menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Ensayo sobre el Masoquismo, la Decadencia de Europa y la Voluntad de Autodestrucción

10 0
05.04.2026

I. Los fundamentos biológicos del masoquismo según Sabina Spielrein

Para comprender el vasto y sombrío panorama que se extiende ante nosotros, es menester partir de un descubrimiento que sacudió los cimientos mismos de la joven ciencia psicoanalítica: la noción, formulada por Sabina Spielrein, de que en lo más profundo del instinto sexual humano anida una pulsión paradójica, un deseo de sufrimiento que no es mera patología individual sino componente estructural de la vida anímica. Spielrein, discípula primero y después colega y también supuesta amante de Carl Gustav Jung, así como colaboradora de Sigmund Freud, desarrolló en su obra fundamental, "La destrucción como causa del devenir", una tesis tan audaz como perturbadora: junto a las pulsiones de autoconservación y reproducción, existe una pulsión de muerte que no busca la aniquilación pura y simple, sino una suerte de placer en el dolor, un goce en la autodestrucción que ella denominó, para desgracia de la terminología posterior, "masoquismo". Lo biológico, en su concepción, no se reduce a la mera tendencia a la vida; la célula no solo busca perpetuarse, sino que también contiene en sí misma el germen de su propia disolución, y de esa tensión entre el querer vivir y el querer morir nace, según Spielrein, la posibilidad misma del cambio, de la evolución, de la transformación. No se trata de una simple perversión, sino de un hecho biológico fundamental: el organismo debe, en cierto sentido, desear su propia aniquilación para poder renacer en una forma nueva, más compleja. El placer, en este marco, no es solo la satisfacción de una necesidad, sino también el alivio que acompaña a la descarga de la tensión acumulada, y la tensión última, la más radical, es la que separa al individuo de su propia muerte. Así, el masoquismo no sería sino el nombre que damos a la capacidad, inscrita en nuestra carne, de encontrar un placer ambiguo en el dolor, de buscar en la humillación una forma extraviada de liberación, y de abrazar la esclavitud como si fuera, paradójicamente, una expresión de la voluntad más íntima.

II. El homo europaeus como sujeto masoquista: la autodestrucción de 1914 a 1945

Si aplicamos esta lente spielreiniana a la historia de Europa en las primeras décadas del siglo XX, el espectáculo que se despliega ante nuestros ojos es el de un continente entero entregándose a un frenesí de autodestrucción que desafía cualquier explicación puramente racional o económica. ¿Qué otra cosa fueron las dos guerras mundiales sino un inmenso acto de masoquismo colectivo, una gigantesca puesta en escena de esa pulsión de muerte que Spielrein creyó identificar en el fondo del alma humana? El homo europaeus, que durante siglos había dominado el mundo con su técnica, su ciencia y su fe en el progreso, se lanzó entre 1914 y 1945 a una orgía de violencia sin precedentes, matando a decenas de millones de sus propios congéneres, arrasando sus ciudades, destruyendo su arte y su memoria, y finalmente sometiéndose a las más atroces humillaciones. No fue solo la lucha entre naciones o ideologías; fue, en un nivel más profundo, el triunfo de una voluntad de aniquilamiento que parecía brotar de las entrañas mismas de la civilización europea. Los soldados que corrían alegremente hacia las ametralladoras en 1914, los pueblos que aclamaban a dictadores que les prometían sufrimiento y grandeza, las sociedades enteras que aceptaban el hambre, el frío y la muerte como precio de su lealtad a símbolos vacíos: todo ello habla de un profundo masoquismo cultural, de una necesidad de castigo y de expiación que solo puede entenderse como la manifestación histórica de aquel hecho biológico del que hablaba Spielrein. Europa quiso destruirse a sí misma, y lo hizo con una eficacia y un entusiasmo que aún hoy nos llenan de estupor. Aunque fue la Anglosfera la causante de la muerte y humillación de Europa, y el Capitalismo el veneno mortal, ese deseo -alimentado por por sus enemigos y con el modo de producción como instrumento- era un deseo íntimo. El homo europaeus demostró, en aquellos treinta años de locura, que llevaba dentro de sí no solo al conquistador y al civilizador, sino también, y de manera prominente, al masoquista que encuentra en su propia aniquilación la forma más alta de placer.

