Cocinar para no olvidar: la Navidad de una familia migrante que aprendió a quedarse en la CDMX
Es domingo por la mañana y, a un costado de las vías del tren, Didier Manuel corta minuciosamente carne, cebollines, ajos y aceitunas sobre un gran tablón de madera improvisado. La música que sale de su pequeño “rancho” es la de un cuatro venezolano y un arpa, instrumentos de la tradición llanera. Didier y Aracelis, su esposa, preparan hallacas, un platillo típico de la Navidad que solían cocinar en Barinas, en los llanos de Venezuela, de donde ambos son originarios.
A unos cien metros de distancia, en una pequeña cancha de baloncesto de concreto, voluntarios de una congregación cristiana organizan un convivio con piñatas, comida mexicana y juguetes “para intentar llevar alegría” al último campamento de migrantes que resiste en la Ciudad de México.
Dos años atrás, cuando Didier y Aracelis aún pensaban en llegar a Estados Unidos, el entorno era muy distinto. Sobre las vías férreas —donde hoy se extienden decenas de habitaciones construidas con materiales reciclados— era visible el pequeño parque de la colonia Vallejo, y la vida de los vecinos no había sido atravesada por la migración como lo está ahora.
Las primeras familias que se instalaron en este barrio al norte de la capital lo hicieron por necesidad y con la idea de que sería algo pasajero. La falta de espacios seguros y de políticas públicas para la atención de la comunidad migrante por parte del gobierno de la Ciudad de México —entonces encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo— se vio rápidamente rebasada por el aumento del flujo de personas que viajaban hacia el norte del continente. Ante la ausencia de alternativas, miles de personas de distintos orígenes y culturas comenzaron a intervenir el espacio público para habitarlo.
Didier, de 48 años y albañil de oficio, salió de Venezuela hace poco más de ocho años. Antes de establecerse en la capital mexicana junto a su esposa e hija, probó suerte en Chile y Perú. Sin embargo, el endurecimiento de las políticas migratorias en ambos países los obligó a continuar el viaje, como a miles de personas más, con la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida.
—El campamento ha cambiado mucho. Esto no estaba así de construido cuando llegamos. Éramos pocos y teníamos otros planes —dice—. Ahora sólo quedamos quienes queremos trabajar y vemos a México como un país de oportunidades. A pesar de no tener agua ni baño, vivimos tranquilos, estamos haciendo nuestra vida, pero sabemos que tarde o temprano tenemos que salir de aquí. Sin los papeles regularizados aún no podemos hacerlo.
Tras el endurecimiento de las políticas migratorias del gobierno de Donald Trump y la imposibilidad de cruzar la frontera, los planes de la familia cambiaron. México dejó de ser un país de paso y se convirtió en su nuevo hogar. Con el tiempo, la integración a las costumbres mexicanas se ha dado de manera gradual, aunque en la memoria de Didier los llanos venezolanos siguen intactos. Por eso, cuando cocina las hallacas —ese envuelto de harina de maíz en hoja de plátano que resume el mestizaje venezolano— y escucha su música, la mirada se le pierde en los recuerdos.
La piñata en forma de estrella que cuelga del aro de baloncesto se balancea mientras un grupo de niñas y niños del campamento intenta romperla entre gritos y risas. El convivio ha sido organizado por Generación con Propósito, una congregación cristiana del Estado de México que busca ofrecer apoyo social a distintos grupos vulnerables.
Ire González, trabajadora social e integrante de la congregación, explica que a........© Animal Político
