Contrariando a Resumen Latinoamericano
En momentos de conflicto todo Estado o ejército aplica las tácticas que le parezcan adecuadas en función de sus propósitos estratégicos. Eso lo dejó claro Sun Tzu, hace dos mil quinientos años. Sería un contrasentido que una operación táctica postergue indefinidamente la esencialidad estratégica. Eso lo entiende cualquier comandante.
Hacer la revolución en un ambiente plenamente democrático, obliga a construir una fuerza electoral lo suficientemente poderosa que le asegure el tiempo necesario para profundizar, cada vez más, en los objetivos de esa revolución. Si hubieran retrocesos en ella el poderío electoral perdería una proporción equivalente a esos retrocesos.
Tampoco una revolución se puede retirar temporalmente. Ella no es un plan sectorial y menos un proyecto administrativo. Es un cambio en las relaciones de producción y, en consecuencia, en las relaciones de un pueblo con el Estado que lo llevaría a convertirse, superado el tutelaje, en la fuerza que producirá, controlará y manejará ese nuevo Estado.
Claro está, la lucha para alcanzar estos logros tiene avances y retrocesos, en función de las fuerzas que están en juego. Los retrocesos ocurren para consolidar posiciones; es decir, perdiendo una, poder recuperar otra que se considere prioritaria. Nada que ver con un paso adelante y dos atrás, que en Lenin fue la forma de explicar la fatalidad de aquel año 1904, bastante menor que la ocurrida al inicio de este 2026.
Suponer que en algún momento podrá ocurrir un cambio, a nuestro favor, en las fuerzas que hoy son, evidentemente, las dominantes, es confiar en la entelequia del casino, o en la concepción cristiana de la vida que imagina estar amparado por una fuerza divina para el cumplimiento de los objetivos propios.
Satisfacerse a sí mismo diciéndose que no se trata de morir por la revolución, sino de vivir para hacerla; suena demasiado a los sueños propios de la juventud que van, poco a poco, desapareciendo con el acercamiento a la madurez.
En fin, la revolución venezolana, luego de la muerte del comandante Chávez, -confinado ya en la galería de los revolucionarios históricos del mundo- está engarzada en la red tejida por los modos capitalistas de producción y comercialización. De seguro, ninguno de sus altos dirigentes reconocerá la realidad de tal engarzamiento. Los analistas políticos tampoco lo hacen, bien saben evitarlo.
