menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La muerte por degradación: Tres miradas sobre el ocaso del capitalismo

21 0
01.04.2026

La pregunta por el fin del capitalismo ha dejado de ser una especulación apocalíptica para convertirse en un diagnóstico recurrente en las ciencias sociales contemporáneas. Wolfgang Streeck, sociólogo alemán y director emérito del Instituto Max Planck, propone una imagen inquietante: el capitalismo no será abolido por una revolución triunfante, sino que morirá lentamente por "degradación", víctima de una sobredosis de sí mismo, en un proceso de descomposición interna que ya está en marcha.

Este diagnóstico orgánico, que concibe al sistema económico como un cuerpo vivo que atraviesa fases de crecimiento, florecimiento y decadencia, establece un diálogo implícito con dos tradiciones de pensamiento aparentemente divergentes: la morfología histórica de Oswald Spengler y el marxismo heterodoxo de Carlos X. Blanco. Spengler, el filósofo alemán que en La decadencia de Occidente (1918) concibió las culturas como organismos con ciclos vitales predeterminados, ofreció un modelo que, aunque no marxista, comparte con Streeck la metáfora biológica y el diagnóstico de un ocaso ineludible. Por su parte, Blanco representa una corriente que busca recuperar el núcleo racional del marxismo —su crítica del capitalismo como modo de producción— despojándolo de sus adhesiones progresistas y rearticulándolo con categorías provenientes del pensamiento tradicionalista y la geopolítica.

El presente ensayo sostiene que, pese a sus profundas diferencias metodológicas e ideológicas, estos tres autores confluyen en un diagnóstico común: el capitalismo occidental (o la civilización que lo sustenta) ha entrado en una fase terminal caracterizada por la degradación interna, la pérdida de vitalidad y la incapacidad de regenerarse. Sin embargo, divergen radicalmente en sus explicaciones causales —económica para Streeck, civilizatoria para Spengler, geopolítica y cultural para Blanco— y, sobre todo, en sus horizontes normativos: mientras Streeck se limita a describir un interregno sin sujeto histórico, Spengler acepta estoicamente el destino y Blanco propone una estrategia de construcción de bloques soberanistas como vía de superación.

Wolfgang Streeck: El capitalismo como sistema en descomposición

La tesis del interregno

La contribución fundamental de Streeck al debate sobre el fin del capitalismo consiste en desplazar la atención del "evento revolucionario" al "proceso de descomposición". En ¿Cómo terminará el capitalismo? (2014), el sociólogo alemán argumenta que "antes de que el capitalismo se vaya al infierno, permanecerá en el limbo en el futuro próximo, muerto o a punto de morir por una sobredosis de sí mismo pero todavía coleando, pues nadie tendrá el poder para quitar de en medio su cuerpo en descomposición". Esta imagen del "interregno" —tomada de Gramsci pero radicalmente resignificada— describe una situación paradójica: el viejo orden ya no funciona, pero el nuevo aún no ha nacido, y lo que se instala es un período de inestabilidad crónica, ingobernabilidad y desintegración social.

La originalidad de Streeck radica en su afirmación de que el capitalismo contemporáneo se desmorona no por la acción de una oposición organizada, sino "debido al éxito del capitalismo y a las contradicciones internas intensificadas por ese éxito; el capitalismo ha superado a sus oponentes y en ese proceso se ha hecho más capitalista de lo que le convenía". Esta "victoria pírrica" ha eliminado las fuerzas que podían contenerlo —sindicatos fuertes, estados de bienestar, regulaciones democráticas— y, al hacerlo, ha destruido las condiciones de su propia estabilidad.

Los cinco jinetes del apocalipsis

Streeck identifica cinco tendencias sistémicas que, actuando sinérgicamente, están desintegrando el capitalismo avanzado desde dentro:

1. Estancamiento crónico: El declive persistente de las tasas de crecimiento económico desde los años setenta, que las políticas monetarias expansivas no logran revertir sino a costa de generar nuevas distorsiones.

2. Redistribución oligárquica: Un proceso de transferencia sistemática de recursos desde las clases trabajadoras y medias hacia las élites financieras, que ha alcanzado niveles de desigualdad comparables a los del siglo XIX. Streeck señala que "la desigualdad sistémica ha alcanzado tal nivel que los más ricos pueden considerar que su destino se ha vuelto independiente del destino de las sociedades de las que extraen su riqueza".

