¿El populismo es malo o es lo que quieren que creamos?
El concepto de populismo ha sufrido una caricaturización sistemática que suele impedir un debate serio sobre sus causas y su función estructural. Lejos de reducirse a la demagogia irracional, un populismo bien comprendido opera como un mecanismo de nivelación frente a un orden que ha quedado obsoleto. Como planteó el politólogo argentino Ernesto Laclau en La razón populista, el populismo no es una patología ideológica, sino una lógica social fundamental, “el populismo es, simplemente, un modo de construir lo político”.
Para Laclau, el fenómeno emerge cuando un conjunto de demandas sociales no resueltas se articulan frente a un sistema institucional incapaz de absorberlas, constituyendo un “pueblo” que se enfrenta a un poder enquistado.
En la historia política de Chile, el molde institucional de matriz portaliana (plasmado originalmente en la Constitución de 1833) justificaba el dominio de una élite educada sobre una población mayoritariamente analfabeta y desconectada del conocimiento técnico. En aquel siglo XIX, esa estructura jerárquica poseía una lógica funcional; sin embargo, extender esa misma premisa al siglo XXI resulta insostenible frente a una sociedad profundamente escolarizada, profesionalizada y capacitada para autogobernarse.
Para entender esta tensión, resulta ilustrativa la analogía de una familia en la que los padres toman todas las decisiones familiares cuando sus hijos son niños e inexpertos. Con el paso de las décadas, esos hijos crecieron, se formaron, adquirieron oficios, títulos y experiencias de vida complejas. Sin embargo, los padres insisten en mantener la misma estructura de decisiones, administrando el presupuesto y dictando las reglas del hogar bajo la premisa de que los hijos “no comprenden el........
