Quienes dicen que China no es socialista
Burgio, Chinappi, Leoni y Sidoli explican a la izquierda radical por qué China es socialista, pero es como describir el color rojo a un ciego.
En mi última publicación, al final de una reseña del libro de Cremaschi, Solo el socialismo puede salvarnos (1), comenté un documento publicado en el sitio web chinadiplomacy.org por un centro de estudios chino especializado en relaciones internacionales. Dicho texto, que concluye un amplio análisis de la evolución de las relaciones entre China y Estados Unidos, sostiene que esta relación se encuentra actualmente en una fase de "estancamiento estratégico" (2) y que esto aumenta la posibilidad de evitar el estallido de una Tercera Guerra Mundial. En la publicación, antes de analizar el documento, advertí que daría por sentado que China es socialista y, para respaldar esta opinión, me referí a textos anteriores del autor y a Más allá de Occidente, un libro de próxima publicación (3).
Mientras espero la presentación de los dos volúmenes de la obra en cuestión, firmados por Alessandro Visalli y por mí, me complace abordar un texto de Daniele Burgio, Giulio Chinappi, Massimo Leoni y Roberto Sidoli, La Cina (prevalentemente) socialista, publicado en "World Politics Blog" (4). Muchos de los argumentos expuestos en esta colección de artículos coinciden con los que se encuentran en algunos de mis trabajos. Me refiero, en particular, al primer artículo, que polemiza con Ernesto Screpanti, tomado como ejemplo y modelo de los prejuicios ideológicos (y errores teóricos) que inspiran la actitud de la izquierda radical occidental que tilda al sistema chino de "capitalismo de Estado". En una entrada anterior en estas páginas (5), ya había tratado las tesis de Screpanti, las cuales, irónicamente, desestimé sin otorgarles mayor importancia. Sin embargo, los autores del artículo los toman en serio y los utilizan como punto de partida para elaborar una lista de las "omisiones" que impiden que cierto marxismo occidental reconozca la inmensa importancia histórica del experimento chino.
Antes de entrar en los méritos de los argumentos del artículo, quisiera llamar la atención sobre el título: «China (predominantemente) socialista». El adjetivo entre paréntesis evoca un punto de vista completamente distinto de la creencia común según la cual un sistema socioeconómico determinado solo puede ser socialista o capitalista. Los autores comparten el enfoque de Alberto Gabriele (6), quien niega la posibilidad de clasificar los sistemas socioeconómicos en campos claramente distintos y opuestos, aplicando el concepto marxista de modo de producción de manera abstracta y formal (antihistórica).
En la realidad histórica concreta, según Gabriele, la primacía de un modo de producción determinado puede ser, en distintos contextos, absoluta o relativa. Estados Unidos es un ejemplo de la supremacía absoluta del modo de producción capitalista; por el contrario, en otras formaciones socioeconómicas pueden coexistir dos o más modos de producción, y es imposible determinar a priori cuál de ellos prevalecerá a largo plazo.
Recordando que la fuerza histórica del marxismo reside precisamente en «su capacidad para analizar la realidad concreta, comprender sus transformaciones, desarrollar nuevas categorías y medirse en función del progreso de las fuerzas productivas», los autores del artículo publicado en el «World Politics Blog» adoptan una perspectiva similar, observando que la presencia de la empresa privada, la inversión extranjera y las relaciones comerciales no justifican la afirmación de quienes, como Screpanti, consideran a China un país capitalista. Para definir su naturaleza, en lugar de establecer su pertenencia a uno de los dos campos opuestos que existen en la mente de los marxistas más simplistas, debemos preguntarnos cuál es su posición en el continuo de sistemas concretos e históricamente existentes, que se extiende desde el capitalismo hasta el socialismo. Esto implica determinar «qué relaciones de propiedad son hegemónicas en los sectores decisivos, quién controla la tierra, la infraestructura, el crédito, la energía, las grandes empresas, las redes logísticas, las telecomunicaciones, los recursos estratégicos y los instrumentos de planificación».
Antes de responder a estas preguntas, es necesario aclarar un malentendido inherente al concepto mismo de capitalismo monopolista de Estado. Un concepto que, como señalan los autores del artículo, la izquierda occidental, en la que coexisten la subordinación ideológica al liberalismo y el radicalismo verbal, toma prestado de la propaganda occidental, ignorando sus orígenes en la tradición teórica del marxismo revolucionario. Lenin, en sus polémicas con la «izquierda» bolchevique y con algunos exponentes de los partidos comunistas occidentales (7), ya había aclarado la diferencia radical entre el capitalismo monopolista de Estado de los países capitalistas y la propiedad pública de los medios de producción establecida por la Revolución de Octubre. Haciendo referencia implícita a esas críticas, Burgio Chinappi Leoni y Sidoli subrayan cómo, en el capitalismo de Estado que existe en Estados Unidos, la UE, Japón y Corea del Sur, la acción del Estado se orienta a servir a la reproducción del capital privado, rescatar a los bancos y a los grandes grupos industriales de la crisis, financiar monopolios, cubrir pérdidas, garantizar mercados de salida y proteger rentas; en cambio, en China, el sector público no actúa como muleta para los intereses del capital privado, sino como motor y supervisor de la acumulación, la modernización industrial y la seguridad económica de la nación. En otras palabras: no toda intervención del Estado es «capitalismo de Estado», y no todo mercado implica hegemonía capitalista (8).
Además, el capitalismo de Estado occidental ha sido, tanto durante la época colonial como la poscolonial, un instrumento (financiero, político, diplomático y militar) de opresión y explotación imperialista de los pueblos del Sur Global. China, escriben nuestros autores, «no solo crece dentro del orden existente, sino que contribuye a socavar sus jerarquías, ofreciendo a muchos países del Sur Global mayor margen de soberanía, desarrollo de infraestructuras, acceso al crédito, cooperación tecnológica y autonomía en comparación con los antiguos centros imperialistas». Cabe recordar que, como ya mencioné en la entrada anterior, el propio Screpanti reconoce este último hecho y luego afirma —con absoluto desprecio por lo absurdo— que este «tipo particular de imperialismo», aunque apreciado por los países que se benefician de él, no deja de serlo, porque China, a su vez, se beneficia de sus propias inversiones extranjeras…
Ahora pasamos a la larga serie de omisiones y supresiones por parte de los marxistas occidentales respecto a todos aquellos aspectos de la economía y la sociedad que caracterizan al sistema chino en un sentido socialista (si bien entendemos el adjetivo en el sentido «débil» que Gabriele le atribuye; véase más arriba). A continuación, cito casi textualmente algunos pasajes del artículo que estoy comentando.
1) Propiedad de la tierra. "Muchos economistas occidentales no informan a sus lectores del fenómeno indiscutible de que en China, durante décadas y décadas, ha estado vigente la propiedad estatal (propiedad colectiva en el campo, sin embargo) de la tierra y el subsuelo, otorgada en usufructo bajo condiciones específicas por el gobierno y las autoridades rurales locales."
2) Fuentes de energía. "Las preciosas tierras raras se extraen y refinan en suelo chino únicamente por grandes empresas públicas, bajo el estricto control del aparato estatal; un razonamiento similar se aplica a los recursos de hidrocarburos del gigante asiático, casi todos en manos de poderosas empresas estatales."
3) Cooperativas de producción. "Muchos académicos........