3. Saqueo del dominio público: La creciente deuda estatal, utilizada políticamente para justificar recortes del gasto social y privatizaciones, transfiere recursos públicos a manos privadas mientras erosiona la capacidad del Estado para cumplir funciones redistributivas.

4. Corrupción sistémica: No como anomalía puntual, sino como "infección" estructural en la lucha competitiva por recompensas cada vez mayores para el éxito individual, que genera una cultura de degradación moral generalizada.

5. Anarquía global: La desregulación financiera internacional ha creado un espacio sin gobierno efectivo, donde los capitales se mueven libremente mientras los estados nacionales han perdido capacidad de control, invirtiendo la relación clásica: "ahora los Estados están situados dentro de los mercados, en vez de los mercados dentro de los Estados".

La ruptura del pacto capitalismo-democracia

Un eje central del análisis de Streeck es la progresiva desarticulación del "matrimonio de conveniencia" entre capitalismo y democracia que caracterizó la edad de oro de la posguerra. Durante las tres décadas posteriores a 1945, el crecimiento económico relativamente igualitario y la expansión del estado de bienestar habían creado la ilusión de una compatibilidad fundamental entre ambos sistemas. Sin embargo, desde los años setenta, el capital financiero globalizado ha ido sustrayéndose progresivamente al control democrático, dando lugar a lo que Streeck denomina "postdemocracia": un régimen donde las decisiones fundamentales sobre distribución de recursos son tomadas por bancos centrales, organismos internacionales y reuniones intergubernamentales, mientras que la política electoral se reduce a debates estériles sobre cuestiones culturales y estilos de vida.

Esta "desconexión" tiene consecuencias profundas para la estabilidad sistémica. La democracia pierde su función redistributiva y se convierte en una mera fachada legitimadora. Los ciudadanos, abandonados a su suerte, desarrollan estrategias de supervivencia individual que Streeck sintetiza en cuatro verbos ingleses: coping (afrontar la adversidad con paciencia), hoping (creer ilusoriamente en un futuro mejor), doping (recurrir a ayudas externas, incluyendo drogas) y shopping (refugiarse en el consumismo).

El problema del sujeto histórico

Streeck es implacablemente pesimista respecto a la posibilidad de una salida organizada hacia un orden postcapitalista. A diferencia de la tradición marxista clásica, no identifica ningún sujeto histórico capaz de protagonizar la transición. Los trabajadores del Norte global se han convertido, como consumidores, en cómplices de la explotación de los trabajadores del Sur. Los sindicatos han sido domesticados o cooptados. Las nuevas izquierdas carecen de programa económico coherente. El resultado es un capitalismo que se desintegra sin que nadie tenga el poder ni la visión para reemplazarlo.

Esta constatación lleva a Streeck a una posición metodológica peculiar: para concebir el fin del capitalismo, sostiene, "no debería ser necesaria ni una visión utópica de un futuro alternativo ni una previsión sobrehumana". Basta con reconocer que el sistema ha perdido su capacidad de auto-reproducción sostenible, previsible y legítima. El capitalismo, paradójicamente, "puede autodebilitarse por un exceso de éxito".

Oswald Spengler: La morfología de las culturas y el ocaso de Occidente

La cultura como organismo

Publicado entre 1918 y 1923, La decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes) representa uno de los intentos más ambiciosos de la filosofía de la historia por superar el esquema lineal progresista que dominaba el pensamiento europeo desde el siglo XVIII. Spengler propone una "morfología comparativa de las culturas": cada cultura es un organismo vivo que nace, crece, florece y muere, atravesando un ciclo vital de aproximadamente mil años.

La cultura occidental, que Spengler denomina "fáustica" por su aspiración al infinito —manifiesta en la música de Bach o en el cálculo diferencial—, habría entrado ya en su fase final, la de "civilización". En el vocabulario spengleriano, este término no designa un estadio superior de desarrollo, sino justamente lo contrario: la petrificación de la cultura viva en formas técnicas, burocráticas y urbanas que han perdido su alma creadora. La gran ciudad cosmopolita, el predominio del dinero abstracto, la democracia de masas, el imperialismo y la guerra mundial son, para Spengler, los síntomas inequívocos del ocaso.

