menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El último umbral

16 0
30.04.2026

Manuela Sáenz sostenía la carta entre sus dedos, pero no la leía. La conocía de memoria: cada trazo tembloroso de la pluma de Simón, cada palabra dicha desde el exilio interior de su cuerpo derruido. "¡Manuela, has hecho locuras por mí!", decía el papel, y ella sonreía siempre en el mismo punto, como si escuchara su voz rota por la fiebre.

Afuera, en la hacienda de Pativilca, el viento del Perú se llevaba los ecos de una guerra que ella había recorrido a caballo, con el sable en la cintura y el polvo de los caminos en el alma. Pero ahora Simón estaba en Santa Marta,

y Manuela sentía en las costillas el mismo frío que debía de trepar por los muros de la Quinta de San Pedro Alejandrino.

—No iré —se dijo en voz alta, y la frase sonó a condena.

Llevaba tres días repitiéndola. Se le había metido esa idea como una astilla en el dedo: huir de la alegría suele ser más fácil que mirar de frente cuando se acaba. Porque para Manuela, ser feliz se llamaba Simón, aunque ya estuviera medio muerto. Ir a Santa Marta era aceptar que el sol se apagaba, que el amor inmenso se convertiría en una caja de madera y un traje militar con las charreteras desteñidas.

Recordó la primera vez que lo vio en Quito, en 1822. Él vestía de azul y oro, y ella llevaba el uniforme de los Húsares del Perú. No hubo presentación formal: se miraron como quien reconoce........

© Aporrea