III. La emigración masiva como nueva escenificación del masoquismo colectivo

Y he aquí que, en nuestros días, esta pulsión autodestructiva no ha desaparecido, sino que ha encontrado nuevas formas de expresarse, más sutiles, pero quizá más definitivas. El europeo contemporáneo, ese mismo que sobrevivió a las guerras y a los totalitarismos, parece haber decidido culminar su obra de siglos no ya mediante la violencia activa de los campos de batalla, sino mediante una suerte de suicidio demográfico y cultural pasivo, una disolución voluntaria en la marea de la emigración masiva que, procedente de África, de Asia y de Oriente Próximo, inunda sus tierras. Y aquí es donde debemos hacer la pregunta más incómoda, la que ningún político correcto se atreve a formular: si el homo europaeus acepta, e incluso promueve, la llegada masiva de poblaciones que no comparten su historia, su lengua, su religión ni sus costumbres; si permite que sus ciudades se transformen en mosaicos de culturas enfrentadas; si su propio estado de derecho es utilizado para desmantelar las fronteras que lo protegían; si, en suma, está dispuesto a diluirse, a desaparecer como sujeto histórico, ¿no estará mostrando con ello su deseo más íntimo, el que Spielrein identificó en el fondo de toda vida? ¿No estará buscando, en el fondo, ser él mismo el esclavo y el semental que cree traer de fuera? Porque el europeo que mira con condescendencia a los inmigrantes, que habla de su "diversidad" como de un adorno exótico, que se regocija en la culpa colonial y en la autocrítica perpetua, no es sino un masoquista que ha encontrado en la inmigración el látigo con el que flagelarse. Quiere ser dominado porque en el fondo ya no cree en su derecho a dominar; quiere ser invadido porque ya no confía en sus propias fronteras ni en su propia identidad; quiere que otros ocupen su lugar porque ha perdido la voluntad de ocuparlo él mismo. Y si se habla de "esclavos y sementales" con crudeza, no es por grosería sino por fidelidad a la verdad: la economía europea necesita cuerpos para el trabajo servil y cuerpos para la reproducción biológica, y el europeo, en su masoquismo, no solo lo acepta sino que lo desea, porque así se confirma en su papel de amo decadente que necesita del bárbaro para sentirse todavía civilizado, y del esclavo para sentirse todavía libre. Pero esa libertad y esa civilización son ya solo fantasmas: lo que queda es la pura pulsión de muerte, el goce en la disolución, el placer amargo de saber que la historia que uno encarna está llegando a su fin y que nada de lo que venga después llevará ya su nombre.

IV. El Capital y el masoquismo: una lectura marxista

Esta situación, sin embargo, no sería posible sin la complicidad activa de aquella fuerza que, desde hace dos siglos, ha moldeado a Europa más que ninguna otra: el Capital. Desde un punto de vista marxista, el masoquismo colectivo del europeo no es un simple accidente psicológico o cultural, sino una necesidad funcional del sistema. El Capital necesita cuerpos, necesita trabajadores, necesita consumidores, y los necesita dóciles, desposeídos de su historia y de su identidad, reducidos a pura fuerza de trabajo y a puro deseo de mercancías. La emigración masiva, lejos de ser una amenaza para el Capital, es su más preciado aliado: proporciona un ejército industrial de reserva permanente, mantiene los salarios a la baja, fragmenta a la clase trabajadora en rivalidades étnicas y religiosas, y sobre todo, desarticula cualquier posibilidad de comunidad política sólida que pudiera oponerse a la lógica implacable de la acumulación. El Capital quiere el masoquismo del europeo porque un europeo masoquista es un europeo que ha renunciado a su soberanía, a su identidad, a su futuro; es un europeo que acepta ser gobernado por tecnócratas anónimos, que se conforma con el consumo y el entretenimiento, que entrega sus fronteras y sus leyes a organismos internacionales que no controla, y que mira impasible cómo su mundo se desmorona porque en el fondo eso es lo que desea. Pero aquí debemos ser más profundos aún y vincular esta lectura marxista con los hechos biológicos de Spielrein. Porque el Capital no es solo una estructura económica externa que nos oprime; es también, como bien lo entendió el marxismo crítico de la Escuela de Frankfurt, una forma de vida, una cultura, una subjetividad. El Capital ha sabido inocular en el alma europea esa pulsión de muerte de la que hablaba Spielrein, ha sabido transformar el deseo de vivir en deseo de consumir, y el deseo de consumir en deseo de aniquilarse a través del consumo. El europeo que se disuelve en la emigración masiva no es solo víctima del Capital; es también su cómplice más entusiasta, porque ha interiorizado hasta el tuétano la lógica de la mercancía, que solo conoce el presente perpetuo y la destrucción de todo lazo duradero. El Capital, en su fase tardía, ya no necesita soldados ni ciudadanos; necesita consumidores y esclavos, y los encuentra en ese europeo masoquista que prefiere la esclavitud cómoda de la sociedad de consumo a la libertad exigente de una comunidad política viva.