El método morfológico

La originalidad del enfoque spengleriano reside en su rechazo de las periodizaciones tradicionales (Edad Antigua, Media, Moderna) por considerarlas provinciales y eurocéntricas. En lugar de una historia lineal que culmina en Occidente, Spengler propone la coexistencia de culturas independientes —egipcia, india, babilónica, china, clásica (apolínea), árabe (mágica), occidental (fáustica), entre otras— cada una de las cuales desarrolla su propia "alma" y sus propias formas simbólicas. Estas culturas son incomparables en su singularidad, pero isomórficas en su estructura temporal: todas pasan por las mismas estaciones biológicas.

Este organicismo tiene implicaciones profundas. Primero, niega cualquier sentido de progreso acumulativo: el Renacimiento no es superior a la Atenas de Pericles, sino simplemente diferente. Segundo, implica un determinismo histórico: así como un organismo no puede saltarse la vejez, una cultura no puede escapar a su destino. Tercero, otorga a la historia universal una dimensión trágica: las grandes creaciones del espíritu humano —el arte, la ciencia, el Estado— están condenadas a perecer con la cultura que las alumbró.

El diagnóstico de la civilización tardía

Spengler describe la fase civilizatoria —la que Occidente estaría atravesando desde el siglo XIX— mediante una serie de rasgos que presentan notables analogías con el diagnóstico de Streeck sobre el capitalismo tardío:

- Predominio de lo cuantitativo sobre lo cualitativo: La civilización es la era de los números, las estadísticas, las leyes mecánicas. El dinero se convierte en el valor supremo, reduciendo todas las relaciones humanas a transacciones.

- Desaparición del "alma" de la ciudad: La ciudad orgánica, centrada en la catedral o el ágora, es reemplazada por la megalópolis cosmopolita, donde los individuos viven en "una masa informe y flotante", desarraigados y anónimos.

- Imperialismo y guerra total: Las culturas en su fase final expanden su poder sobre otras, pero esta expansión es síntoma de debilidad interna, no de vitalidad. El imperialismo es, para Spengler, "la forma última de la política de las civilizaciones", el intento desesperado de un organismo que, sabiéndose moribundo, se aferra a la dominación externa.

- Democratización y nivelación: La masa, desprovista de tradición y jerarquía, irrumpe en la política, pero esta irrupción no trae libertad sino tiranía de la opinión pública y emergencia de líderes cesaristas.

Spengler describió, en un pasaje célebre, la conexión profunda entre formas aparentemente inconexas: "quién sabe que existe una profunda conexión formal entre el cálculo diferencial y el principio dinástico del Estado en la época de Luis XIV; o entre la perspectiva del espacio, en la pintura occidental, y la superación del espacio por ferrocarriles, teléfonos y armamentos; o entre la música instrumental contrapuntística y el sistema económico del crédito".

Spengler frente al marxismo

Es crucial subrayar que Spengler no era marxista, aunque sí socialista (como subrayó Blanco en sus trabajos) y que su diagnóstico difiere en lo fundamental del de Streeck y Blanco. Para Spengler, el motor de la historia no es la lucha de clases ni la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, sino el destino inmanente de cada cultura. El capitalismo no es para él un modo de producción históricamente determinado y superable, sino la expresión económica de una determinada forma de alma —la fáustica— en su fase terminal. Por tanto, el "ocaso de Occidente" no es la muerte del capitalismo, sino la muerte de toda una civilización, incluido cualquier proyecto postcapitalista que pudiera surgir de ella.

