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El socialismo después de la IA

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La inteligencia artificial (IA) plantea un desafío al pensamiento socialista, que suele tratar la tecnología como instrumento neutral, que bastaría redirigir hacia mejores fines. Pero la IA no es una tabula rasa donde proyectar valores: los genera en su interior. No se trata de un objeto a gobernar, sino de un campo de experimentación colectiva, donde nuevas formas de vida se ensayan, se habitan y se rehacen.

Imagen: Getty images.

La inteligencia artificial (ia) ha despertado un tipo poco común de curiosidad popular. No solo entre inversores y emprendedores tecnológicos, sino también entre personas que abren un navegador, escriben una pregunta y sienten –por inexacto que esto sea– que algo del otro lado piensa con ellas. Esa fenomenología importa. Más allá de lo que opinemos sobre el hype, las alucinaciones o la estructura accionarial de Openai, la ia llega como una tecnología cuyos usos se descubren después de su despliegue, cuyos límites son porosos y cuyos efectos secundarios aparecen en lugares para los que nadie la diseñó. «Generativa» no es solo una palabra de marketing; nombra una inestabilidad real.

Para los socialistas, esta inestabilidad plantea un desafío específico. Y sus reflejos son conocidos: regular plataformas, gravar beneficios extraordinarios, nacionalizar las empresas líderes, conectar sus modelos a un aparato de planificación. Pero si el socialismo ha de ser algo más que capitalismo con paneles de control más amables –si de verdad es un proyecto para rehacer colectivamente la vida material, y no solo para redistribuir sus resultados–, tiene que responder a una pregunta más difícil: ¿puede ofrecer una forma mejor de convivir con esta tecnología que la que ofrece el capitalismo? ¿Puede proponer una forma de vida distinta y deseable, y no solo una porción más justa de lo que el capital ya ha producido?

Cuando el problema se plantea así, aparece algo embarazoso. Para una tradición obsesionada con maximizar las fuerzas productivas, el socialismo fue llamativamente rápido a la hora de dejar algunas de ellas fuera de la política. Trata la tecnología como un kit neutral destinado a insertarse en instituciones mejores una vez que estas existan. Tomemos los ferrocarriles, las centrales nucleares o los modelos de lenguaje: si el capitalismo los usa mal, el socialismo promete orientarlos finalmente al bien común. La pregunta real, sin embargo, es si incluso la teoría socialista más reciente y ambiciosa logra escapar a esta limitación, o si reproduce la neutralidad en un nivel más sofisticado.

I. La propuesta de Aaron Benanav de una «economía multicriterial», desarrollada en dos extensos ensayos en New Left Review, ofrece un caso de prueba1. Su diagnóstico es que tanto el capitalismo como el socialismo de Estado clásico se organizan alrededor de una optimización de «criterio único»: el primero en torno de la ganancia y el segundo, del producto bruto. Eso funcionó, de manera despiadada, mientras el crecimiento del pib podía servir como justificación. En una era de estancamiento, colapso ecológico y crisis de los cuidados, ya no lo hace, al menos en el Norte global (lamentablemente, las particularidades del Sur global casi no figuran en su análisis). Benanav quiere una democracia económica que tome en serio, desde el inicio, múltiples objetivos inconmensurables. La sostenibilidad ecológica, la calidad del trabajo, el tiempo libre y los cuidados se tratan como bienes distintos que no pueden comprimirse en un único índice. El equilibrio entre ellos se compone y recompone mediante elecciones políticas explícitas, en lugar de ser descubierto por el mercado o por un algoritmo central. Con ese fin, propone un sistema monetario dual. Las personas recibirían créditos no transferibles para consumo personal y un ingreso básico; las empresas y los organismos públicos operarían con «puntos» que solo podrían usarse para inversión y producción. La inversión ya no provendría de ganancias retenidas, sino de «consejos de inversión» gobernados democráticamente, que asignarían puntos a los proyectos según múltiples criterios.

En este modelo, la coordinación queda en manos de consejos sectoriales y regionales de trabajadores, consumidores, representantes comunitarios y expertos. Estos se apoyan en una «matriz de datos», un sistema abierto de estadísticas y modelización, gobernado democráticamente, que sigue flujos, mapea límites ecológicos y sociales y vuelve visibles los trade-offs: si descarbonizamos a tal ritmo, construimos tantas viviendas y reducimos la semana laboral en tal medida, esto es lo que ocurre. Los mercados persisten, pero pierden su lógica de ganancia. Las empresas no pueden acaparar ganancias ni decidir el rumbo de largo plazo de la economía; compiten por desempeño según métricas democráticamente elegidas, no por beneficios para accionistas privados. Las «asociaciones técnicas» organizan el trabajo, la formación y los conocimientos especializados entre sectores.

Benanav insiste en que los valores no son fijos. Apoyándose en el polímata austriaco Otto Neurath, el filósofo pragmatista estadounidense John Dewey y otros, sostiene que las prioridades evolucionan a través del conflicto, el aprendizaje y la experiencia. Los planes deben revisarse, los criterios ajustarse y las instituciones reconstruirse a la luz de lo que ocurre. El socialismo, en su visión, es intrínsecamente experimental. Incluso reserva un «sector libre», financiado públicamente, para que artistas, movimientos y asociaciones exploren nuevas formas de vida y de valor, devolviendo sus innovaciones a los criterios oficiales.

Como descripción de instituciones poscapitalistas, esto es inusualmente detallado. Pero descansa sobre un supuesto: que los fracasos históricos del socialismo fueron fracasos procedimentales –demasiado poca democracia, un criterio de optimización demasiado burdo–. ¿Y si el problema fuera más profundo? Si dirigimos una tecnología inestable como la ia a la arquitectura cuidadosamente trazada de Benanav, aparecen grietas que ningún procedimiento democrático alcanza a sellar.

II. La dificultad no reside en un plano en particular; es estructural. El pensamiento socialista se organizó en torno de una serie de dicotomías –fuerzas productivas/relaciones de producción, base/superestructura, medios/fines– y, en cada caso, se colocó la tecnología del lado neutral e instrumental: la cinta transportadora, la central nuclear, el modelo de lenguaje. Bajo el capitalismo, la clase equivocada pone esa maquinaria al servicio de sus propios fines; bajo el socialismo, la misma maquinaria se redirige hacia objetivos mejores.

Una rica tradición crítica, en gran medida en campos adyacentes al socialismo, rechaza esta tesis de la neutralidad. Herbert Marcuse mostró que la tecnología incorpora dominación, no solo la sirve. Harry Braverman (citado por Benanav) mostró cómo la maquinaria taylorista descalifica por diseño a los trabajadores. David Noble fue más lejos y demostró que la automatización misma no estaba técnicamente determinada: cuando existían múltiples caminos, el capital eligió sistemáticamente aquellos que transferían conocimiento del taller a la gerencia, incluso a costa de la eficiencia. Desde otra dirección, Cornelius Castoriadis sostuvo que la tecnología capitalista materializa un imaginario capitalista –expansión ilimitada, dominio racional,........

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