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La minería y los vericuetos de la transición

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12.03.2026

La realidad venezolana de este marzo de 2026 ha dejado de ser un tablero de confrontación ideológica para convertirse en una feria de transacciones pragmáticas. Las recientes visitas de altos funcionarios de la administración estadounidense, encabezadas por el Secretario del Interior, Doug Burgum, y el Secretario de Energía, Chris Wright, no trajeron manuales de democracia, sino contratos de suministro. Tras el apretón de manos en Miraflores, lo que emerge no es el bienestar del ciudadano, sino una reingeniería legal diseñada a la medida del capital transnacional que, en esta oportunidad, incluye a la corporación Gold Reserve Ltd.

El regreso de Gold Reserve Ltd., ahora empoderada para trastocar el caótico modelo del Arco Minero, marca un cambio sustancial. Se trata de una gentrificación minera que supone el desplazamiento total de la minería artesanal por los grandes proyectos industriales. Se busca desmantelar la anarquía local y el control irregular no para devolverle la soberanía al Estado, sino para instalar un modelo de explotación industrial vertical. El cuadro se completa con el acuerdo entre la estatal Minerven y Trafigura Group para el despacho masivo de oro doré hacia refinerías estadounidenses. Este esquema garantiza el flujo directo no solo de oro, sino de hierro y tierras raras, recursos que hoy son el pulmón de la industria pesada y tecnológica de los Estados Unidos.

La urgencia de Washington por asegurar toneladas de hierro para su producción de acero ha impuesto el acelerado ritmo de acuerdos que se firman en un abrir y cerrar de ojos, blindando la "seguridad jurídica" del inversionista mientras la seguridad social del trabajador permanece en un limbo absoluto.

Resulta perturbador observar la celeridad con la que el andamiaje jurídico sobre el oro, el hierro y las tierras raras es modificado. En un país donde la burocracia suele ser un pantano para el ciudadano común, la normativa minera se transforma en un parpadeo. Esta metamorfosis legal no parece ser fruto de un debate nacional, sino del cumplimiento de una hoja de ruta externa.

Se ha priorizado la Seguridad Jurídica del Inversionista ante la Soberanía sobre los Recursos Energéticos y Minerales. Al incluir las tierras raras, esenciales para la hegemonía tecnológica global, en este nuevo paquete de concesiones directas, Venezuela se posiciona no como un socio estratégico, sino como una despensa abierta donde las reglas del juego se escriben en despachos foráneos.

Lo más alarmante de esta "transición tutelada" es el silencio sepulcral sobre el bienestar social. En las minutas de Burgum y Wright no figuran cláusulas de indexación salarial, ni fondos para el sistema de salud, ni garantías para un Estado de Bienestar que hoy es un recuerdo borroso. Estamos ante la amenaza de un extractivismo de enclave con minas e industrias hiper-modernizadas con tecnología de punta, operadas por trabajadores con salarios de subsistencia. Son burbujas de eficiencia rodeadas por un desierto de incertidumbre.

Para muchos, este es un proceso estratégico necesario para garantizar la estabilidad institucional. Para las transnacionales es un negocio de alta rentabilidad. Para el país constituye un riesgo histórico porque estamos entregando nuestras reservas energéticas y minerales a cambio de una paz de élites. Si la estabilización económica del país pasa por convertir a Venezuela en una zona franca de recursos estratégicos sin una contraprestación social real, no estamos ante una recuperación del aparato productivo, sino ante la consolidación de un nuevo modelo de colonización. El desarrollo de una nación no se mide por las toneladas de hierro y oro que cruzan el Atlántico, sino por la calidad de vida de quienes con su trabajo hacen posible la producción.


© Aporrea