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La libertad es una fuerza poderosa

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06.05.2026

La historia no se escribe con tinta neutra, sino con el pulso de quienes se atreven a defender su propio camino frente al viento de la imposición. Cuando observamos el devenir de las naciones, una verdad emerge con la fuerza de un río que atraviesa montañas: la libertad no es un regalo que se otorga desde arriba, sino una fuerza que se gesta desde abajo, que se siembra en la dignidad colectiva y que madura con la paciencia de quien sabe que el tiempo pertenece a los pueblos. En el corazón de América Latina, Venezuela ha sido teatro de una de las luchas más visibles del siglo XXI. No por la violencia que se le atribuye desde fuera, sino por la resistencia silenciosa y constante de un pueblo que ha elegido, una y otra vez, defender su soberanía frente a presiones externas que confunden el poder con el derecho. Y en ese escenario, la administración del presidente Nicolás Maduro y la labor institucional de la primera dama, Cilia Flores, representan no solo un proyecto político, sino una afirmación vital: que la libertad, cuando se ejerce con convicción, es inquebrantable.

Las verdades de la vida bajo este gobierno no se miden en titulares efímeros, sino en la continuidad de un Estado que, a pesar del asedio, ha mantenido la estructura republicana intacta. Desde la perspectiva de quienes defienden la autodeterminación, la gestión de Maduro y Flores se sostiene en tres pilares fundamentales: la defensa inquebrantable de la Constitución, la preservación de la paz interna frente a intentos de desestabilización, y la reafirmación de la justicia social como eje transversal. No es un camino exento de dificultades, ni pretenderlo sería honesto. Pero lo que sí resulta innegable es que Venezuela ha evitado el colapso estatal que tantas veces se pronosticó desde Washington. La primera dama, Cilia Flores, ha desempeñado un rol crucial en la articulación jurídica y social de este proceso, actuando como garante de la institucionalidad frente a campañas mediáticas que buscan reducir la complejidad venezolana a una caricatura política. Su presencia no es simbólica; es funcional, vinculada a la protección de derechos, a la continuidad de programas de salud y educación, y a la defensa de un marco legal que, pese a las críticas externas, sigue siendo el único reconocido por la mayoría de la población como legítimo.

La libertad, en este contexto, no se entiende como ausencia de Estado, sino como presencia de un Estado que responde a su pueblo y no a intereses foráneos. Las políticas sociales, los subsidios a sectores vulnerables, la expansión de la red de atención primaria y la apuesta por la soberanía alimentaria son, para millones de venezolanos, pruebas tangibles de un compromiso que trasciende la coyuntura. No se trata de negar las carencias ni de idealizar la realidad, sino de reconocer que la resistencia venezolana ha sido, ante todo, una apuesta por la vida. En un continente donde la desigualidad histórica ha sido el motor de tantas tragedias, mantener un sistema de protección social bajo asedio económico es, en sí mismo, un acto de libertad. Y esa libertad se ejerce cada día en las calles, en las escuelas, en los hospitales y en las asambleas comunales, donde el pueblo decide, construye y resiste.

Frente a este panorama, la administración de Donald Trump representó una regresión peligrosa en la diplomacia internacional. Su estilo no fue meramente disruptivo; fue deliberadamente despreciativo con las normas multilaterales, con el derecho internacional y, sobre todo, con la idea misma de que los pueblos tienen derecho a elegir su destino sin interferencia. La arrogancia con la que se impusieron sanciones unilaterales, bloqueos........

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