El infantilismo de occidente
Cuando se llega a cierta edad y a medida que la mente evoluciona, si no hay estorbos e inconvenientes en el proceso evolutivo, se va percibiendo la mayoría de los avatares sociales como propios de una mentalidad infantil. La principal pulsión en la civilización de Occidente es el deseo de posesión y pertenencia; la ansiosa aspiración temprana de acumular riqueza, propiedades y poder. Un poder que raras veces se dedica a contribuir a la felicidad de los demás. Y una acumulación que, tarde o temprano —con las excepciones consiguientes— provoca un tedio y un hastío generalmente secreto e inconfesable, aunque los factores anímicos componentes del deseo sigan siendo los originarios, incrustados en la ideología política y social del sistema en general. La controversia, la pelea y la guerra son siempre consecuencia del infantilismo en la sociedad occidental. Una sociedad influida severamente por religiones sustentadas en la dicotomía entre la tesis y la antítesis, entre el bien y el mal, que, consideradas necesarias, explican —infantilmente— que la sociedad se desenvuelve provechosamente "para todos" solo con la competición propia de la depredación del mundo natural. En esta materia la evolución de las ideas e ideologías, lejos de alejarse de ese principio infantil, se reafirma.
A medida que se profundiza en la observación de ese fenómeno, se advierte que el infantilismo no es solo un residuo psicológico individual, sino una estructura compartida, casi un andamiaje invisible que sostiene las instituciones. La política, lejos de ser el ámbito de la madurez colectiva, reproduce con frecuencia los esquemas más primarios: la identificación tribal, la necesidad de un enemigo, la simplificación de la complejidad en consignas binarias. El discurso público se construye así sobre emociones elementales —miedo, orgullo, resentimiento— que hacen más referencia al niño que al adulto.
En ese contexto, el progreso técnico aparece como una paradoja: mientras se perfeccionan los instrumentos, se empobrece la finalidad. Se multiplican los medios, pero no se concretan con claridad los fines. La inteligencia aplicada a dominar la materia no se traduce en una mayor comprensión de la condición humana, sino en una sofisticación del mismo impulso posesivo que caracteriza la infancia: "tener más" sustituye a lo que sería lógico tras miles de años de existencia de la Humanidad, "ser más". Y ese desplazamiento, apenas cuestionado, se convierte en norma.
Quizá el rasgo más revelador de este infantilismo sea la incapacidad de asumir límites. El niño no concibe la finitud; el adulto, en cambio, debería integrarla. Sin embargo, la civilización contemporánea actúa como si el crecimiento pudiera ser indefinido, como si los recursos fueran infinitos, y el poder o incluso la vida misma escaparan a toda restricción. De ahí la frustración constante, el desasosiego que subyace bajo la apariencia de éxito, y la violencia —explícita o latente— que emerge cuando la realidad se impone.
Frente a ello, la verdadera madurez —si es que puede hablarse de tal cosa en términos colectivos— exigiría un cambio de eje: pasar de la apropiación a la comprensión, de la competencia a la cooperación, del narcisismo a una conciencia plena de interdependencia. Pero ese tránsito no resulta atractivo para una cultura que ha hecho del deseo inmediato y de la afirmación del yo sus motores principales.
Así, el infantilismo no solo persiste, sino que se refina. Se disfraza de racionalidad, de progreso, de libertad incluso, cuando en realidad responde a los impulsos más antiguos, más elementales. Y tal vez la mayor dificultad resida en que, al estar tan profundamente integrado en la vida social, apenas se percibe como problema. Se vive como normalidad.
De ahí que la mirada que lo reconoce tienda inevitablemente al escepticismo, cuando no al distanciamiento. Porque comprender ese fondo infantil en la organización del mundo implica también constatar hasta qué punto la madurez —individual o colectiva— es una excepción, no la norma que debiera ser.
