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El latido cuántico de la historia: Bolívar, Carabobo y la sintonía de los pueblos

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Hoy, 24 de julio, la historia no es una fecha que marco en el calendario: es una corriente viva que me atraviesa el pecho. Celebramos el natalicio del Libertador Simón Bolívar, pero no lo hacemos como quien hojea un álbum de estampas amarillentas. Lo celebro como quien siente que ese hombre, esa conciencia, esa espada convertida en verbo, sigue modelando el devenir de nuestros pueblos desde una dimensión que no entiende de cronologías. Bolívar no nació un día de 1783 y se apagó en Santa Marta: Bolívar es un campo de energía consciente que se activa cada vez que un pueblo elige soberanía, cada vez que un niño recita sus palabras y siente que algo le arde en el pecho.

Mientras escribo estas líneas, el pulso de nuestra memoria reciente me trae el fulgor de junio: la gloriosa Batalla de Carabobo, un hito que no está fijado en un museo, sino que late en el cauce soberano de nuestra identidad. Carabobo no ocurrió un 24 de junio de 1821 y quedó sellada en los libros: ocurre cada día, en cada decisión que tomamos como nación, en cada gesto de dignidad colectiva. Y al mismo tiempo, mi pensamiento se dirige a los trágicos eventos sísmicos recientes, ese doblete que sacudió la carne geológica de la patria y puso a prueba nuestro temple. Envío luz eterna a las almas que emprendieron el viaje, fuerza inquebrantable a los sobrevivientes, y reafirmo que hacia adelante nos convoca la firme tarea de la construcción y la unidad nacional.

Porque un sismo no es una catástrofe puntual en la cronología: es la manifestación súbita de tensiones profundas que vienen acumulándose en el manto terrestre y en el manto social. Su onda expansiva reorganiza, literalmente, el suelo que pisamos y el alma colectiva que somos. Y aquí me permito una pausa, un pensamiento que no es sentencia sino interrogante, una sombra que se proyecta sobre la corteza de lo evidente. Sabemos que las fallas existen, que la tierra respira y se reacomoda, que las placas tectónicas bailan su danza milenaria. Pero también sabemos, y sería ingenuo no considerarlo, que existen nuevas formas de dominación que pretenden empobrecer y controlar, que hay manos que ambicionan mover lo que aparentemente solo la naturaleza mueve, que la maldad ha aprendido a leer las fallas originales y a pulsarlas como quien pulsa una cuerda para que suene el acorde del caos. No lo afirmo con certeza absoluta, pero lo dejo entrever: ¿pudo ese doblete sísmico ser la respuesta de una tierra herida, pero también la activación inducida de una falla dormida por parte de quienes se sirven del desastre para debilitar el temple de un pueblo? Lo dejo ahí, como una posibilidad que flota, como una pregunta que nos obliga a mirar con mayor profundidad las fuerzas visibles e invisibles que se ciernen sobre nuestra soberanía.

Y es aquí donde la reflexión debe hacerse más densa, más estratégica, porque la historia cuántica nos enseña que cada evento abre múltiples futuros y que la elección del camino no es cuestión de impulso, sino de conciencia afinada. Ante la fuerza bruta de la sinrazón y el despojo, ante la decisión de un imperio que abraza la barbarie y revive espectros del fascismo, las Gárgolas de épicas oscuridad que creíamos superadas, y una cruzada de inquisición 3.0 que amenaza con la destrucción total de regiones y civilizaciones —como lo confesaran alegremente—, nuestra primera labor no es la inmolación. No, la victoria soberana no se........

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