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Pasolini contra las feministas proaborto, el Vaticano, Calvino, Eco y el PCI (II)

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La reflexión de Pasolini es que este fascismo de los atentados es ya meramente nominal y sin ideología propia, que la vida diaria y real de estos fascistas los había desanudado de cualquier referencia a una Italia que ya no existía.

Antes del aborto, para asombro de todos, Pasolini propone preocuparse del coito. En un contexto de crisis ecológica y explosión demográfica, con alguna ironía expone la pareja homosexual como una cierta solución al problema, demandando los reconocimientos legales, derecho a su práctica segura y como uno de los correctivos a la proliferación de embarazos no deseados. El coito es previo al aborto y nadie quiere hablar de él, pero los anticonceptivos, los preservativos y la píldora, deben formar parte de esa conversación pública y pasar por encima de las prohibiciones impuestas en Humanae Vitae, la última encíclica de Paulo VI de 1968, muy discutida al interior del propio mundo católico. Tanto, que no pocos teólogos llaman por vías y digresiones alternativas, a usar los nuevos métodos anticonceptivos.

Las polémicas se desatan con virulencia: interjecciones, interpretaciones, correcciones, adendas, de menor y mayor cuantía. Maurizio Ferrara encargado de una respuesta oficial del PCI a través de L’Unità, a Pasolini lo falsea y caricaturiza; el Osservatore Romano desliza la “conducta excéntrica” del regista (como diciéndole conocemos tus pecadillos); Adolfo Battaglia lo llama bufón; y hubo entreveros que no se esperaba hasta con personas de cercanía como Natalia Ginzburg, Alberto Moravia, Ítalo Calvino y Umberto Eco.

Calvino le enrostra el querer volver a una especie de Arcadia, una “edad de oro” bañada en un sentimentalismo irracional, pero que en realidad se trataba nada más que de la Italiétta (Italiucha), la versión provincial, pequeño burguesa, de vida muy local de Italia. Pasolini se sorprende: le enrostra que Calvino no ha visto uno sólo de los fotogramas de sus películas, leído ninguno de sus versos ni leído las novelas: “¡no sabes nada de mí!”, le reprocha en un tono amargo. Pasolini le recuerda que esa Italia provinciana, por el contrario, ha sido la expresión fascista y democristiana de la vida y que para él no ha significado sino arrestos, interrogatorios, citas judiciales, el terror continuo de verse en los periódicos acusado, “linchado por dos decenios”.

Pasolini opone a la “edad de oro” con la que ironiza Calvino, una incierta y aún más difícil de recrear “edad del pan”, habitada por consumidores de bienes de primera necesidad en........

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