La libertad de producir
Las libertades que parecían constituir las bases de la sociedad moderna y fundamentalmente de lo que se llama el mundo occidental, como son la libertad de pensar, hablar y actuar como queramos, se han ido convirtiendo a medida que avanzamos en la tercera fase del imperialismo, en una fantasía que pareciera sostenida por unos pocos idealistas o por los que son dueños de una dosis de valentía capaces de enfrentar con sus propias ideas y con su propio cuerpo el desafío que representan los intereses de los ricos y poderosos que defienden a todo trance sus privilegios.
Y se considera que estas son las ideas comúnmente aceptadas para impulsar nuestros beneficios por una vida más humana, pero estas ideas son claramente insuficientes sino se le suma, sino se sostienen en la libertad de producir todos los bienes que el ingenio y la ciencia, la filosofía o las costumbres de los pueblos y naciones les inducen a realizar.
La libertad de producir es el Bien Supremo. Sin la libertad de producir, de industrializarnos, no habrá nunca bienestar, libertad, virtudes ni glorias para los pueblos. Esa libertad de producir está condenada en los actuales momentos por el sistema de competencia que lleva a la monopolización por unos pocos, quizás 12 países, que concentran el bienestar y la riqueza, mientras el resto de la humanidad vive en las carencias y la indigencia. No estamos irrevocablemente condenados a esa situación siendo necesario esforzarse por alcanzar esa libertad suprema, la libertad de producir.
Pero esa "libertad de producir" no puede ser vista como un derecho económico, sino que es la base material de la existencia digna de las naciones. Sin una base industrial propia, las libertades civiles, la democracia es una retórica vacía frente a la dependencia hacia otras naciones.
Y es que esta libertad de producir trasciende el intercambio mercantil, pues constituye el eje sobre el cual orbita la cultura y vida de los países. Si una nación renuncia a transformar la materia y dominar la técnica, entrega las llaves de su destino a los centros externos de poder. El monopolio del ingenio, resguardado tras murallas de patentes y bloqueos tecnológicos, una nueva forma de servidumbre que condena a las mayorías al papel de meros consumidores modernos.
La industrialización es un acto de insurgencia cultural y política. Reivindicar el derecho a la técnica es romper con la división internacional del trabajo que nos asigna el rol de cantera de recursos o mano de obra barata. Solo cuando el conocimiento se traduce en maquinaria propia y en procesos productivos autónomos, las libertades de pensamiento y palabra dejan de ser derechos abstractos y se convierten en instrumento de un pueblo que alcanza realmente el derecho de expresarse.
Esa transición de la idea a la estructura material es lo que le da al pensamiento productivo un carácter transformador. Al situar la libertad de producir como la base de las demás libertades, estás planteando que la dignidad humana no puede sostenerse en el aire; necesita una infraestructura que la soporte. Necesita producir sus alimentos para poder crear y sostener el arado. De lo contrario vivirá siempre de la caza y la pesca.
Si analizamos la producción y la industrialización como la "libertad suprema" y motor del progreso, vemos como ella se articula con el resto del sistema social. Un pueblo que no produce lo que consume es un pueblo que no piensa por sí mismo, sino que reproduce la lógica del consumo y del diseñador extranjero. La libertad de producir rompe esa inercia y obliga al desarrollo del talento humano, la ciencia y la investigación en todas sus expresiones.
La producción soberana, el socialismo, no las creencias o supersticiones religiosas, son el acceso a la salud, la vivienda y la educación. La industrialización permite que los derechos sociales se cristalicen en bienes y servicios reales, generados por y para la comunidad.
No se trata solo de "fabricar cosas", sino de establecer la dirección e intensidad del proceso civilizatorio, dominando la técnica e impulsando el desarrollo. Por ello la libertad de producir es el bien supremo, el elemento estructurante de las sociedades. La libertad de producir no es una categoría económica sino el eje de la libertad social e individual donde el hombre transforma el entorno de acuerdo a sus necesidades y el pueblo al reconocerse a si mismo en el proceso de trabajo recupera su agenda histórica.
El problema actual, bajo lo que vemos como una nueva fase del imperialismo o el feudo-capitalismo, es que se le ha arrebatado a los pueblos esa función primaria de producir. Hoy, a gran parte de las naciones se les obliga a ser una especie de "recolectoras" de tecnología ajena, perdiendo la esencia productiva que nos define desde el principio de los tiempos.
La producción es el centro de la vida, no es una demanda laboral, es una demanda por recuperar la esencia misma de la humanidad, En Venezuela significa recuperar nuestros procesos productivos inclusive el petrolero que nos define desde hace más de un siglo. No es el momento de perderlo. No. Sin él los venezolanos quedamos reducidos, llevados malévolamente a un estado de indefensión. La industria petrolera es nuestra lanza y nuestro escudo, hay que defenderlo como parte de nuestra libertad superior de producir.
