menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Santa Teresa, más que una Iglesia (y 3)

35 0
14.03.2026

He venido relatando lo que viví en la mal llamada «Toma de Santa Teresa», naturalmente desde mi visión e interpretación de los hechos. Corresponde ahora cerrar con las secuelas, básicamente personales, que esos acontecimientos implicaron. Aquí abandono lo narrativo y me adentro más en lo conceptual, que seguramente será más polémico.

Profundización de la crisis

Visto a la distancia de casi seis décadas, podría decir que lo ocurrido en Santa Teresa fue una protesta, en parte generacional, pero sobre todo de jóvenes católicos que buscábamos una Iglesia más comprometida socialmente y más acorde con el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, que acababa de finalizar. Lo ocurrido rompió el vínculo de algunos grupos de jóvenes cristianos con sectores de la jerarquía eclesiástica y se profundizó en muchos de nosotros la crisis religiosa, llamémosla de carácter «político», pues no tenía nada que ver con la fe ni con las creencias. En mi caso particular, continué por un año o año y medio más, cercano a los grupos cristianos en los que militaba y trabajaba desde hacía casi cuatro años; pero, en lo inmediato me fui desligando de ellos e involucrándome mucho más en el tema estudiantil, en la resistencia al allanamiento de la UCV y, más adelante, ligándome a otro tipo de grupos, igualmente cristianos, pero ahora sí, más politizados.

Por supuesto, el sector más conservador de la Iglesia, política y eclesiásticamente hablando, comenzó a calificarnos de «comunistas», que era el epíteto preferido de la época −no habíamos llegado aún a lo de «progres» de hoy en día−; con la experiencia que hoy tengo, sé que esa «denominación» no era más que una pretendida descalificación, con la que no se buscaba la «verdad» o «falsedad» que había en nuestros planteamientos; simplemente se nos etiquetaba, y así se ahorraban la discusión y la reflexión. Además, era fácil de compartir y de difundir ese calificativo, pues, aunque aún no había «redes sociales», el mundo en que nos movíamos era muy pequeño. Para quienes nos adversaban, no era necesario escucharnos ni justificar su propia posición, que asumían era la «correcta». Y todavía hoy es así; funciona de esa manera en nuestro mundo «polarizado»: cuando se califica a alguien, bien sea de fascista o de progresista, se le desconoce, se simplifican en exceso las situaciones y deja de tener importancia el contenido de los conceptos.

En cualquier caso, inspirados en la recomendación del Concilio Vaticano II −documentos como Pacem in Terris, Ecclesiam Suam y, sobre todo, Gaudium et Spes− de buscar un «diálogo profundo con el mundo contemporáneo», y........

© Analítica