Poduje visita el límite: la inusual referencia a Milei como disrupción o como acto político
La descalificación del ministro Poduje al presidente Javier Milei es un punto de inflexión. El Gobierno ha tenido episodios de indisciplina comunicacional y polémicas por falta de capacidad de conducir la acción comunicacional. Pero la conducta gratuita e irreverente del ministro ocurre en medio de tensiones estratégicas entre Chile y Argentina, afecta una relación presidencial que podía servir como mecanismo de contención ante las tensiones y abre interrogantes acerca de los incentivos políticos que quizás busca uno de los ministros mejor evaluados del gabinete y que podría llevar este impasse a una sospecha de una jugada política y no de un exhabrupto. La cuestión ya no es solamente qué dice un ministro, sino cuánto riesgo puede introducir en asuntos que trascienden por completo su responsabilidad sectorial.
Un gobierno sin una doctrina común de comunicación
El gobierno de José Antonio Kast ha tenido problemas recurrentes con sus vocerías. Pero el diagnóstico sería insuficiente si se redujera a las dificultades de quienes han desempeñado formalmente la función de portavoz. El problema es más amplio: no parece existir una doctrina comunicacional suficientemente unificadora ni mecanismos eficaces de contención de las aventuras narrativas emprendidas por los propios integrantes del gobierno.
Esto ha producido una sucesión de controversias y contradicciones que han obligado al Ejecutivo a dedicar parte importante de sus energías a resolver problemas creados por sus propias autoridades. El caso de Mara Sedini fue la primera manifestación visible de esta situación. Sus declaraciones sobre las conversaciones previas al nombramiento de Trinidad Steinert, la controvertida caracterización del Estado como un organismo en quiebra y sus dificultades para enfrentar preguntas sobre asuntos institucionales fueron debilitando su posición hasta su salida, el 19 de mayo.
Pero sustituir a la vocera no significó resolver el problema. La dispersión de las comunicaciones entre ministros y autoridades del Segundo Piso produjo nuevas dificultades de coordinación. El ministro del Interior, Claudio Alvarado, terminó asumiendo una responsabilidad comunicacional que lo expone permanentemente a controversias. Incluso el presidente ha debido intervenir para rectificar versiones o definir públicamente cuál es, finalmente, la posición de su administración.
La propia prensa ha advertido sobre esta situación. En septiembre, una editorial de La Tercera abordó expresamente las dificultades para construir una voz gubernamental unificada, observando las contradicciones entre ministros y la necesidad de que Kast aclarara personalmente asuntos que deberían haber sido resueltos por sus equipos.
Existe aquí un problema que trasciende la comunicación. Un gobierno puede tolerar distintas sensibilidades, perfiles y estilos individuales. Lo que no puede hacer sin pagar costos es permitir que cada ministro actúe como un centro autónomo de producción de posiciones políticas.
Porque los ministros no son comentaristas de la actualidad. Sus palabras tienen consecuencias institucionales y, en ciertas materias, pueden afectar intereses que exceden ampliamente su ámbito de competencia.
En política, a las dificultades que se originan sin presión externa suficiente para explicarlas se las puede denominar como en el tenis, esto es, “errores no forzados”. Son especialmente costosos porque no responden a conflictos inevitables ni a decisiones sustantivas que deban asumirse. El gobierno los produce y luego debe invertir autoridad, tiempo y capital político en resolverlos.
Sin embargo, no todos los errores no forzados tienen la misma gravedad. Y ninguno de los episodios comunicacionales examinados del gobierno parece haber acumulado simultáneamente tantos factores de riesgo como las declaraciones de Iván Poduje sobre Javier Milei.
Un agravio que, en principio, no tiene necesidad ni utilidad
El 16 de octubre, en el foro empresarial «Conoce a tu ministro», organizado por Icare, el ministro de Vivienda defendió la importancia de la inversión pública en infraestructura.
Su planteamiento económico tenía coherencia interna. La infraestructura puede contribuir a reducir costos logísticos, mejorar la productividad y facilitar el funcionamiento de los mercados. Es perfectamente legítimo que un ministro chileno defienda esas inversiones y cuestione las políticas de un gobierno extranjero que propone restringirlas, aunque la crítica al país vecino es forzada pues su modelo de gestión de vivienda nadie lo ha reivindicado para Chile.
Lo cierto es que, detalles más o detalles menos, Poduje decidió dar un paso adicional.
Después de calificar como una «tontera» la posición de Milei frente a la obra pública, afirmó que el mandatario argentino estaba «cada vez más loco». La primera es una imputación insultante, aunque en el fondo podría considerarse todavía sectorial, incluso considerando que ya era impertinente el tono. Pero la segunda referencia ya no tiene bordes analíticos que permitan excusarla.
Con esa frase, una discusión económica se transformó en un agravio personal a un jefe de Estado extranjero.
Las consecuencias internas fueron inmediatas. El vicepresidente del Senado, Iván Moreira, cuestionó la imprudencia del ministro y advirtió sobre el riesgo de afectar las relaciones con Argentina. Parlamentarios libertarios reclamaron disciplina gubernamental. Poduje terminó ofreciendo disculpas y el propio presidente Kast, desde Bolivia, lamentó las expresiones y aseguró que no volverían a repetirse.
El episodio podría interpretarse como otra manifestación del estilo confrontacional del ministro. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente.
La gravedad de una declaración política no depende solamente de su contenido verbal. También depende del contexto en que se produce, de los intereses que puede comprometer y de la utilidad que persigue.
Y el caso Poduje reúne tres circunstancias que lo diferencian de una controversia comunicacional ordinaria.
Primer factor de complejidad de los dichos: un escenario bilateral previamente irritado
Chile y Argentina no se encuentran en una situación de enfrentamiento abierto, pero sí administran controversias estratégicas delicadas en el extremo austral.
El Estrecho de Magallanes, las interpretaciones argentinas sobre sus espacios marítimos, las relaciones comerciales con las islas Malvinas y los intereses económicos y geopolíticos asociados a la proyección austral constituyen asuntos de considerable sensibilidad.
Estas controversias tienen, además, una historia larga. El Tratado de Paz y Amistad de 1984 resolvió una crisis que había situado a ambos países peligrosamente cerca de un enfrentamiento militar. Su importancia no reside solamente en haber permitido superar aquel conflicto, sino en haber establecido un marco jurídico de........
