La fuerza desde abajo: El sosiego que las cúpulas no nos pueden quitar
El dolor nos recorre completos. Lo que acaba de ocurrir en Venezuela nos afecta a todos, sin distinción de geografía. Sin embargo, es hipócrita decir que nos golpea a todos por igual. Como en toda tragedia enmarcada en la desigualdad profunda y en la precariedad impuesta a pulso, los más afectados son, de manera obvia, los mismos de siempre: los trabajadores, los sectores populares, los pobres del barrio.
Cualquier catástrofe natural multiplica su impacto devastador si al momento de golpear encuentra a una población desarmada. El terremoto no solo movió la tierra; desnudó, una vez más, la realidad de un transporte público agobiante, un sistema de salud en el suelo, y a millones de venezolanos cumpliendo horarios de trabajo extenuantes sin un salario digno que les permita tener el más mínimo colchón de resistencia en su bolsillo.
Esperar respuestas eficientes de buenas a primeras o empatía de quienes dirigen el Estado es una ilusión estéril. Los mismos responsables y corresponsales de la tragedia histórica que padece nuestro pueblo no poseen la pericia ni la genuina voluntad política para estar a la altura de una emergencia de esta magnitud. Lo han defenestrado todo en función de sus intereses particulares, y así seguirán actuando. La tragedia del pueblo no es la tragedia de las cúpulas. Mientras........
