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Recordar o habitar: 55° aniversario del Frente Amplio uruguayo

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13.02.2026

Juventud, militancia y la pregunta por el conflicto.

El 55° aniversario del Frente Amplio uruguayo (FA) no ocurrió cuando ocurrió. Ocurrió después. Se desplazó unos días, se acomodó a un sábado, se alojó en una ciudad pequeña. Ese corrimiento -temporal, espacial, simbólico- no es un detalle logístico ni una anécdota de agenda: es una forma. Y como toda forma política, dice algo antes de que se pronuncie una sola palabra desde el escenario. El FA nació un 5 de febrero como gesto de irrupción, como condensación intempestiva de voluntades dispersas; conmemorarlo dos días después no lo desmiente, pero lo reubica. Y eso ocurrió solo el año pasado y éste desde la caída de la dictadura. Nos obliga a preguntar qué tipo de tiempo habita hoy la fuerza política que alguna vez hizo del desajuste histórico su marca de origen.

Un aniversario redondo celebrado fuera de fecha, en una ciudad menor, sin un dispositivo nacional simultáneo capaz de producir densidad política, aparece menos como elección estratégica que como expresión de una dificultad persistente para convertir la efeméride en acontecimiento, la memoria en movilización, la historia en presente activo.

Juan Lacaze, con su espesor obrero, nuestro propio alcalde y su memoria industrial, no es el problema. Al contrario: su sola mención convoca una tradición de trabajo, lucha y organización que dialoga de manera natural con la genealogía frentista. Pero justamente por eso, cargar sobre esa localización toda la explicación equivale a desplazar la pregunta. No se trata de dónde se hizo el acto, sino de qué tipo de acto fue posible -y cuál no- en el estado actual del FA. Cuando la conmemoración parece necesitar justificarse por el territorio que la alberga, algo del dispositivo conmemorativo ya está fallando.

Este febrero no habla tanto del pasado que se recuerda como del presente que cuesta organizar. La convocatoria existe, pero no desborda; la palabra circula, pero sin espesor conflictivo. No es nostalgia lo que asoma en este desfase, sino una pregunta política más incómoda: qué se ha ido desarticulando en el pasaje del movimiento al gobierno cuando el pulso colectivo se vuelve procedimiento, de la épica fundacional a la administración prudente, de la unidad trabajosa a la unidad declamada. La pregunta queda ahí, suspendida, como un eco que no busca respuesta inmediata sino condiciones para volver a ser formulada colectivamente.

Toda conmemoración es una escena política condensada. No sólo por lo que recuerda, sino por lo que omite; no sólo por lo que convoca, sino por lo que deja fuera del encuadre. En ese sentido, los aniversarios funcionan como pruebas de esfuerzo: tensionan la relación entre pasado y presente, entre identidad y práctica, entre memoria organizada y cuerpo movilizado. Cuando esa tensión se resuelve en un gesto administrado, sin riesgo ni fricción, lo que aparece no es serenidad política sino una forma de fatiga. No el cansancio de quienes lucharon demasiado, el agotamiento más silencioso de formas que siguen en pie, pero ya no transmiten energía ni interpelan.

El FA supo convertir sus aniversarios en actos de afirmación colectiva, incluso en contextos adversos. No porque cada febrero fuera multitudinario, sino porque lograba inscribir la fecha en una narrativa de conflicto, de proyecto y de porvenir. Hoy, en cambio, la efeméride parece suspendida entre la obligación institucional y la nostalgia, como si recordar se hubiera vuelto una tarea rutinaria y no una operación política, como archivar fotos de cumpleaños.

Este desplazamiento no puede leerse como un simple efecto de época, aunque el debilitamiento seductor de izquierdas y progresismos no es exclusivamente uruguayo, ni como una consecuencia inevitable del pasaje por el gobierno. O, en otros términos, sólo puede leerse así si se acepta que gobernar implica resignar, casi naturalmente, la producción de conflicto, la pedagogía política y la construcción de sujetos colectivos. Pero esa aceptación nunca fue parte del ADN frenteamplista. La fuerza nació precisamente como una anomalía: una articulación heterogénea capaz de disputar poder sin clausurar la movilización, de gestionar sin desactivar la crítica, de gobernar sin renunciar a la incomodidad que toda transformación exige.

No es la primera vez que esta inquietud emerge en torno a un aniversario. Tampoco es la primera vez que se la intenta disipar con argumentos circunstanciales, apelaciones al contexto o explicaciones tranquilizadoras. Desde hace años, con distintos tonos y en escenarios diversos, la preocupación por la pérdida de densidad militante, por la dificultad creciente para convocar y por el angostamiento de la vida política en las bases reaparece como un hilo persistente. No como lamento ritual, sino como señal persistente. Señal que suele ser leída -cuando se la escucha- como exageración, impaciencia o nostalgia mal digerida, y que sin embargo cada febrero vuelve, obstinada, como esas mariposas que reaparecen siempre como dueñas del calendario.

Mientras el aniversario transcurría sin acto central en la capital y se desplazaba hacia el fin de semana siguiente, esa inquietud tomó la forma de un mensaje dirigido a compañeros y compañeras. No fue una intervención pública pensada para instalar polémicas, sino un gesto situado, casi inmediato, escrito en el mismo tiempo en que la efeméride se cumplía sin cumplirse. Allí ya aparecían las mismas preguntas que hoy se reordenan con otros materiales: la dificultad para producir convocatoria real, la transformación del acto político en evento administrado, la sensación de que algo esencial se estaba perdiendo incluso antes de que comenzara el acto en sí.

Pero hay un punto en el que la preocupación deja de ser cuantitativa -cuántos somos, cuántos vienen- y se vuelve cualitativa, estructural, y por eso más........

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