Esta diferencia tiene consecuencias normativas radicales. Mientras Streeck aún especula sobre la posibilidad de "desglobalizar" el capitalismo para someterlo nuevamente a control democrático, Spengler no ofrece ninguna salida. Su obra es un ejercicio de aceptación estoica del destino: el hombre de la civilización tardía no puede hacer otra cosa que reconocer su situación y, quizás, elegir la "solución prusiana" —disciplina, técnica, guerra— como forma de sobrellevar la decadencia con dignidad. Esta posición, que algunos críticos han calificado de "fascista avant la lettre", ha sido objeto de controversia, pero es indisociable de su organicismo radical. No obstante, Blanco ha subrayado que su "socialismo prusiano" está más próximo a los valores aristocráticos de la Revolución Conservadora Alemana que a cualquier clase de fascismo, y sus apelaciones al socialismo son claramente desprejuiciadas. Spengler no puede ser ubicado ni en la izquierda ni en la derecha, estas categorías son muy confusas. La Voluntad de Poder en un Partido Socialista o en un líder obrero no es desdeñable, como la de un Papa, un general, un monarca o un capitán de la industria. Según la fase histórica que una civilización recorra, como la nuestra, los agentes dotados de Poder cambian de perfil y máscara, pero siempre existen. Además, "Occidente", en su fase postrimera, es inevitablemente socialista. Es el destino. Por ello, Spengler sigue siendo poco leído y, menos aún, comprendido. Como ocurre con otras figuras neciamente demonizadas por la izquierda (Carl Schmitt, Thorstein Veblen, Alain de Benoist o Costanzo Preve), Spengler es una referencia inexcusable para articular un movimiento europeo anti-occidental y anticapitalista.

Carlos X. Blanco: Marxismo tradicionalista y socialismo multipolar

La crítica de la izquierda progresista

Carlos X. Blanco, filósofo español discípulo de Costanzo Preve, representa un intento singular de articular marxismo y pensamiento tradicionalista. Su punto de partida es una crítica implacable a lo que denomina la "izquierda psicótica" o "progresismo posmoderno": el conjunto de movimientos —feminismo radical, activismo LGBTQ+, multiculturalismo, animalismo— que, bajo la bandera de la emancipación, habrían sido funcionales al capitalismo neoliberal al fragmentar la clase trabajadora y erosionar los lazos comunitarios.

Blanco sostiene que esta "izquierda desmarxistizada" ha abandonado el núcleo racional del marxismo —el análisis de las leyes del capitalismo y la lucha por la justicia social— para refugiarse en "derechos de bragueta" y demandas identitarias que no solo son compatibles con el capitalismo, sino que lo fortalecen. "Un obrero en paro, en un barrio invadido y degradado", escribe, "¿debería movilizarse por que las mujeres ejecutivas de sueldos astronómicos disfruten de paridad en los consejos de las grandes corporaciones, o porque una pareja 'homo' pueda pagar grandes fajos de billetes a una esclava con vientre de alquiler?". La respuesta implícita es negativa: estas demandas, lejos de desafiar al capital, lo presuponen.

El marxismo como realismo ontológico

Frente a esta degeneración, Blanco propone una vuelta al "marxismo auténtico", que identifica con un "realismo elevado a la enésima potencia". En su lectura, Marx no fue un teórico de la revolución violenta ni un defensor del materialismo vulgar, sino un filósofo hegeliano que comprendió que "todo lo real es racional, y todo lo racional es real". El capitalismo, al ser comprendido intramundanamente por una teoría, se vuelve susceptible de ser superado. Pero esta superación —que Blanco denomina "Revolución en sentido metapolítico, vale decir, ontológico"— no es un evento puntual sino un proceso de maduración de las contradicciones.

Lo más provocativo de la posición de Blanco es su afirmación de que "Marx no fue de izquierdas" en el sentido contemporáneo del término. Marx deseaba universalizar los bienes materiales y espirituales que la burguesía había desarrollado —educación, higiene, arte, ciencia, salud—, no destruir la civilización ni atomizar la comunidad. Por eso, sostiene Blanco, un marxismo consecuente debe defender "valores de derecha" (familia, patria, religión, identidad) con "ideas de izquierda" (justicia social, redistribución, crítica del capital). Esta síntesis, que algunos críticos han calificado de "neorrancia", es presentada por Blanco como la única vía para superar el callejón sin salida de la bipolaridad izquierda-derecha.

La teoría del conflicto estratégico

El análisis del capitalismo tardío en Blanco incorpora elementos de geopolítica realista que lo acercan a la tradición de Carl Schmitt y, curiosamente, a algunos diagnósticos de Streeck. Para Blanco, el capitalismo contemporáneo ya no es principalmente un sistema económico nacional, sino un orden geopolítico global dominado por lo que denomina el "bloque occidental atlantista", cuyos ejes serían Estados Unidos, la OTAN y el capital financiero angloamericano.

