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Soltera en la ciudad de la furia. Un domingo de Tinder

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26.03.2026

“Mis días sin ti son tan oscuros, tan largos, tan grises… mis días sin ti, moscas en la casa”. Así andamos un domingo de marzo, al son de Shakira cuando no era loba, recostada en el sofá y sumida en una profunda miseria existencial. Me dio domingo. ¿Saben esa sensación de cuando el amor romántico te atraviesa y te dan ganas de acostarte en cucharita, siendo abrazada por alguien, y tener una buena conversación mientras te miran con deseo? Justo así estaba yo. Era el primer finde del año en donde esta sensación se hacía presente. En los últimos meses, entre resolver el caos de mi vida en transición y el trauma de los eneros, ni chance me había dado de sentirme desolada… y, por qué no, sola también. Entonces, en un arranque de euforia inusitada, me descargué Tinder. Porque Bumble ya no está en Venezuela y, de todas las otras apps, esa fue la que más o menos me pareció idónea. Y así, desde esos días para acá, he estado haciendo y deshaciendo match, viendo fotos y descartando hombres como fichitas coleccionables de álbum Panini.

Recuerdo muchas de mis conversaciones con M. al respecto de estas aplicaciones y de cómo parecen un mercado de carnes humanas para el deseo, donde pones tus fotos cual chuleta al mejor postor. Pero, en honor a la verdad, de vez en cuando conectas: para hablar, para coger o para relacionarte. Así como mi ex, que luego de recomendarle que se abriera una app consiguió una novia (ironías de la vida). En fin. Así comenzó una semana intensa en Caracas, en donde el capital erótico que me circunda lo volví canjeable dentro de una economía del deseo que traduce afecto, cuerpo y atención en valor de goce. No obstante, había agencia en mí porque era consciente de ello y de cómo debía moverme según las reglas del mercado para desear y ser deseada.

La performatividad del deseo se hacía presente: eliges fotos con ciertas características, colocas algo en tu bio que suene interesante, muestras lo sexy, inteligente, deportista, sensible, etc., que puedes ser y ajustas quién eres a lo que sabes que será demandado. Algunas personas son más claras en expresar que solo quieren sexo; otras se hacen las locas y dicen que están dispuestas a conectarse y establecer vínculos. Mientras, algunas estamos en ese limbo en donde a veces queremos solo coger y otros días conexión sostenida. Y así vamos, construyendo un personaje virtual: una versión del ciberespacio del coqueteo. Consumes, pero también te pones en vitrina. No es casual que muchas de estas reglas invisibles estén atravesadas por lo que se espera de nosotras y de ellos, por roles y normas que la sociedad sigue reproduciendo y en donde las apps de citas son el escenario perfecto para mostrar tu valor como símbolo de deseo.

¿Qué logré? Tuve sexting; también una muy buena cita que terminó en besos en medio de la Plaza Isabel la Católica con el tipo que, según mis sueños, me casaría y que luego no apareció; y hasta un chico medio fantasma que se asomó por mi Facebook mostrando interés. Al finalizar la semana, me sentí en desborde; sin dormir mucho, erotizada y recurriendo a métodos vibracionales para producir placer. Pero lo cierto es que, en siete días de matches, la ansiedad, el vacío y la necesidad de conexión no desaparecieron. Siguieron intactas e incluso se exacerbaron. La pregunta para mí fue: ¿vale la pena esto? No satanizo las apps, pero ¿qué tanto quiero vínculos que se desvanezcan en el aire? ¿Qué tanto quiero sentirme como carne en venta? Entonces, ¿qué busco yo y qué quiero?

La verdad: Tinder funciona, pero ¿para qué? Quizá para regular el bajón emocional, para validar que aún circulas como mercancía, que eres deseada y puedes generar deseo en otros. Para mí no se trata de satanizar las apps de citas, llámese como se llamen, ellas cumplen la función para la que fueron diseñadas. La cual es precisamente para circular, para validar, para conectar de forma rápida y, muchas veces, efímera a las y los humanos deseantes. El problema no es su existencia, sino entrar sin preguntarnos qué estamos buscando en un espacio en donde el gustar y ser gustado es un intercambio. Porque incluso cuando creemos que estamos eligiendo libremente, no es así, el deseo también está atravesado por estructuras que nos enseñaron cómo, a quién y para qué desear. No es solo juego o mercado, también es territorio de emociones que nos atraviesan y nos exponen.

Caracas sigue ahí, latiendo a otro ritmo. La ciudad del ruido, del tráfico, de las guacamayas atravesando el cielo al final de la tarde, de los cafés llenos y las miradas que se cruzan sin sostenerse. Una ciudad donde todo circula: el dinero, el deseo, la gente. Una ciudad donde el encuentro es siempre inminente, pero rara vez estable. Tinder, en ese sentido, no irrumpe: se inscribe. Replica esa lógica urbana donde el deseo también se vuelve tránsito, intercambio, fugacidad. Ahora sonrío cada vez que paso por la plaza Isabel la Católica y me río en los chinos de Wu Jau. Pienso que ser soltera en la ciudad de la furia es un ejercicio constante de etnografía en el cual también soy sujeta de estudio.

Y, a veces, también su propio experimento.


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