La ceguera del gobernante
"No estamos ganando la batalla contra la pobreza; estamos apenas administrando el crecimiento de la misma", sentenció Matus.
"Hubo un tiempo en que los líderes comían al final. Ese tiempo ha muerto. Hoy, los líderes son los primeros en la mesa, y los últimos en preguntarse si alguien más tiene hambre"
Un libro que llegó a mi colección diaria como pequeño destello de sabiduría en el mundo empresarial: Los puntos ciegos del liderazgo, de Robert Bruce Shaw. Sus páginas, pensadas para ejecutivos y corporaciones, sirven sin embargo de perfecto trasfondo para retrotraer sus enseñanzas fundamentales al ámbito de la política y de los políticos que, atrapados en sus propias certezas, han sido incapaces de visualizar los puntos ciegos del poder.
Robert, en su análisis nos dice que "Hay una verdad incómoda que el mundo corporativo ha empezado a aceptar: "nuestros mayores errores no provienen de las debilidades que conocemos, sino de aquellas que ignoramos por completo". Esta afirmación en la política sigue siendo tabú. El éxito efímero, el poder absoluto y la ausencia de contrapesos crean el caldo de cultivo perfecto para que los puntos ciegos se conviertan en catástrofes anunciadas.
En efecto, uno de los casos más emblemáticos se deriva del mundo empresarial. Figuras como Steve Jobs, con su genio indiscutible, fueron víctimas de su propia arrogancia. Jobs fue despedido de la empresa que él mismo fundó porque su punto ciego —la incapacidad de escuchar, de aceptar críticas, de ver más allá de su propia visión— lo llevó a enfrentarse a quienes podían frenarlo. En el mundo corporativo, el castigo fue un despido. En política, el castigo lo pagan los ciudadanos.
El líder mesiánico: cuando la convicción se vuelve ceguera
El primer arquetipo peligroso es el líder mesiánico. Aquel que se percibe a sí mismo como el ungido, el salvador, el único capaz de guiar a su pueblo hacia la redención. Su punto ciego más letal es confundir convicción con infalibilidad.
Este líder no escucha porque ya cree saber la verdad. No acepta críticas porque las interpreta como traiciones. No rectifica porque rectificar sería admitir que no es perfecto, y su relato de poder se construye precisamente sobre la negación de cualquier imperfección.
La historia está plagada de ejemplos. Hitler llevó a Alemania al abismo porque su punto ciego le impedía ver la realidad militar y humanitaria que se desmoronaba a su alrededor. Más cerca en el tiempo, líderes populistas de diversos signos han llevado a sus naciones a crisis económicas, institucionales y sociales porque su fe en sí mismos era inversamente proporcional a su capacidad de autocrítica.
El problema no es la convicción. La convicción es necesaria en política. El problema es cuando la convicción anula la capacidad de contrastar, de dudar, de preguntarse "¿y si estoy equivocado?". Porque en política, el precio del error no es una acción que cae en bolsa; es el hambre, la represión, la fractura social o la guerra.
En este punto del discurso, resulta pertinente introducir un concepto desarrollado por el Dr. Carlos Matus en su obra Adiós, Sr. Presidente: el concepto de gobernabilidad y su brecha histórica.
El líder mesiánico, al desconocer estos........