V. Spengler y la teoría de la decadencia

Y es aquí, en este punto de máxima densidad conceptual, donde la voz de Oswald Spengler resuena con una fuerza casi profética. Porque Spengler, ya en los años veinte del siglo pasado, comprendió algo que la mayoría de sus contemporáneos preferían ignorar: que las culturas, como los organismos vivos, nacen, crecen, florecen, declinan y mueren, y que la civilización occidental, esa prodigiosa cultura fáustica que había extendido su dominio por todo el planeta, había entrado ya en su fase final, en su invierno. Spengler llamó "civilización" a ese estado terminal de una cultura, aquel en el que las formas espirituales originales se petrifican, en el que la gran ciudad cosmopolita sucede al campo y a la pequeña ciudad provinciana, en el que la técnica se convierte en un fin en sí misma y no en un medio para la expresión del alma, en el que el dinero, esa pura abstracción, domina todas las esferas de la vida hasta que, finalmente, es derrocado por la fuerza bruta del César, del dictador que impone el orden a sangre y fuego. Spengler, que nunca fue un nacionalsocialista pero que supo ver con claridad la dirección que tomaba la historia, nos advirtió que la decadencia no es una catástrofe que viene desde fuera, sino un proceso interno, orgánico, inevitable, en el que la propia cultura pierde su capacidad de engendrar formas nuevas y se repliega sobre sí misma, entregándose a la repetición estéril, al culto del éxito inmediato, a la idolatría del poder desnudo. El masoquismo del europeo, esa voluntad de disolución que hemos descrito siguiendo a Spielrein, no es sino el correlato psicológico de esta decadencia objetiva: cuando una cultura ya no cree en sí misma, cuando ha perdido la fe en sus propios dioses y en sus propias leyes, comienza a desear su propia muerte, a buscar en el otro, en el extranjero, en el bárbaro, la fuerza que ella misma ya no posee. Spengler también nos enseñó que la decadencia no es, en rigor, algo que deba lamentarse o celebrarse; es simplemente un hecho, una fase del ciclo vital que ninguna cultura puede eludir. Lo que nosotros llamamos "Europa" no es ya una cultura viva, sino una civilización moribunda, un conjunto de técnicas y de formas vacías que sobreviven a su espíritu, y que solo pueden prolongar su existencia a costa de negar su propia naturaleza. La emigración masiva, la disolución demográfica, el masoquismo colectivo, no son, desde esta perspectiva spengleriana, anomalías que puedan corregirse mediante mejores políticas; son los síntomas de una agonía que lleva ya un siglo en curso y que, probablemente, se prolongará todavía algún tiempo antes de que, finalmente, sobre las ruinas de la civilización fáustica, surjan nuevas culturas que nosotros, los habitantes del ocaso, ni siquiera podemos imaginar.

El masoquismo, pues, no es una perversión menor ni una rareza clínica; es el nombre que damos a la pulsión de muerte que toda vida lleva dentro de sí, y que en el caso del homo europaeus se ha manifestado con una intensidad y una claridad ejemplares a lo largo del último siglo. Desde las trincheras de la Gran Guerra hasta las playas abiertas de la emigración masiva, pasando por los totalitarismos y los campos de exterminio, el europeo ha demostrado una y otra vez que su voluntad de vivir es más débil que su voluntad de morir, que su deseo de afirmarse es menos poderoso que su deseo de disolverse. Y el Capital, esa forma suprema de la civilización decadente, ha sabido aprovechar esta pulsión autodestructiva, canalizándola hacia formas que perpetúan su dominio y que impiden cualquier renacimiento verdadero. Spengler, al anunciar la decadencia de Occidente, no hacía sino describir el marco objetivo dentro del cual este masoquismo colectivo despliega sus efectos; y Spielrein, al identificar la destrucción como causa del devenir, nos daba la clave biológica para entender por qué el ser humano, y especialmente el europeo de nuestro tiempo, parece tan inclinado a buscar en su propia aniquilación la forma más alta de su placer. No sabemos si esta pulsión puede ser revertida o si, por el contrario, estamos asistiendo a los estertores finales de una cultura que ha cumplido ya su ciclo. Lo que sí sabemos es que, mientras el europeo siga deseando su propia disolución, ningún político, ningún partido, ninguna ideología podrá salvarlo de sí mismo. Porque la salvación, si es que aún es posible, no vendrá de fuera, sino de una recuperación de esa voluntad de vida que el masoquismo ha logrado sofocar, y que solo podrá renacer si el homo europaeus vuelve a creer en su propia historia, en su propia identidad, en su propio futuro. Y esa creencia, a estas alturas del ocaso, parece ser la más improbable de todas las utopías.


© Aporrea