La superación de este orden no puede venir, según Blanco, de la lucha de clases en sentido tradicional, porque la clase obrera occidental está dividida, despolitizada y cooptada por el consumismo. En su lugar, propone una "teoría del conflicto estratégico" (cuyo creador fue Gianfranco La Grassa y es seguida por Gianni Petrosillo, su discípulo directo): la dinámica fundamental del capitalismo avanzado no es tanto la lucha entre capital y trabajo, sino la competencia entre "agentes estratégicos" —bloques de poder financiero-industrial, Estados o alianzas interestatales— por dominar los puntos nodales de la economía-mundo.

Esta reorientación tiene consecuencias prácticas. La tarea inmediata no es la revolución global, sino la creación de contrapesos soberanos que debiliten al bloque occidental desde dentro y desde su periferia. Blanco identifica tres frentes prioritarios:

1. La re-soberanización de naciones europeas como España, Italia y Francia, promoviendo bloques soberanistas que rechacen el belicismo de la OTAN y el neoliberalismo impuesto por el eje germano-atlantista.

2. La formación de un bloque estratégico en el Cono Sur de América, un polo autónomo que rompa con la Doctrina Monroe y colabore de igual a igual con el bloque eurasiático.

3. Una articulación transversal que defienda las tradiciones populares y la soberanía nacional frente a la ideología individualista y transnacional del capitalismo liberal.

El "socialismo multipolar"

El horizonte normativo de Blanco es un "socialismo multipolar" que, a diferencia del internacionalismo proletario clásico, acepta la persistencia de los estados nacionales como unidades políticas fundamentales. Este socialismo no sería comunista en el sentido de la abolición del Estado y las clases, sino una forma de capitalismo regulado por estados soberanos que prioricen el interés nacional y la justicia social sobre la rentabilidad financiera global.

Es importante señalar que esta posición, aunque se reclama del marxismo, se distancia considerablemente de la tradición marxista ortodoxa. Mientras que para Marx el capitalismo es un sistema mundial que trasciende las fronteras nacionales, Blanco parece creer que es posible construir socialismos nacionales que coexistan en un orden multipolar.

Convergencias fundamentales

Pese a sus diferencias ideológicas y metodológicas, Streeck, Spengler y Blanco comparten una constelación de diagnósticos que permite hablar de una "familia" de pensadores del ocaso.

La metáfora orgánica de la descomposición. Los tres autores rechazan las teorías del colapso repentino o la revolución violenta en favor de una imagen de deterioro gradual e interno. Streeck habla de "descomposición", Spengler de "civilización" como fase final de la cultura, Blanco de "degradación" del tejido social. En todos los casos, el fin no es un evento sino un proceso, y la causa no es externa (un enemigo victorioso) sino interna (agotamiento de la vitalidad).

El diagnóstico de la crisis de la democracia liberal. Los tres autores coinciden en que las instituciones democráticas han perdido su capacidad para regular el capitalismo. Para Streeck, esto es resultado de la fuga del capital hacia la esfera global; para Spengler, es la "democratización" entendida como nivelación de masas; para Blanco, es la "oclocrática" o gobierno de la opinión pública manipulada por élites mediáticas. En los tres casos, la conclusión es que la democracia representativa se ha convertido en una forma vacía, incapaz de cumplir sus promesas igualitarias.

La ausencia de un sujeto histórico alternativo. Streeck, Spengler y Blanco comparten un pesimismo respecto a la posibilidad de una transición organizada hacia un orden postcapitalista. El proletariado, para Spengler, es parte de la masa informe de la civilización tardía, sin capacidad creadora. Para Streeck, está dividido por el consumismo y la globalización. Para Blanco, ha sido desmovilizado por el progresismo identitario. Esta constatación, que en Streeck lleva a una actitud de expectación pasiva ("el capitalismo se desintegrará solo"), en Blanco conduce a una búsqueda sin fin de nuevos sujetos históricos en el plano geopolítico.

Divergencias irreductibles

El motor de la historia. Aquí la diferencia es más radical. Para Spengler, el motor es el destino inmanente de cada cultura, un "sino" que ningún sujeto humano puede alterar. Para Streeck, aunque existen tendencias sistémicas, estas no son ineludibles: la desglobalización y la reconstrucción de controles democráticos son teóricamente posibles, aunque políticamente improbables. Para Blanco, el motor es la lucha estratégica entre bloques de poder, y el desenlace depende de la capacidad de construir alternativas soberanistas. Esta diferencia se refleja en el estilo literario de cada autor: Spengler es profético y apocalíptico, Streeck es analítico y cautelosamente pesimista, Blanco es polémico y programático, sin dejar de ser analítico.

