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Buceando entre verdades, mitos, engaños

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Relaciones entre racismo y colonialismo

Aciagos tiempos los nuestros. Cada generación debe haber dicho lo propio de los suyos.

Pero, aun así, los tiempos no son siempre los mismos.

Los seres humanos son, somos ahora mucho más pesantes, importantes en el planeta que nunca antes. Pero no para bien, como cierto cientificismo, alguna noción de mejoramiento humano indefinido, podría hacernos creer.

Porque, como especie, hemos mejorado y empeorado al mismo tiempo.

Se ha asentado nuestra sabiduría y nuestras técnicas actuales nos permiten toda una panoplia de recursos para enfrentar adversidades y limitaciones.

Conocemos mejor nuestros cuerpos y el planeta. Relaciones causales. La ciencia en sus más diversas ramificaciones, como la dietología, por ejemplo, ha avanzado, sin duda.

Pero la contaminación y nuestra petulancia también. Para mencionar apenas una cuestión, no menor, por cierto: todos nuestros cuerpos sin remedio, no los nuestros sino todos los cuerpos vivos tienen, tenemos microplásticos en nuestro interior; en los intestinos que con suerte, nos desprendernos de ellos; en nuestros pulmones, esperemos que también podamos exhalarlos. En las placentas ya se han detectado. Es decir, todas las mamíferas cuentan con tales sustancias en sus tejidos. Y consiguientemente todos tenemos tales partículas que no son precisamente alimenticias, en nuestros cuerpos. ¿Las tenemos ya en venas y arterias?

¿Sabemos si cuerpos sanos pueden desembarazarse de tales micropartículas? ¿O si tal presencia es factor patógeno inevitable, como pasa en tantas tumoraciones?

La medicina actual ─gran generadora de iatrogenia (aunque por cierto, junto a grandes avances propiamente científicos y técnicos, en cirugía, por ejemplo)─ no sabe, no contesta.

La petroquímica ha invadido, sanitariamente hablando, al planeta. Y nunca nadie se lo ha enrostrado, ni a corte suprema alguna se le ha ocurrido demandar a dicha industria, por largos períodos la principal y más rentable de la economía mundial. Suponemos que el miedo a ser tildado luddita o retardatario antiprogreso, debe haber frenado la crítica. O que el tecnooptimismo era tan vigente que "a nadie se le ocurriría". Con toda la millonada de dólares y disposición de poder que le ha brindado a sus titulares y propietarios.

Porque el tecnodesarrollo es deslumbrante; nos da autos, velocidad, comodidades, pero no es sabio. Si por acaso nos enferma, nos enloquece, nos mata, eso quedaría más allá de "sus prestaciones". Y ese "por si acaso" va tomando cuerpo.

Y como sistema ha ido ahondando la desigualdad entre humanos; en una segunda fase afectando incluso a sus presuntos beneficiarios.

Cuesta aceptar que el hiperdesarrollo tecnológico tiene un efecto contraproducente: nos pone incómodos.

En el universo de las ideas (y su correlato inevitable, las ideologías), tenemos también una situación crecientemente complicada, probablemente irreversible: con la modernidad, se lesiona (por lo menos) la confianza en los grandes sistemas teologales, se produjo una explosión de ideología laica y sin sotana (aparente), con el liberalismo, el socialismo y sus opuestos; el conservadurismo y la gama de lo reaccionario.

Grandes, formidables pensadores nos han ayudado a advertir, generar ideas, a pensar (son tantos, afortunadamente), como Sócrates, Da Vinci, Zygmunt Bauman, Jacques Ellul, Sigmund Freud, Mahatma Gandhi, Blas Pascal, Antoine Béchamp, Leon Tolstoi,........

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