“El patronazgo invisible”
Llama profundamente la atención del observador —en este caso, incluso del que menos observa—, si pone la mirada en este panorama político servido por los medios y que, tratando de llamarlo del alguna manera, se le coloca la etiqueta de democracia —para tapar lo más cercano que es la empresocracia y el autoritarismo de los usuarios del poder.—, que el sistema montado funcione. Atendiendo a lo sustancial del asunto, mirando a los operadores de la máquina política, resulta que no gozan de una mínima apreciación popular —que se pone de manifiesto a la menor ocasión de dar salida a libertad de expresión—, pero permanecen ahí sorteando el oleaje, con sus ocurrencias y continuos desaciertos, situados de manera inamovible, aprovechando el voto de los suyos y otras componendas menores propias de la política. Parecería algo inaudito en cualquier país que se coloca la etiqueta de progresista, como aquí sucede, pero, pese a la antinomia aparente, tiene cierto fundamento tal situación, aunque no sentido.
Hablando de este tema tan debatido en los medios, por una parte, cabe señalar que las ideologías siguen funcionando, aunque mucho más apagadas, ya que la rutina continúa marcando la tendencia de la mayoría de creyentes. Por otra, hay que tener en cuenta a los políticamente agradecidos, aquellos que no son nada al margen de una tendencia en la que apoyan sus eslóganes políticos; también a los económicamente beneficiados, es decir, los que sacan tajada de la situación; sin pasar por alto a los recién llegados. Todos ellos suman, lo que permitiría decir que con el apoyo de todo este material humano las cosas estarían claras. El número de los primeros no ha decrecido y no renuncian a continuar con al resentimiento que animaba a sus ancestros, por lo que debidamente alimentado se viene manteniendo intacto, pese a sus incongruencias. En cuanto a los oportunistas, siempre han estado ahí, buscando el sol que más calienta —eso es inevitable—, se inclinan por las mejores ofertas, y en el panorama actual hay demasiadas bicocas para vivir a cuenta del esfuerzo ajeno y obviar el propio. Los recién llegados, en el caso de los que escapan del mal-vivir de sus tierras buscando el paraíso —que son muchos más de los que se dice—, es natural ser, por el momento, fieles a quien les cobija. Si a todo esto se añade el cortinaje para ocultar lo inconveniente, el bombo para resaltar los aciertos de los burócratas gobernantes y el sistema propagandístico situado en la primera línea de la difusión, hay argumentos para entender que todo continúe como si tal cosa, pese a que los escándalos y la incompetencia sea la tónica dominante, según airean los oponentes. Esta argumentación, si se escarba un poco, aunque parece sólida, no resulta suficiente en el ambiente de una sociedad capitalista, con un mercado dirigido por el gran capital, pero como se han colocado obstáculos la razón se resiste a salir a la luz.
Pese a este sólido montaje en el que se sustenta el gremio de los gobernantes actuales, surgen dudas, porque si se echa un vistazo fuera de casa, resulta que por menores motivos otros mandantes de turno se han ido al garete. Mucho más si se emprende una campaña debidamente orquestada para hacer ruido y desprestigiarles todavía más. En el caso de este país, ni por esas. Lo que lleva al planteamiento de lo que hay detrás y permite a los mandantes ocasionales aguantar contra viento y marea. Hay que empezar a apuntar que alguien con mucho poder sujeta el tenderete. Llegados a este punto, entra en escena el alto patronazgo invisible.
En un momento histórico en el que el poder real reside en quien controla el flujo del dinero, parece razonable ir hacia allí, tratando de buscar respuestas. El patronazgo capitalista al que están acogidos los gobernantes de este país parece claro —pese a jugar al despiste con sus socios—, por aquello de que se siguen las modernas consignas del capitalismo que factura ideología woke —muy útil para unos y otros— que proporciona mayor negocio al mercado y, además, es un elemento clave del sistema imperial de este lado del globo para debilitar la soberanía de los países sometidos a sus determinaciones. De otra parte, confundir al auditorio es propio de la política, por eso resulta posible hablar mal del gran patrón, adhiriéndose a otras causas para ganar seguidores, contando con el debido permiso del superior jerárquico en el mando, todo ello bajo cuerda, guardando la apariencia debida. Así es que se habla y se habla, incluso de cosas claramente razonables, pero solo son palabras, realidades muy pocas. El hecho es que en el panorama político, la fidelidad a la doctrina woke sigue presente, practicada obedientemente por el mando, que también gobierna conforme a una democracia de cartón, sin perjuicio de algunos tropiezos, y la propaganda ocasional de boquilla para no perder el favor de algunos aliados, juega un papel sustancial. Cumplen bien su función, ya que ante todo se trata de imponer fidelidad a la doctrina, de manera que las gentes dirijan su existencia en los términos que marca el mercado, para que le entreguen sus pequeñas plusvalías, resultando sobradamente conocido quienes son los beneficiados de la operación.
Dicho esto, parece más asumible intuir, abandonando las tesis habituales por inconsistentes, que quien sostiene en último término a los mandantes de este país —por el momento con firmeza— son los discretos señores dueños del gran capital que coordinan el buen funcionamiento del mundo de conformidad con sus intereses, sin duda complacidos con la labor de sus fieles servidores locales. Solo para despistar, permiten de cuando en cuando que se salgan en apariencia de la línea marcada, incluso que les critiquen y hagan como que se apartan de sus mandatos, ya que todo ha sido debidamente pactado para engañar a los ingenuos vasallos de esta gran democracia, antes de papel, ahora de cartón y próximamente de cartón piedra.