El estatuto del capitalismo. Mientras que para Streeck y Blanco el capitalismo es un modo de producción históricamente determinado —surgido en condiciones específicas y, por tanto, superable—, para Spengler el "capitalismo" es simplemente la forma económica que adopta la cultura fáustica en su fase civilizatoria. La distinción es crucial: para Spengler, la muerte del capitalismo es indistinguible de la muerte de Occidente; para Streeck y Blanco, podría haber vida después del capitalismo, aunque bajo formas aún indeterminadas. Spengler, en este sentido, es más radicalmente pesimista: no ofrece ninguna esperanza de un orden postcapitalista porque, simplemente, después de la civilización solo viene la barbarie.

El papel de la cultura y la identidad. Aquí Blanco se distancia tanto de Streeck como de Spengler. Para Streeck, las cuestiones culturales e identitarias son secundarias respecto a la dinámica económica fundamental; las batallas culturales contemporáneas (feminismo, multiculturalismo) son, en el mejor de los casos, distracciones y, en el peor, instrumentos de fragmentación de la clase trabajadora. Para Spengler, la cultura es el nivel fundamental de análisis; la economía es solo su expresión. Para Blanco, la defensa de la identidad nacional, la familia y la religión es un componente esencial de la lucha anticapitalista, no una distracción. Esta es una de las razones por las que su pensamiento resulta tan provocativo para la izquierda convencional y tan atractivo para sectores de la derecha identitaria, a pesar de que es un reconocido marxista.

Conclusión: Tres diagnósticos para una misma enfermedad

El ejercicio comparativo aquí propuesto revela algo más que la simple coexistencia de tres teorías del ocaso. Revela una constelación intelectual que, desde diferentes orillas ideológicas, converge en un diagnóstico común: el orden social que hemos conocido como capitalismo democrático occidental está agotado, y su muerte —si es que podemos llamarla así— no será una revolución sino una lenta y penosa descomposición.

Streeck ofrece el análisis más riguroso desde la economía política: el capitalismo ha destruido las fuerzas que podían contenerlo y, al hacerlo, ha socavado sus propias condiciones de estabilidad. Spengler proporciona la perspectiva más amplia, situando la crisis actual en el marco de una morfología de las culturas que abarca milenios: lo que estamos viviendo no es una crisis más del capitalismo, sino el ocaso de toda una civilización. Blanco, finalmente, intenta rescatar del naufragio un proyecto político concreto, su "socialismo multipolar" : un Estado del Trabajo, una Comunidad Nacional Organizada, un Bandung para las naciones de Europa e Iberoamérica, que sirva para establecer relaciones pacíficas con los demás pueblos oprimidos por el imperialismo.

La pregunta que queda abierta es si esta convergencia diagnóstica puede traducirse en alguna forma de acción colectiva. Streeck es escéptico: el capitalismo se desintegrará solo, sin necesidad de que nadie lo empuje, pero también sin que nadie pueda guiar el proceso hacia un resultado deseable. Spengler es trágico: el destino de Occidente está sellado, y lo único que cabe es sobrellevar la decadencia con dignidad. Blanco es voluntarista: aún es posible construir alternativas soberanistas, aunque para ello haya que romper con casi todas las tradiciones de la izquierda y la derecha convencionales.

Quizás la lección más importante de este ejercicio comparativo es que el pensamiento del ocaso, en sus diversas variantes, nos obliga a abandonar dos ficciones igualmente consoladoras: la ficción del progreso indefinido (todo seguirá igual, solo que mejor) y la ficción de la revolución redentora (un evento transformará mágicamente todo). Lo que Streeck, Spengler y Blanco nos ofrecen, cada uno a su manera, es una invitación a pensar la transición no como evento sino como proceso, no como triunfo sino como agonía, no como construcción de un nuevo mundo sino como despedida del viejo. Y esa, quizás, es la tarea intelectual más urgente de nuestro tiempo.


© Aporrea