas dolorosas.

Guerra contra Irán y manipulación financiera

A finales de febrero, Estados Unidos e Israel, animados por Arabia Saudita, iniciaron una guerra contra Irán bombardeando al país. Dado que Trump había criticado a la Organización del Tratado del Atlántico Norte y exigido que Dinamarca le cediera Groenlandia, los europeos, incluso los británicos, optaron por permanecer al margen del conflicto.

Mientras Israel llevaba a cabo operaciones en Gaza que han sido calificadas de genocidio por diversas organizaciones internacionales, Jared Kushner y Trump proponían la construcción de un resort de lujo en territorio palestino. En paralelo a las negociaciones con Irán, Kushner solicitaba cinco mil millones de dólares a países del Medio Oriente para financiar sus proyectos inmobiliarios.

El lunes 23 de marzo, 15 minutos antes de Trump intensificar su amenaza contra Irán sobre la apertura del estrecho de Ormuz, inversionistas con información privilegiada apostaron 1 500 millones de dólares a la caída del precio del petróleo, operación que se concretó y generó enormes ganancias para ellos. Más allá de beneficiar al tradicional complejo militar-industrial estadounidense –RTX, Lockheed Martin, Northrop Grumman, Boeing–, la guerra contra Irán también ha sido aprovechada para favorecer a sectores cercanos al republicano.

Asedio prolongado a Cuba

La actual crisis energética que atraviesa Cuba no es un accidente de la naturaleza ni una mera falla de infraestructura. Es el punto candente de un asedio geopolítico diseñado con precisión a lo largo de seis décadas. Lo que hoy enfrenta es la convergencia letal de la guerra económica tradicional –el bloqueo– y un nuevo contexto internacional.

Un país al que se le niega la posibilidad de importar alimentos, medicinas, combustible y repuestos; al que se le bloquean sus finanzas internacionales; al que se le impide acceder a créditos; al que se le somete a una guerra mediática; al que se le castiga por comerciar con quien sea: ese Estado tendrá, por definición, enormes dificultades para funcionar con normalidad. Luego, cuando esas dificultades se manifiestan (apagones, desabastecimiento, migración), el coro imperial y sus voceros locales proclaman: “Miren, es un ‘Estado fallido’”. Es la misma lógica de asfixiar a alguien y luego criticarlo por su manera de respirar. El resultado es una crisis energética severa que afecta al conjunto de la sociedad cubana y busca provocar la desestabilización del país.

Sin embargo, incluso en ese escenario de presión extrema, Washington se ve obligado a mantener canales de negociación con La Habana para gestionar las consecuencias de la situación.

Como recuerda el Himno del Guerrillero, “siempre el pueblo resurge adelante”. Porque las correlaciones de fuerzas cambian, inclusive en el centro del poder. Estados Unidos atraviesa tensiones internas, desgaste hegemónico y un mundo cada vez más multipolar que reconfigura el equilibrio global. En ese movimiento, resistir es sostener que la última palabra aún no ha sido dicha y que la historia, lejos de haber terminado, sigue en disputa.

China, Donald Trump, EEUU

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