Necesitamos un Banco Central de Venezuela propio
Es necesario redefinir las normas que rigen al Banco Central de Venezuela, BCV, para incorporar las referentes al objetivo principal del desarrollo económico y del bienestar del país como es la Industrialización, aun en las difíciles situaciones actuales. Porque ella es la acción estructurante de una nueva sociedad y sobre el cual se organizan todas las políticas y componentes sociales que sean políticamente aceptadas. Es el fundamento para tener un Banco Central propio.
Mientras no se haga así, funcionara, más allá de la buena voluntad, en un laberinto epistemológico, porque lleva a cumplir las metas de las naciones industrializadas en lo monetario y financiero y no las que salen de nuestros escenarios económicos, políticos y sociales.
¿Qué se necesita para salir de esta situación? Se necesita agregar como un objetivo superior, contextual a todos los demás la soberanía del país, en este caso la soberanía monetaria y financiera. Todos los demás pueden permanecer ajustándolos a esta nueva orientación. Con esto estamos diciendo que la inflación si es importante pero no es el objetivo principal sino una condición cuyo manejo debe ayudar a ser más efectivo el objetivo directriz.
La conducta del BCV, más allá de la intención de sus técnicos es el resultado de haber adoptado una arquitectura monetaria diseñada para economías que ya han resuelto su dilema de acumulación y avanzan hacia niveles superiores de industrialización.
Al aceptar el control de la inflación como el mandato supremo y casi único de sus bancos centrales, las naciones pobres han renunciado a la herramienta más potente de soberanía económica, la capacidad de impulsar el ahorro y dirigirlo hacia la creación de crédito y la transformación productiva. Esto ignora que los países hoy desarrollados utilizaron sus sistemas financieros de manera agresiva y discrecional para financiar su propia industrialización, protegiendo sus mercados y depreciando sus monedas cuando fue necesario para ganar competitividad. Al imponerse las metas de inflación propias de economías maduras, los países en desarrollo asfixian su potencial antes de que este pueda florecer, subordinando el bienestar social a las métricas de estabilidad que exigen los mercados de capitales internacionales. No. Alguien debe saber decir: No.
La desindustrialización prematura que azota a la periferia es la consecuencia directa de este enfoque. Un banco central que solo mira el índice de precios se vuelve ciego ante el desmantelamiento de las fábricas y la pérdida de capacidades tecnológicas tal como sucede en Argentina. En las economías pobres, la inflación no suele ser el resultado de un exceso de demanda interna que deba ser castigado con tasas de interés altas, sino de desviaciones estructurales, falta de infraestructura y dependencia de insumos importados. Responder a estos problemas encareciendo el crédito es un contrasentido pues se castiga precisamente la inversión necesaria para eliminar las causas de la inflación.
La verdadera estabilidad para Venezuela pobre no reside en un IPC inamovible, sino en una estructura productiva diversificada que reduzca la vulnerabilidad externa. Por lo tanto, el objetivo primordial de la autoridad monetaria en estos contextos debe ser el impulso de la acumulación de capital de forma agresiva y estratégica.
Impulsar la acumulación de capital requiere que el banco central asuma su papel como agente del desarrollo. Esto implica abandonar la neutralidad de mercado para abrazar el financiamiento dirigido. No todo crédito tiene el mismo valor social; mientras que el crédito al consumo o a la especulación inmobiliaria puede ser inflacionario, el crédito orientado a la adopción de tecnología y a la creación de industrias de valor agregado es la base de la riqueza futura.
Un banco central comprometido con el desarrollo debe actuar como un gran coordinador, garantizando tasas de interés reales bajas o negativas para sectores estratégicos, incluso si esto genera tensiones inflacionarias moderadas en el corto plazo. El desarrollo no es un proceso tranquilo y silencioso, sino un esfuerzo disruptivo que requiere generar y movilizar recursos de manera masiva. La obsesión por la estabilidad que nos imponen es, en primera instancia, una apuesta por el statu quo de la pobreza.
Asimismo, la gestión del tipo de cambio es una pieza fundamental de esta identidad económica a recuperar. El esquema de metas de inflación suele llevar a la apreciación de la moneda local para abaratar las importaciones y "anclar" los precios, pero este es un subsidio implícito al consumo extranjero que siempre destruye la industria nacional. Un país que busca industrializarse necesita un tipo de cambio competitivo y estable que actúe como un muro de protección para sus productores y un incentivo para sus exportadores. El banco central debe intervenir activamente, subordinando la apertura financiera a las necesidades de la economía real. La libertad de movimiento de capitales, tan defendida por el dogma actual, es el mecanismo que permite la fuga de excedentes hacia el exterior, impidiendo que la riqueza generada localmente se reinvierta en el territorio.
Y es que romper el laberinto epistemológico exige entender que la independencia del banco central es también una formula técnica no democrática. Si la política monetaria no responde a un plan nacional de desarrollo discutido y validado por la sociedad, termina respondiendo a los intereses financieros globales. Es que la soberanía monetaria debe ser el brazo financiero de la política industrial.
Mediante la integración de la política monetaria, fiscal y productiva se podrá superar el ciclo de dependencia. Los países pobres no necesitan bancos centrales que actúen bajo el paradigma de la austeridad, sino como motores de una transformación estructural que priorice el empleo, la industria y la dignidad económica por encima de cualquier estadística. La autonomía necesaria no es la del banco central frente al Estado pues ellos forman una unidad indivisible, sino la autonomía del país frente a las normas internacionales bancarias y financieras que lo condenan a un subdesarrollo perpetuo y a una relación de subordinación.
